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IDENTIDAD Y TRANSGRESIÓN

 PRELIMINAR

 

Para redactar el presente ensayo he contado con mi principal fuente de inspiración, ¡para qué negarlo!, en el Carnaval. No deja de ser paradójico, por extraño y asombroso que nos pudiera parecer, tener que recurrir a una manifestación cultural marginal para hallar en ella todo el compendio de tensiones sociales que nada más aflorar a la superficie estallan en Transgresión. Es paradójico pero no absurdo. Lo insignificante, lo considerado socialmente irrelevante es también significante, tanto o más de lo que pudieran ser las cotizaciones en bolsa de Wall Street o la última sesión del Consejo de Ministros.

 

Con este escrito lo que he intentado ha sido, fundamentalmente, concebir una idea alternativa para la interpretación de las leyes que rigen el desarrollo histórico. El método o perspectiva aquí utilizado había de diferir radicalmente de aquel género de posicionamientos racionalistas que, fieles a su noción del hombre como animal racional o como homo faber, solo han podido examinar y percibir la praxis social desde un ángulo estrictamente racional, con independencia del objeto de estudio, ya fuere su esfera económica o su ámbito tecnológico, encaminados siempre, ¡cómo no! hacia el progreso, ley infalible que también habría de impregnar la formación y evolución de las instituciones políticas. La perspectiva racionalista desecha por principio, como ámbito de estudio y de interpretación, todo aquel elenco de manifestaciones sociales a-racionales que tienen su existencia propia y un ámbito de aplicación específica como pudiera ser esta del Carnaval antes apuntado o de la Fiesta entendida en sentido amplio. Del mismo modo, las corrientes racionalistas y positivistas solo pueden alcanzar a interpretar las mitologías y las religiones como coberturas de vacíos de conocimiento más que como realidades en sí. Sin embargo, la comprensión de la humanidad, de su realidad y sus prácticas, es absolutamente inviable si no se parte de una integración de la totalidad de las esferas de su existencia, las propiamente constructivas, organizacionales, económicas y tecnológicas, y las propiamente no-constructivas, desinhibidoras, lúdicas y arracionales, incluidas, claro está, las propiamente destructivas.

 

Lo que principalmente llamaba la atención del Carnaval era su insólita presencia, la de un cuerpo extraño de transgresiones injertado en el ciclo anual de una sociedad tradicional, agraria y básicamente conservadora. Cuando nos enfrentamos a sociedades como la nuestra de raíz católica y de una tradicional y profunda intolerancia apreciamos con asombro como ha persistido en ella cierto reducto satánico hasta nuestros días. Percibir el Carnaval como una Transgresión socialmente permitida implicaba entender la sociedad como un sistema de enlace de Identidades.

 

Tal vez haya pecado de exageración a la hora de establecer una aplicación pluridimensional de estos dos principios antagónicos y complementarios de la Identidad y la Transgresión. Puede incluso que de tanto usarlos me haya extralimitado hasta el abuso de los dos conceptos que dan nombre al presente ensayo. Acepto de buen grado todas las críticas que me hagan al respecto. Aún así pienso que una exageración, siempre que se haga dentro de unos límites aceptables, no tiene porqué ser perniciosa, antes bien, al contrario. Si de lo que se trata es de contar con una percepción global y sintética tanto de la humanidad tomada en sentido sustantivo como de su ámbito de realidad e intervención en la historia se hacía prácticamente indispensable integrar dos momentos decisivos de toda actividad social, comprehensivos de los elementos constructivos y constrictivos, de las distintas represiones, formalizaciones e institucionalizaciones, vistos como elementos de Identidad, conjuntamente con aquellos momentos de reacción opuesta, tomada en el sentido de disgregación, desintegración, caos e incertidumbre, o bien de explosión incontrolada, vistos estos como elementos de Transgresión. De todos modos quisiera aclarar que la intervención de Identidad y Transgresión a lo largo de la Historia no es susceptible de vulgarización y simplificación mecanicista al modo de la llamada Ley del Péndulo, como si se tratara de una oscilación de una a otra variable en periodos acompasados, tampoco tenemos constancia de que la Historia se reduzca a una sucesión de periodos de Identidad pura alternados con periodos de Transgresión igualmente pura. Si esos momentos de Identidad y Transgresión se presentan a lo largo de la Historia, lo hacen entremezclados dentro de un sistema complejo donde identidades se descargan en transgresiones y viceversa, donde la Transgresión se puede presentar como una fuente de energía e incluso de transformación de las estructuras identitarias, donde la Identidad sirva de cauce espacial y temporal de manifestación de la transgresión.

 

En cualquier caso, del uso y abuso de estos dos principios deriva un efecto que es, a su vez, un defecto, y de ello soy perfectamente consciente. Me refiero a la mono-conceptualización. En efecto, el abuso de una palabra hace que esta se convierta en portadora de un concepto impreciso y polisémico, de escaso o nulo valor operativo. He integrado bajo el concepto unívoco de Identidad conceptos muy distintos. Lo mismo ha sucedido con el concepto de Transgresión. Aún así están muy lejos de haber sido usados como uno de esos conceptos comodín de los mismos que acostumbran a emplear la antropología filosófica (el concepto de hombre o naturaleza humana) o la antropología cultural (el concepto de cultura) pues sus campos de intervención han sido delimitados según el contexto al que se han ido refiriendo en cada caso. He designado indistintamente como casos de Identidad y Transgresión fenómenos puntuales diversos en cuya producción y configuración han intervenido causas distintas.

 

A costa de usar y abusar de la palabra Identidad he llegado hasta el extremo de inventarme palabras que ni siquiera están en el diccionario: identitario, inidentitario... (ignoro si vienen o no recogidas en el Diccionario de la Real Academia Española, aunque, dicho sea de paso, la verdad es que eso es algo que me importa más bien poco) Me he tomado una pequeña licencia con el lenguaje. Pese a que nuestro idioma es lo suficientemente amplio como para admitir los conceptos expresados con el uso de otras palabras alternativas, me ha parecido oportuno este proceder por su utilidad a la hora de expresar matices. La palabra adjetiva identitario aquí utilizada puede revestir distintos significados según se refiera a uno u otro contexto histórico. La idea de identidad puede intercambiarse con la de represión. Sin embargo, cierto matiz del concepto me inclina por la primera. Identidad implica forma definida, estructura auto-reflexiva y organización invariable. El mantenimiento de las formas y estructuras conlleva, por supuesto, la presión represiva correspondiente, aunque también existe un momento de relajación de la represión siempre puesto al servicio del mantenimiento de la identidad orgánica, formal y estructural. Por tal motivo, no me ha parecido conveniente acudir preferentemente al concepto de Identidad, que engloba al de represión como uno de los momentos o elementos constitutivos de la misma sin que, en ningún caso, podamos reducirlo a este último. Una ventaja fundamental sería su carácter concreto y específico, ajustado al mantenimiento de una forma determinada, algo que no sucede con el concepto de represión, mucho más genérico y, por tanto, más difuso, por cuanto a lo que se refiere es al empleo de la fuerza y la coacción sin más. La identidad aludiría, más específicamente, a una fuerza organizadora y estructuradora, a una fuerza organizada nacida de la institución y encaminada a hacerla perseverar en su existencia.

 

Con el concepto de Transgresión sucede algo parecido. No cuenta con un significado preciso. Alude fundamentalmente a la descomposición de la forma pero tiene otras muchas más connotaciones. La Transgresión puede ser expansiva o explosiva, producir dispersión o disgregación de elementos y, en suma, negación y (o) suplantación de identidad. Pero la Transgresión también puede intervenir como un activo mantenedor y/o generador de identidades. Con lo que de nuevo volvemos al punto anterior. Identidad no es, por tanto, solo represión es también transgresión, la necesaria requerida para la persistencia de la identidad como tal. Cuando abordemos más adelante el tema de la revolución nos detendremos en este asunto con un poco más de detenimiento. En suma, un mismo concepto incluye en sí su concepto opuesto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II. LA PERSPECTIVA DE LA IDENTIDAD Y LA TRANSGRESIÓN

 

El concepto de Identidad lejos de reducirse a la pura tautología cuenta con un amplio abanico de aplicaciones válidas para distintas disciplinas, desde las matemáticas y la filosofía hasta la sociología, la política, la economía y la psicología.

 

Tal vez sea un tanto arriesgado lanzar una perspectiva metodológica más entre las distintas escuelas sociológicas y antropológicas consolidadas. Tampoco lo pretendo. Sin embargo me parece imprescindible elaborar un ensayo que a título puramente introductorio se adentre en la utilización en determinados campos de este método interpretativo. Su ventaja con relación a las distintas escuelas y perspectivas es, a mi entender, decisiva. Cuenta con la capacidad de explorar y explicar entes totales y entes parciales, los aspectos psicológicos, económicos, políticos y sociológicos a un mismo tiempo de los fenómenos sociales. Identidad y Transgresión como principios explicativos e interpretativos tienen la virtud de englobar y articular otros conceptos que, extraídos de otras disciplinas cuentan con un campo de acción estricto y limitado: desde la represión, el instinto y el principio del placer freudianos hasta las relaciones de producción y las fuerzas productivas marxistas. Su operatividad es totalizadora y particularizadora a un mismo tiempo y su fuerza explicativa, sin necesidad de recurrir al extremo de forzarla y trasladarla a campos específicos mediante el conocido método del lecho de Procusto, se puede extender a múltiples dominios que hasta ahora han quedado al arbitrio de las interpretaciones racionalizadoras de antropólogos y sociólogos, de descripciones empíricas sin contenido, de historizaciones amorfas, de yuxtaposiciones y superposiciones a-críticas. Prescinde al mismo tiempo de del lastre que han dejado las ideologías del Progreso en la ciencia social a partir del siglo XIX. Es inmune al encasillamiento disciplinar desde el mismo momento en que pone en funcionamiento toda su capacidad de interpretación sintética y globalizadora de la Historia entendida como un todo. Este método es lo suficientemente elástico como para dar comprensión y coherencia a las múltiples manifestaciones de la actividad humana, desde el mundo económico al político, al artístico, al religioso y al festivo propiamente dicho, entendidos no como mundos separados sino como mundos concatenados. No entiende de sucesiones ni de periodos históricos, tampoco tiene la soberbia de establecer leyes de hierro de la historia. Constata y aprecia la concatenación de situaciones políticas, sociales y económicas y a su vez arrebata del dominio exclusivo de los antropólogos y etnólogos la explicación y comprensión del folklore, de los ritos, cultos, fiestas y celebraciones populares en el sentido de que intuye los vehículos y modos de conexión de dichas representaciones al sistema social y económico.

 

La elasticidad de la interpretación de fenómenos diversos a la luz de la Identidad y la Transgresión posibilita la articulación de un enfoque pluridimensional y a su vez integrador al que no se le escapa la interconexión de áreas o actividades de la práctica social hasta ahora seccionadas por el racionalismo positivista y también por el racionalismo marxista (a fin de cuentas el marxismo es también un método positivista). Las corrientes racionalistas, por su parte, obsesionadas con la idea de orden (las ideas claras y distintas del Discurso del Método) temen la irracionalidad, entendida esta como fuente de caos y confusión, detestan el desorden y la incertidumbre. El racionalismo necesita a toda costa contar con categorías y formas mensurables, cuantificables y dimensionables. Busca en todo momento el control y por esa misma razón se refugia desesperadamente en la Identidad. Los animales solo pueden ser máquinas, las cosas son todas identificables y clasificables y la razón el único instrumento posible para poner orden en la maraña de cosas desordenadas. El fenómeno que escapa a su capacidad de medir y racionalizar tiene un destino seguro, la papelera de la irracionalidad y la superstición. El caos o, lo que viene a ser lo mismo, la Transgresión desbocada, zona gris de incertidumbre e indeterminación, se sitúa fuera de órbita, excede de los límites de lo estrictamente racional. Y no podía ser de otra manera. El método racionalista es el método identitario por excelencia: A=A, sí A=B, B=A, sí A B, B A. Toda la lógica gira en torno a la Identidad. Lo caótico, indeterminado y en sí mismo transgresivo no es susceptible de encasillar y encajonar o, lo que viene a ser lo mismo, de racionalizar.

 

Todo proceso de clasificación e identitarización tiene sus huecos, sus lagunas. Los grandes taxonomistas de los seres vivos, hombres imbuidos de un estricto espíritu racionalista propio de la época que les tocó vivir, como Linné, Cuvier o Buffon, articularon sus taxones sobre bases paradigmáticas de cirujano. Las convenciones clasificatorias de los taxonomistas clásicos han llegado hasta nuestros libros de texto de ciencias naturales (que ahora se llaman Conocimiento del Medio). El Paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould criticaba las divisiones convencionales entre Reino Animal y Reino Vegetal teniendo en cuenta que los organismos unicelulares mas primitivos: bacterias y algas verdiazules no eran susceptibles de ser adscritas a ninguno de esos géneros. El provincianismo de nuestra propia condición vertebrada ha hecho que la subdivisión básica entre pluricelulares animales se haya fundado en la distinción básica entre vertebrados e invertebrados. El mismo hecho de oponer una categoría positiva (vertebrados) a otra negativa (invertebrados) resulta de por sí bastante elocuente. Se ha relegado a ese segundo phylum (que realmente no es tal, sino una amalgama heterogénea de clados dispares cuyo único común denominador radica en su naturaleza de seres pluricelulares carentes de esqueleto interno1) al lugar de un cajón de sastre donde quedan incluidas las categorías restantes2. Es como si se hubiera acordado la división de los animales pluricelulares entre los vertebrados, por una parte y, por otra, todos los demás, sin tener en cuenta que entre los pluricelulares invertebrados existen mas de treinta phylums, clados o modalidades de diseño diferentes . Aunque en este caso el contraste del árbol de la vida no descollarían los vertebrados como lo hacen actualmente. Del mismo modo la clasificación podría haber operado destacando un clado definido como el de los artrópodos para, acto seguido, distinguirlo de los no-artrópodos: en este último caso irían a parar al mismo saco los unicelulares, los bivalvos, los celentéreos, los vertebrados, etc. El mismo valor clasificatorio podría tener la catalogación en un lado de los moluscos y en el otro de los no-moluscos, de los equinodermos frente a los no-equinodermos, etc. En suma, las ramificaciones y diversificaciones taxonómicas no están exentas de la subjetividad del observador. Prevalece en uno u otro caso nuestra estructura mental digital. Toda dicotomía reconduce a una estructura de la percepción dicotómica, bipolar, binaria, en suma, la reducción a dos. Las dicotomías noche/día, claro/sombra, sol/luna, cielo/tierra, etc, se presentaron contundentemente a la humanidad primigenia, como la realidad misma. Tenemos una tendencia innata a la reducción a dos. Las operaciones tendentes a poner orden entre intrincadas amalgamas comienzan en ese corte de cirujano.

 

No obstante, y, en materia de taxonomías, la biología evolucionista está planteando prescindir del concepto de especie, tan cómodo a los taxonomistas identificadores racionalistas

 

Son múltiples las fuentes de tensión social, una de ellas, tal vez determinante, es el carácter propio de las sociedades extractoras de excedente económico, estamentales y feudales, a las que se les superpone una capa burocrático-sacerdotal. Los sistemas no pueden funcionar con la represión de forma permanente. Tampoco ha sido muy afortunado el recurso a la ideología como medio de asegurar la condición de explotadores y explotados. La ideología ha sido siempre un comodín muy socorrido para explicar la permanencia de los sistemas represivos. En concreto, la ideología del reprimido y explotado, que lo ha hecho aceptar y asumir permanentemente su condición de tal garantizando así el dominio del explotador-represor. La ideología se ha visto introducida así, de contrabando, como cohesionador del nexo represivo. Es, por otra parte, perfectamente lógico que un sistema funcionalista atribuya tales utilidades sociales al factor ideológico. En todo caso, es preciso insertar en los momentos represivos sus consecutivos momentos de relajación consecutiva, de descarga de las tensiones acumuladas. Sin esos momentos transgresores y, a la larga, regeneradores del sistema no hay ideología que valga que pueda mantenerlo en continua actividad.

 

La visión de la economía como disciplina susceptible de medición y cuantificación ha sido el área de intervención preferida para la articulación de una sociología científica. No es casual que Marx eligiera el mundo económico como hilo conductor de su método. La incursión en otras áreas le hubiera alejado del positivismo científico, le hubiera adentrado en campos más proclives al idealismo y a la especulación. No quiere partir del Estado como hiciera su maestro Hegel, sino del periodo económicamente dado. La tentación economicista, tan criticada por marxistas posteriores, partió, no lo olvidemos, del mismo Marx. No solo de pan vive el hombre. Declararse materialista en historia no tiene porqué implicar ser economicista. Siendo la economía una faceta decisiva de la realidad humana, hay que decir que no es toda ni mucho menos, tan siquiera el elemento más importante de su realidad. Fundamentar el materialismo en historia y sociología en la tesis paradigmática de que la economía se sitúa en la base de la realidad o estructura social equivale a decir más bien poco, a reducir y amputar a priori los complejos contenidos de la realidad humana y del materialismo como tal. El marxismo se resentiría más tarde de esa deficiencia congénita adquirida, de esa invitación a la reducción y a la extrapolación, implantada justamente en el núcleo de su método. ¡¡Qué gran lección bizantina nos daría más tarde el Gran Camarada Stalin acerca de si el lenguaje se situaba en la base o en la superestructura!!. Sin ánimo de buscar un asidero de la historia y de la actividad humana, propondría como método alternativo o, como punto de vista, si se quiere expresar de ese modo, el de la Identidad y la Transgresión.

 

Ambos conceptos, Identidad y Transgresión, en su mutua interdependencia, no son asimilables al principio dialéctico de contradicción. Más bien, si este punto de vista integra la contradicción lo hace como una más de entre sus múltiples manifestaciones, vista como choque de Identidades opuestas o de transgresiones recíprocas. Sin embargo, Identidad y Transgresión no son reductibles a la contradicción ni a las restantes leyes de la dialéctica. Lo más interesante es que conteniendo el dilema Identidad/Transgresión en sí mismo una antítesis contradictoria, su proyección al plano social no tiene porqué implicar forzosamente contradicción y lucha entre contrarios, pudiendo integrar cien cosas distintas, entendidas en unos casos bien como complementariedad o como recurso de la propia Identidad, imprescindible para seguir siendo Identidad, existiendo una gama infinita de posibilidades de integración de la Transgresión en la Identidad y viceversa. En cierto modo, tal y como han apuntado ciertos pensadores contemporáneos (Morin), la dialéctica es superada por la dialógica que no solo incluye tesis, antítesis y síntesis, sino las relaciones de concurrencia, complementariedad y antagonismo que se producen a un mismo tiempo, la relación de recurrencia causa/efecto.

 

El pensamiento político así como su práctica se encuentran aprisionados en el marco de las formulaciones identitarias. Los paradigmas políticos más usuales suelen valerse de sistemas de oposición de Identidades, de la configuración de dicotomías de modelos opuestos. Así, nos encontramos como las relaciones izquierda-derecha, reacción-progreso, liberalismo-socialismo, etc., se desenvuelven sola y exclusivamente en el plano identitario, incapaces como son de digerir la más mínima Transgresión. De hecho, todo el que viva en un sistema demo-liberal de corte occidental contemplará con toda naturalidad como se producen los turnos en el poder de los dos grandes partidos hegemónicos sin que ello implique alteración estructural, institucional o económica sustancial. Los grandes partidos identitarios se oponen y complementan al mismo tiempo y construyen a su alrededor un universo identitario que garantiza, no solo su turno político periódico y pendular, sino que no se van a producir cambios ni variaciones de ningún tipo que puedan alterar parte o la totalidad del sistema. A la Transgresión la llaman crisis o vacío de poder, por lo que acuden raudos a extirparla, incluso a costa de aunar esfuerzos para construir bloques constitucionales, gobiernos de unidad, de concentración o de salvación nacional, etc.

En esta dirección tampoco cabría reducir la historia de las sociedades a la lucha de clases. Las luchas de clases pueden operar como agente transgresor, aunque también como enlace identitario. Así lo podemos percibir en las modernas sociedades industriales donde el arbitraje y la negociación colectiva son fenómenos institucionalizados como cualquier otra práctica contractual imprescindibles al correcto reciclaje del sistema en su totalidad.

 

A la luz de la lucha de clases y del desarrollo de las fuerzas productivas difícilmente son explicables y comprensibles acontecimientos tales como el genocidio, la barbarie y el holocausto. Igualmente, si se echa mano de ese comodín ideo-filosófico de la naturaleza humana el problema sigue siendo el mismo, por no hablar de los mitos de los tiranos psicópatas, de la sed de poder, etc. ¿Quién puede explicarse cómo los antiguos vecinos de la Yugoslavia de Tito que convivían apaciblemente, desde el cristiano ortodoxo que compraba la leche y el pan al musulmán de la esquina y que podían quedar para jugar una partida de cartas estallaran en un momento determinado hasta el extremo de la masacre? Sin duda, la naturaleza humana era la misma que la de cinco años antes. Si había lucha de clases o de intereses no se explica porqué saltó de ese modo. De un proceso de disgregación y desarticulación social y nacional nacido como consecuencia del nuevo contexto internacional provocado por el derrumbe del bloque del Este en el seno de una crisis económica, se puede discernir un proceso de vacío de poder político y de modificación de las estructuras identitarias de mediación social. La Transgresión del marco del Estado plurinacional y multiétnico yugoslavo obedece a causas muy complejas, una de ellas, quizá la fundamental, sería la redefinición de identidades nacionales, étnicas y religiosas, una fuerza centrífuga que haría estallar en mil pedazos el antiguo estado.

 

Se suele asociar la palabra Identidad a su antónimo correlativo, diferencia. Es del todo evidente que no es esta la perspectiva que aquí adopto. El concepto Identidad aquí descrito implica ciertamente concordancia aunque no viene referido más que a un individuo, la Identidad a sí mismo. Se trata del axioma sentado en el principio de Identidad elemental A=A. La diferencia como tal, desde el punto de vista adoptado, no interesa más que en su calidad de una Identidad distinta que como tal es también Identidad. Por otra parte, el sentido enormemente subjetivo (como marco de referencia del sujeto) de que viene revestido el concepto de identidad lo convierte en antónimo de alteridad, esto es, lo que diferencia el idem del alter no sería otra cosa que lo que distingue lo propio de lo ajeno. La frontera de la identidad sería la que delimita entre el yo y el no-yo (el ello, los demás, los otros). En este sentido, la alteridad, como la diferencia, estaría definida como una determinación negativa de todo cuanto rodea a lo propio, a lo idéntico, a lo relacionado con el sujeto. Aunque, en cierto modo, lo propio, lo idéntico, no subsiste pos sí mismo sino en su interconexión con el alter que es, a fin de cuentas, aquello que le da la consistencia y firmeza necesaria como para constituirse, producirse y reproducirse como lo propio e idéntico a sí mismo. En la disputa, en el campo de batalla, en la competición deportiva, es lo otro lo que consolida y, en cierto modo, da razón de ser a lo idéntico. Lo propio solo se forma y constituye en esa interacción dialéctica con lo no-propio. El caso de España puede ser altamente significativo al respecto, hasta el punto de que no se puede hablar del nacimiento del nacimiento de la nación española (tanto en sentido subjetivo como objetivo) hasta que tiene lugar la invasión napoleónica de 1808. La identidad española no se forjó por sí misma sino por la intervención de un agente exógeno a sí misma, consolidándose por la Guerra de la Independencia; lo ajeno fue decisivo en la constitución y configuración de lo propio.

 

Por el motivo citado, entre otros, la asociación que aquí vengo a establecer es la que se produce entre la Identidad y la Transgresión de esa misma Identidad. Son dos aspectos cuya tensión y tirantez tienen la virtud de explicar una variada gama de sucesos y acontecimientos que se desarrollan no solo en el plano histórico, sino también en el plano psíquico e individual. Móviles transgresores los ha habido muchos en la Historia. Podemos destacar, por su simplicidad y por ser directamente perceptible en el mundo personal, el deseo, el principio del placer. No hay mayor transgresor de la Identidad de sí mismo que el deseo de alcanzar algo, un objeto, una persona o un status que se mueve por encima de las posibilidades y límites que encasillan la Identidad de un sujeto. La Identidad dota al ente histórico de rol, papel y función, lo orienta y organiza pero, a su vez, le impone fuertes limitaciones. La Transgresión entra en escena desde el mismo momento en que la Identidad se hace insoportable, en que se convierte en un freno para el sujeto que para llegar a determinadas metas que, con independencia de que puedan o no ser vitales para sí mismo, le proyecten a alcanzar la meta deseada. El deseo activa todas las formas posibles de Transgresión: la mentira, el engaño, la falsificación y la impostura. El sistema se defiende. Se encarga de sancionar jurídica o moralmente tales conductas transgresoras. Pero a la Identidad le siguen acechando más peligros: la desesperación y el suicidio. El sistema no puede permitir la Transgresión pero tampoco puede erradicarla y por esa misma razón no le queda más opción que tolerarla no sin antes someterla a sus propios cauces identitarios en un contexto global de asimilación e integración.

 

Por último, introducir el matiz de la conceptualización de la Identidad y Transgresión como una visión dinámica de la relación forma/contenido. El contenido energético que queda aprisionado entre las rígidas formas y estructuras identitarias lucha por salir a flote, por transgredir, en suma, el marco de identidad bajo el que ha quedado subsumido. De ahí el sentido universal que ha adquirido el término Revolución desde que hiciera acto de presencia la Gran Revolución que abrió las puertas al mundo moderno, la Revolución Francesa, como el estallido de una descarga energética dinamizadora que arrastró a todas las formas existentes de dominación y jerarquía social. Aún considerando en términos generales válido este matiz de la explosión del contenido y su liberación de las formas, encuentro en él cierto inconveniente, no percibe la enorme variedad de matices, funcionales y particulares, que puede tener la Identidad y Transgresión en distintos ámbitos de la vida social y que apunto en estas páginas, en el sentido que no sabe captar la existencia de formas capaces de liberar contenidos sin que ello ponga en peligro su existencia. El modelo de Revolución de Marx forma/contenido puede ser válido en el plano descriptivo a niveles globales, pero deja de serlo cuando de lo que se trata es de aplicarlo a fenómenos específicos, estructurales y coyunturales.

 

Las escuelas funcionalistas y estructuralistas, atrapadas en la determinación de los elementos identitarios de los sistemas, son incapaces de asimilar el papel de primer orden jugado por la Transgresión en la explicación de los procesos sociales. A lo más que llegan es, a lo sumo, a percibir la Transgresión como un agente patógeno, como una disfunción producida en una pieza del sistema. Por tal motivo, las sociedades ideadas por las corrientes estructuralistas y funcionalistas no pueden ni podrán funcionar nunca (toda una paradoja), son cadáveres sin vida, sin energía, sin fuerza y sin combustión interna, algo así como mecanos con piezas de quita y pon.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III. IDENTIDAD Y CONTROL

 

Antes que nada habría que distinguir las dos acepciones que se le pueden atribuir al concepto Identidad. Una primera, de índole subjetiva, implica algo así como conocimiento o conceptualización. Es subjetiva en tanto que el acto de identificar se asocia al acto de conocer. Lo que se identifica se conoce, por contra, todo aquello que no ha sido identificado no ha sido aún conocido. La acepción que más interesa ahora va a ser, por tanto, la objetiva. Se podría definir esta segunda como el mecanismo a través del cual se establece una relación de elementos a los cuales se adjudica una individualidad o calidad específica. Este segundo sentido designa un grupo de elementos o de individuos o de conjunciones asociadas e individualizadas que, desde el mismo momento en el que, dentro de un marco regulador, se les asigna una Identidad comienzan a desempeñar papeles, roles y funciones acordes a la Identidad asignada. El valor de la presente conceptualización objetiva radica en su capacidad explicativa de la noción de Identidad, entendida como un factor plenamente activo que se distingue de su acepción primaria, pasiva y subjetiva. El generador de Identidades no se limita a percibir Identidades y diferencias en la misma medida en que, a su vez, las crea, construye identidades específicas asimiladas a la Identidad global del organismo.

 

La identificación aparece como un elemento indispensable a toda estructura de información. Identificar es sinónimo de conocer y, como diría Francis Bacon, solo se domina aquello que se conoce. Lo que se identifica se clasifica, se numera y encasilla. La tabla periódica de los elementos, las especies biológicas, identificadas con nombres y apellidos y encajonadas en las estructuras taxonómicas, los planetas, las galaxias y las estrellas, todo exige un nombre, una Identidad. Lo que se desconoce carece de Identidad, de ahí las siglas OVNI, objeto volador no identificado que, a pesar de estar asociado a las civilizaciones extraterrestres, en sí no significa nada, tan solo es un objeto que vuela pero que no se sabe lo que es.

 

Considero precisa una aclaración previa. Cuando hablo de Identidad o del principio de Identidad no me estoy refiriendo al individuo ni al individualismo. No deseo se me malinterprete. Si consideráramos que toda cultura ha incorporado la Identidad y el control de sí misma en tanto que mecanismo de sujeción como una proposición equivalente a la incorporación de la individualidad caeríamos en una simplificación a-histórica. La Identidad aquí referida tiene unas connotaciones bastante más amplias que esa individualidad a la que se ha rendido culto desde el renacimiento y que triunfó políticamente a finales del siglo XVIII. La diferencia fundamental radica en que la Identidad aquí es concebida como un ámbito o esfera de control político y social, no como el marco del ejercicio de los derechos individuales ni como sistema de defensa de la esfera individual frente a la del Estado, por mucho que en estos últimos aspectos podamos percibir determinadas manifestaciones del principio de Identidad. La defensa del individuo y del individualismo puede incluso chocar de plano con las estructuras mismas de identificación que implantan los Estados. Vemos, por ejemplo, los escrúpulos que se ponen de manifiesto cuando se trata del tratamiento informatizado de datos individuales. Se ha creado una nueva fuente de tensión esta vez entre el individualismo y la Identidad en el que el primero pugna por la defensa de la anonimidad individual frente al Estado como medio de defensa de la intimidad individual. La Identidad se contempla como una imposición que la cultura implanta a los individuos y como materia prima sobre la que se articulan los mecanismos de dominación propios de todo sistema político administrativo. Pero la Identidad y la identificación correlativa no se ciñe solo a los individuos. Los aglomerados meta-individuales construyen su propia Identidad, desde las Instituciones a los territorios, las naciones, los países y los pueblos, los gremios profesionales, los partidos políticos... El conservadurismo iza la bandera de la Identidad tradicional, el nacionalismo la de la Identidad nacional, en suma, todo ser se manifiesta y permanece en su Identidad intemporal. La pérdida de las señas de Identidad es la crisis destructiva, entendida como muerte, cambio o como transformación. Estos tres acontecimientos son determinantes en la Transgresión de todo tipo de Identidad. La muerte, por su radicalidad, pone fin a la presencia, a la emergencia de las estructuras vivientes, es la Transgresión de los límites biológicos y orgánicos del ser vivo. El cambio o transformación, sin embargo, suponen una barrera a un estado de presencia definido del ser. Transformación es una forma de destrucción, una forma de muerte si se la quiere llamar así. Mediante la transformación la Identidad se extingue, se transgrede para adoptar una Identidad distinta.

 

Para Homo Sapiens el conocimiento, reconocimiento y diferenciación de los congéneres se basa fundamentalmente en la identificación visual. No hay más que ver la enorme variedad de rasgos faciales que se presenta entre unos y otros individuos. Si bien los rasgos y los tipos humanos individuales son susceptibles de clasificación, es difícil, no imposible salvedad hecha de los gemelos univitelinos y de los dobles o bien de los parecidos que se pueden hallar entre dos o más personas, encontrar dos humanos idénticos. La similitud entre embriones con el proceso de desarrollo se va disipando y a medida que pasan los años asoman los rasgos identificadores y diferenciales.

 

LA IDENTIDAD PSÍQUICA: las personas cuentan con una huella genética, con una huella cultural y con una huella psicológica. La formación de la identidad en el niño se manifiesta en un deseo de distanciamiento respecto de los padres en aquello que los psicólogos llaman fase de la individualización, a partir de la cual interponen ante los progenitores la barrera/esfera de su propia intimidad física y psíquica imprescindibles para construir los elementos integrantes de su propia personalidad.

 

IDENTIDAD CULTURAL Con la emergencia de la cultura tendrá lugar la acentuación de la identificación individual. La organización misma del parentesco así como el consiguiente tabú del incesto ya se nos aparece como una elaborada construcción social del principio de Identidad, a donde converge tanto la genealogía del individuo como elemento integrante de su Identidad así como las correlativas reglas sociales generadas precisamente por esa estructura cultural-represiva que articula la Identidad de la individuación como eje central del sistema. Las estructuras del parentesco, efectivamente, están en la génesis misma del principio de Identidad. Todos tienen un padre y una madre así como una serie de ascendentes y descendientes troncales, parientes colaterales por sangre o por matrimonio. A todos se les pone unos apellidos que recuerdan su ascendencia y un nombre que identifica, aunque el nombre por sí solo no es nada si no va unido a esos apellidos que complementan su Identidad. En realidad, vivimos inmersos en un mar de Identidades numeradas y codificadas. A la vivienda en la que vivimos se le asigna un número y/o una letra, que a su vez viene identificada en una manzana numerada, en una calle, en una sección, en un distrito, en un núcleo de población, en una provincia, en una Comunidad Autónoma, en un Estado, etc.,

 

Ningún sistema social e institucional prescinde del control de la Identidad individual como forma de dominio. El Estado elabora sus registros, padrones, censos y compilaciones estadísticas de datos referidos a sus ciudadanos de forma enormemente cuidadosa. Hasta tal punto es decisiva la Identidad individual que lo primero que se nos pide cuando vamos a un sitio es un documento que tenemos en el bolsillo que se llama precisamente Documento Nacional de Identidad. Para destacar el papel y función represiva de dicho documento no hay más que decir que es la Policía la encargada de elaborar y confeccionar dichos carnets. ¡Identifíquese!, exclama la policía cuando hace una redada. No llevarlo en el momento en que se lleva a cabo un control policial o, simplemente, no tener reafirmada la Identidad, puede implicar estar expuesto a una sanción. Puede que algún día, para evitar tales descuidos ciudadanos, el Estado nos tatúe el número o un código de barras en el brazo o nos implanten un chip en la oreja de fácil acceso para cualquier escáner. El Estado nos ordena y nos numera. No solo tenemos nombres y apellidos, hay algo mucho más importante que nos identifica. Un número correlativo seguido por una letra puesta al final pone de manifiesto que el Estado nos ha matriculado para siempre. La primera columna de todo censo o padrón es la que ocupa precisamente ese número que nos ha asignado el Estado. A ese número se le asigna una huella digital, una fotografía, unos padres, un domicilio, un sexo, una edad y una nacionalidad. Los anónimos, huérfanos, asexuados, apátridas, vagabundos y nómadas crean auténticos quebraderos de cabeza a los Estados. El nomadismo, en particular, es un modo de vida que no acepta fronteras ni Estados y que por ello pone en vilo los sistemas identitarios y de control. La legislación franquista, sin ir más lejos, catalogó a este grupo de personas como peligrosos potenciales. La bioquímica ha hecho un aporte decisivo al control identitario con la clasificación de los grupos sanguíneos y la secuencia de ADN.

 

El Estado vela y vigila permanentemente por salvaguardar la Identidad de su ciudadanía. La Identidad garantiza el pasado y el presente de los individuos, su realidad fáctica, su presencia y disponibilidad real y efectiva, su localización, su papel y función social, sus posibilidades presentes y futuras, su patrimonio, su inserción institucional, el marco del ejercicio de sus derechos y correlativas obligaciones. El Estado defiende la Identidad de sus ciudadanos a capa y espada, pues en ella encuentra no solo el instrumento de dominación efectiva sino los elementos funcionales mismos que le confieren su razón de ser: la Identidad del elector, la Identidad del contribuyente, la Identidad del destinatario de los servicios públicos, la Identidad de la población activa, la Identidad de la población desempleada, la Identidad de los pensionistas, la Identidad de los estudiantes, de los casados, de los solteros, de los separados, de los viudos, de los hombres, de las mujeres.. Pero la Identidad individual una vez estatalizada es algo más. La realidad del individuo se somete a su realidad documental, el marco del ejercicio de sus derechos y de la imposición de sus obligaciones lo produce el gigantesco mundo del control de la Identidad. Documentos, carnets, pasaportes, visados, permisos, licencias, títulos, en fin, todo. Sin salvaguardia de la Identidad no hay persecución policial, ni búsqueda y captura de delincuentes, ni presunciones legales, ni juicios ni condenas. El sistema de información sobre el que descansa la actividad del Estado encaminada a la extracción de recursos, a la articulación de la política de subvenciones, becas, etc. se somete, en última instancia, al principio de Identidad. El inmigrante norteafricano que cruza el Estrecho sin papeles ni documentos que lo avalen (contrato de trabajo, permiso de residencia, pasaporte o visado) obtiene para el Estado la inmediata calificación de Ilegal, en una operación donde el derecho se supera a sí mismo en su determinación identitaria, pues hasta ahora lo que se había tachado de ilegal eran determinadas conductas o las mercancías importadas de contrabando, no las personas. El Ilegal no existe para el Estado, carece de identidad positiva, se le atribuye esa identidad negativa de Ilegal por el hecho de ser indocumentado en virtud de la cual se le debe expulsar inmediatamente del territorio. Con ocasión de la actual Guerra de Kosovo, las tropas y los grupos paramilitares serbios acaban de expulsar a los miembros de la minoría albanesa de sus hogares, destruyendo previamente sus enseres personales no sin antes arrancarle toda su documentación y se supone que, con vistas a imposibilitar un cálculo de la magnitud del genocidio, se hayan destruido también archivos, relaciones estadísticas, censos, padrones, registros civiles, etc. Al destruir sus documentos los han convertido en indocumentados, en seres inexistentes, incapaces de acreditar su existencia presente, su familia, su matrimonio, sus aptitudes profesionales y su historia misma.

 

Los sistemas políticos occidentales se basan precisamente en un sistema de transferencia masiva de identidad del cuerpo social al cuerpo político. VOTAR quedaría aquí definido como un acto de transferencia refractaria de identidad a través del cual el cuerpo político construye su propia identidad en la misma medida en que se va nutriendo de las identidades individuales transferidas.

 

En el plano institucional, el identitarismo último de todo Estado descansa en su núcleo duro, a saber: el ejército y la burocracia.

 

A) EL EJÉRCITO

 

No es de extrañar en absoluto que los ejércitos se adjudiquen a sí mismos las esencias de la Identidad nacional y política de los Estados. Todo Ejército se constituye en baluarte y portador último de una historia, de una cultura y de un orden institucional, hasta tal punto que los caracteres identitarios institucionales mismos, el orden, la jerarquía y la disciplina son llevados hasta el paroxismo. Los ejércitos sacralizan la nación, la personifican y la identifican como Patria como. El ejército reviste esos caracteres ultra-identitarios que caracteriza toda estructura institucional de poder y dominación. Al mismo tiempo, su trabajo de identificación se realiza en la guerra y en la ocupación, expandiendo por los territorios ocupados las semillas de la nueva Identidad estatal-institucional a la que va ligado. Las distintas Campañas Napoleónicas de comienzos del siglo XIX por la vía militar trajeron consigo un efecto importante, consiguiendo un cambio estructural decisivo en el resto de Europa. El Ejército importó el nuevo orden socioeconómico surgido de la Revolución Francesa3 a todos los confines de Europa. Tras la Segunda Guerra Mundial, los ejércitos vencedores, básicamente el soviético y el norteamericano, acabarían sectorializando el territorio de la antigua Alemania y de su capital, Berlín. Al Oeste se edificó una Alemania Norteamericana y al Este una Alemania Soviética. Los ejércitos respectivos cumplieron el cometido de importar la Identidad de sus propias metrópolis a los territorios liberados.

 

La guerra se puede apreciar desde la perspectiva de un choque frontal entre dos sistemas de Identidades antagónicas que no tiene porqué culminar en la aniquilación física de uno a manos del adversario sino con la imposición y ampliación del sistema de Identidades vencedor al campo del vencido. El ejército de ocupación rápidamente se hace cargo de las venas y arterias del sistema derrotado, se apodera de los sistemas de comunicación y centros de los organismos oficiales, aplasta los núcleos de resistencia e impone el toque de queda a la par que suple provisionalmente los sistemas de aprovisionamiento y abastecimiento. A continuación organiza y estructura sus propios centros de poder civil, instalando en dicho lugar a las autoridades del nuevo orden. A medida que se van configurando los nuevos centros de poder civil el poder militar se va retirando a la periferia y a cumplir sus propios cometidos estructurales normales.

 

Este es el esquema clásico. Sin embargo, en muchas ocasiones el esquema no coincide con la realidad. El Ejército puede en determinadas circunstancias absorber casi toda la Identidad institucional del Estado. Se trataría de aquellos casos en que la Identidad militar se presenta como antagónica a la Identidad civil por haberse constituido como núcleo de poder autónomo, con su propio sistema de división de poderes, mandos y tribunales, con su propia policía militar, con su propia música militar, escuelas militares, edificios del ejército, comedores y economatos, a lo que se le añade todo un talante militar, una ética, una disciplina y un espíritu militar... llegado el momento, el poder civil se presenta como un estorbo, el arte de la política y todo lo que a este viene adherido: el compromiso, el pacto, la negociación, la mediación, etc. como un síntoma de debilidad, traición y entrega al adversario. Los que discrepan respecto de los valores identitarios forjados en los ejércitos (la metafísica de la Patria, la religión verdadera, las estructuras de propiedad y la lealtad y sumisión a reyes y príncipes) solo pueden ser tratados en términos militares, no en términos políticos, y como tales, solo se les puede hacer prisioneros o neutralizarlos ante un pelotón de ejecución. El ejército es un instrumento de fuerza y violencia física y, como tal, ha de intervenir en la vida pública. De ahí a la militarización de toda la sociedad solo hay un paso. El ejército, como organización institucional de la violencia, extiende su propio sistema de violencia al resto de la sociedad (el General Franco llegó a afirmar que España era un Cuartel), eliminando drásticamente la Transgresión del seno de la sociedad civil mediante los tristemente célebres sistemas de exterminio de transgresores políticos tan conocidos en las dictaduras del Cono Sur: Desaparecidos, ejecuciones en masa, fosas comunes, etc. La imposición de la Identidad (el Orden, en su propio vocabulario) por vía militar no admite transacciones. Se pretende uniformar política y mentalmente a toda la sociedad, los discrepantes son literalmente masacrados, arrojados al mar desde los helicópteros de la Armada, ejecutados y enterrados en fosas comunes, perseguidos y expulsados del país. Acuartelan a la población mediante el Estado de Sitio y el Toque de Queda. Los mandos dictan órdenes que deben ser inmediatamente obedecidas, lo contrario es atenerse a las consecuencias de un Consejo de Guerra. Bajo el estricto identitarismo militar no cabe la protesta ni la transacción ni la huelga ni el razonamiento. Los militares castigan contundentemente todas las manifestaciones de insubordinación asimilándolas a rebeldía y alta traición.

 

Ante este sistema de Identidad tan insoportable y agobiante, la Transgresión ha de aparecer por algún sitio, y la única salida que ofrece el ejército al respecto es el alcoholismo. El índice de alcohólicos en los ejércitos es mayor que en ningún otro sitio. Gran parte de los reclutas encuentran en ese medio de Transgresión la única salida a un sistema de implantaciones e imposiciones en el que se sienten prisioneros. Otra parte, minoritaria, recurre a la forma última de Transgresión, facilitada por el hecho de encontrar armas a su alcance: el suicidio. Lo cual, por otra parte, no es ninguna novedad. Todas las instituciones de tipo carcelario ya sean los cuarteles, las cárceles, los conventos y los monasterios desarrollan sus propias transgresiones alternativas a sus respectivos sistemas de Identidad absoluta. Así, en las cárceles el consumo de drogas excede de todos los límites. A esta Transgresión acompañan otras formas de Transgresión sexual como pueden ser los abusos a los presos más jóvenes. En los conventos y monasterios la Transgresión adquiere sus tintes propios: la sublimación, la mística, el éxtasis y la oración cuando no se trata del desarrollo de múltiples formas de homosexualidad entre sus miembros o bien de la entrega a prácticas sadomasoquistas encubiertas como penitencia (serían estos casos de transgresión permitida/pervertida por el mismo sistema identitario).

 

Los ejércitos, depositarios en un grado extremo de intensidad de todos y cada uno de los elementos represivo-identitarios de una organización política, por esa misma razón pueden cargarse de la mayor energía transgresora imaginable, una energía que, en circunstancias límite, puede estallar. Eso sucedió en el Portugal del 25 de abril de 1974 donde la oficialidad del ejército asestó un golpe de muerte a las estructuras de poder fascistas del régimen de Salazar y Gaetano. Una guerra colonial que parecía interminable y que ya empezaba a amenazar la existencia de la juventud portuguesa fue el marco idóneo de la Revolución más transgresora conocida en el Occidente de la segunda mitad de siglo. La oficialidad del ejército prendería la mecha que fuera a poner en marcha todo un polvorín revolucionario: una oleada de transgresiones sociales en cadena, un cuestionamiento sistemático de las estructuras de mando y autoridad, de las jerarquías, del régimen de propiedad (la reforma agraria), provocando unas consecuencias sociales que desbordaron con creces las intenciones de los primeros actores de la Revolución; a saber, el derrocamiento de la dinastía fascista de Gaetano, heredera del régimen de Salazar. Lamentablemente, la OTAN, primero, y los partidos políticos, después (en primer lugar, destacan los intentos del Partido Comunista Portugués de apropiarse de la Revolución, de imprimirle su propia impronta burocrática. Por parte del Partido Socialista Portugués observamos que su papel en la contra-revolución no fue nada desdeñable) frenaron el proceso.

 

B) LA BUROCRACIA

 

A las burocracias les corresponde el honor de ser los mayores generadores de identidades con los que cuentan los Estados. No podía ser de otro modo, su existencia se acopla a la del producto. El mundo en el que las burocracias viven inmersas es un mundo paralelo al mundo real constituido por montañas de papeles y documentos, de sellos y compulsas, de archivos, de oficios, circulares y requerimientos. La burocracia, desde sus despachos, mesas y oficinas, va tejiendo esa estructura superpuesta a la realidad, imponiendo su propio lenguaje y su propia realidad, la de la constancia documental, su única fuente de conocimiento. Desaparece paulatinamente la fisura entre el mundo real y el mundo oficial: solo existe lo que consta en los textos, en los archivos y registros, esa es su única realidad. El mundo burocratizado es, por excelencia, un mundo identitarizado

 

 

 

 

LOS PARADIGMAS IDENTITARIOS

 

A) EL PARADIGMA RACIAL: No es fácil a priori adentrarse en un tema tan manoseado y con tantas implicaciones como

 

 

 

LOS ENLACES IDENTITARIOS

 

Comprender sustantivamente la Identidad tomada en un sentido amplio nos conduce directamente al problema de su inserción en el contexto de una estructura de Identidad global capaz de asignar Identidades parciales a los elementos que la integran. Si nos detenemos a observar el mecanismo de un motor de explosión veremos como las distintas piezas: válvulas, engranajes, rodamientos, pistones, árbol de levas, culata, bujías, correa de la transmisión, etc. se identifican estructural y funcionalmente en su conexión con el todo. Un pistón no puede desplazarse de abajo arriba si no va conectado al mecanismo general, ni el electrodo de la una bujía puede soltar chispazos sin su conexión al sistema eléctrico de la batería. Funcionalmente dichas piezas están identificadas en su interconexión con el motor. Las distintas sociedades establecen también un sistema de atribución de Identidades a los individuos e instituciones que las integran. La analogía con el funcionamiento del motor no es muy afortunada (es una simple parábola estructuralista y funcionalista), ya que es en el contexto donde única y únicamente adquiere funcionalidad e Identidad (social) el individuo, siendo la sociedad y el Estado los engranajes por los que discurre la asignación de contenido identitario a los distintos elementos o individuos o sujetos identificados que la integran.

 

La Identidad gira generalmente en torno a las relaciones identitarias, las cuales cubren de contenido los elementos sustantivos a los que se les atribuye Identidad. El sistema de enlaces identitarios guarda cierta analogía con el sistema de enlaces químico-atómico, establecidos en el ámbito de cada formación histórico-social del mismo modo que una cadena molecular, atrayendo hacia sí los elementos previamente identificados, estructurándolos y organizándolos en torno a su propio eje. Los individuos mueren, las instituciones permanecen.

 

Para comprender la dinámica y funcionamiento de las relaciones identitarias es imprescindible conocer antes los procesos de identitarización y, dentro de estos, los agentes identitarizadores que se metabolizan con los primeros.

 

 

LOS AGENTES IDENTITARIZADORES

 

Se trata de las distintas cribas institucionales y culturales que intervienen en la formación de la personalidad. La primera de ellas, la familia, es la institución bio-cultural por excelencia que marca los primeros años de identitarización del individuo. Lo que se conoce como el desarrollo de la personalidad, los distintos estadios psíquicos por los que atraviesa: el sentido de dependencia y protección así como el de independencia o de individualización se configuran en el seno de la familia. La adquisición del lenguaje articulado, la locomoción bípeda, características de nuestra especie, se concreta en el propio ámbito bio-cultural de desarrollo del individuo. Serían estos los agentes de socialización primarios, modeladores de la identidad en sentido genérico. Los agentes socializadores secundarios, formadores de identidades parciales y específicas determinadas, en primer grado, por la división del trabajo, intervienen consecutivamente. Se trata de las instituciones propiamente dichas. La escuela, en primer término, a la que se le acopla el resto del sistema de educación e instrucción.

 

Sería pecar de mecanicista si admitiese que el modelado del individuo como identidad solo se produce por esos cauces institucionales, sin contar con uno que, a fin de cuentas, va a ser determinante y que, al fin y al cabo va a intervenir como un cemento que le va a dar solidez y consistencia a todos los procesos señalados, cual es el de la experiencia continuada organizada en la memoria. En efecto, sin memoria, sin la sucesiva información que ha sido recogida y almacenada a lo largo de todo el proceso no hay individualización y, por tanto, identitarización. La memoria recapitula al individuo y, en tal sentido, su identidad.

 

LOS PROCESOS DE IDENTITARIZACIÓN

 

Lo que la sociología convencional ha dado en llamar procesos de socialización vamos a denominarlos procesos de identitarización. Podría dársele otros nombres como por ejemplo procesos de aculturación. Al fin y al cabo, el nombre que se le dé a las cosas es lo de menos siempre y cuando se tengan claros los conceptos. En el contexto de este ensayo, llamado precisamente Identidad y Transgresión me ha parecido oportuno usar ese nombre por cuanto que de lo que aquí se trata es de comprender los procesos de socialización, de aculturación o de identitarización como procesos de asimilación de los individuos a los parámetros sociales, culturales o identitarios vigentes bajo una formación social dada.

 

Cada individuo es en sí mismo un haz de contradicciones. Es posible, por tanto, someter determinados aspectos de su realidad a procesos de identitarización. Otros, en cambio, se sublevan contra estos mismos mecanismos. Al desarrollo de la personalidad, que en sí es un proceso de emergencia de la identidad individual, concurren múltiples factores, elementos que ya de por sí han de llevar siempre implícita la contradicción y la transgresión. La personalización del individuo es asimilable a identitarización. No obstante, es marco de su génesis es siempre complejo y contradictorio. Si el individuo se puede considerar como un holograma de la sociedad en la que vive, necesariamente habremos de conceder que cada individuo, tomado en sí mismo, no es un elemente mono-identitario sino multi-identitario. A él confluyen múltiples identidades o roles sociales (si aceptamos el lenguaje de los funcionalistas) que se despliegan en las múltiples facetas de su existencia. En efecto, se puede ser a un mismo tiempo marido o esposa, padre o madre, productor o consumidor, jefe o subordinado, deudor o acreedor, honrado y delincuente, simpatizante del partido X, practicante de tal o cual religión, interesado en determinadas cuestiones, desinteresado en otras... Un mismo individuo, en una sociedad tan compartimentada como la presente, adopta identidades diversas que se adaptan, en lo fundamental, a los distintos papeles que ha de desempeñar. Cuando hace de padre no es el mismo que hace de funcionario, ni el mismo que hace de amigo o colega. Quizá la identidad total esté constituida por todas y cada una de estas facetas en general y por ninguna en particular. Pero la reducción ha sido siempre tentadora: es fácil dibujar a un individuo con brocha gorda, de un solo trazo. Clasificar como medio de calificar y descalificar, recurrir a ese paradigma de reducción y disyunción como forma de catalogar a los individuos resulta un argumento muy socorrido

 

La integración de los individuos en sistemas sociales e institucionales no deja de ser traumática. La represión del instinto y del principio del placer

 

 

IDENTIDAD MÓVIL, IDENTIDAD FLEXIBLE

 

Al comienzo del capítulo me referí a una de las manifestaciones del principio de Identidad, la que escora al individualismo propiamente dicho. Era importante desligar ambos conceptos de modo que se pueda englobar al individualismo como a una más de las distintas manifestaciones del principio de Identidad.

 

La primera operación del liberalismo consiste en recoger al individuo para enfrentarlo al poder del Estado. Tamaña mistificación parte de un completo desconocimiento de que la construcción social del individuo como elemento identificable y susceptible de ser sujeto a control surge con una naturaleza puramente represiva. La paradoja del individualismo liberal radicará precisamente en la instrumentalización de un ente culturalmente elaborado y, como tal, fruto de un sistema represivo - tal y como es en este caso el individuo o la Identidad individual - como arma arrojadiza contra el Estado, esto es, contra el ente represivo catalizador, regulador y controlador de las Identidades. En cierto modo lo que se nos presenta es la lucha de la Identidad contra sí misma en la que acabará triunfando la más completa estructura de control de la Identidad jamás conocida en la Historia.

 

Desde el mismo momento en que el Estado elabora las estructuras de mediación directa suprimiendo de camino las barreras de los poderes locales empieza a controlar la Identidad creando al efecto todo un aparato burocrático con capacidad para identificar y anotar todos los datos relevantes de la población de los que se servirán para incorporar a los ciudadanos al Registro Civil, a los padrones y censos con fines fiscales así como una compleja estadística de la población por edades necesaria para incorporar a la población joven masculina en edad militar a los primeros ejércitos de remplazo.

 

Por otra parte, si bien observamos que en esta sociedad burguesa se ha llegado a un control sin precedentes del principio de Identidad, a la par se ha producido un proceso de relativa flexibilización del mismo. La adscripción social en los sistemas feudales y estamentales era enormemente rígida. La Identidad del siervo y del señor se presentaban como condiciones inmutables directamente transmisibles a la descendencia. La Identidad se articularía sobre todo un linaje. La diferencia radical entre la sociedad burguesa y los sistemas estamentales que la precedieron radica en esa nueva dimensión que se le atribuye al principio de Identidad enmarcado en un sistema de Transgresión evolutiva y regulada. El deseo mismo de autosuperarse nos da idea de que la nueva Identidad elástica que se ha puesto en funcionamiento. La importancia misma que adquiere la práctica y el fomento del deporte bajo estos nuevos sistemas nos puede dar toda una idea de hasta qué punto el concepto de esfuerzo y autosuperación personal se impone sobre todas las barreras sociales tendentes a la identitarización del individuo. El Estado se contagia de este nuevo sistema de autosuperación. Se crean las carreras burocrática y militar. El burócrata de los escalafones inferiores aspira a los escalafones superiores, el militar de baja graduación aspira a una alta graduación. El Juez quiere ser Magistrado, el Botones quiere llegar a ser Director General. El Penene anhela ser Catedrático. Se crea todo un juego de Identidades móviles y para hacerlas efectivas como tales se arbitra un nuevo sistema de conexión a los enlaces identitarios dentro de unas normas

 

La singularidad histórica del Modo de Producción Capitalista estriba en su doble carácter, identitario y transgresor a un mismo tiempo. Nunca se había conocido un sistema como este, capaz de establecer un juego de Identidades y transgresiones tan estructurado y coordinado. El Capitalismo es un sistema transgresor. El mismo Marx lo tuvo que reconocer en el Manifiesto Comunista cuando declaraba que el capitalismo solo puede subsistir a costa de revolucionar continuamente sus condiciones materiales de existencia. El capitalismo arrasa con todo, transgrede las instituciones tradicionales, el patriarcado, la familia, la tradición, la fe, los títulos nobiliarios, los rangos, la hidalguía, las obligaciones y los derechos eternos. Destruye la propiedad feudal, los bienes comunales... ¿cómo? Nada se impone por la fuerza física directa; si desarticula la familia productiva y los derechos y obligaciones dimanantes de las relaciones de sangre, lo hace capitalizando la tierra, sujetándola al tráfico económico y, en esa misma medida, diluyendo la adscripción de almas a bienes, separando orgánicamente a productores de su medio productivo, incorporándolos masivamente a toda la población a un sistema que gira sobre otros ejes. El capitalismo convierte la familia en un pequeño apéndice social de organización del consumo y reproducción biológica de la especie. Transfiere al matrimonio, -antaño sagrada e indisoluble institución dotada de unos vínculos personales tan rígidos como los propios de las relaciones de servidumbre, - su propia mecánica contractual. La relación matrimonial, al igual que cualquier otra relación contractual (laboral o mercantil) se funda exclusivamente en la autonomía de la voluntad de los contrayentes o contratantes que puede rescindirse libremente, a iniciativa de cualquiera de las partes. El capitalismo deroga fueros individuales y colectivos y sitúa al individuo desocializado en el epicentro del sistema.

 

Marx se encargaría de señalar las bases identitarias mismas de este sistema económico, que se reducen, en última instancia, a la Ley del Valor-Trabajo. Nacía un nuevo género de Identidad, distinto de los conocidos hasta entonces. Las normas coactivas (en el plano económico) ya no derivaban de instituciones ni de sistemas organizacionales. Los principios de autoridad y jerarquía quedaban suprimidos, la Identidad individual dejaba de ser condición previa al proceso de producción: nadie nacía con la Identidad de esclavo, ni con la de amo, ni con la de siervo, ni con la de señor. La Mercancía absorbió cuantas Identidades individuales se toparon en su camino, diluyó siervos, campesinos, patriarcas, hombres, mujeres e incluso niños en calidad de fuerza de trabajo, valorable en términos cuantitativos.

 

 

LAS IDEOLOGÍAS DE LA IDENTIDAD: ALIENACIÓN Y ENAJENACIÓN:

 

Desde que Sócrates arrojara la máxima (conócete a ti mismo), miles han sido los imperativos identitarios desde múltiples filosofías y pseudofilosofías. ¿Cuántas veces habremos visto el mismo tema novelado de la historia del magnate que, rodeado de bienes materiales, se siente frustrado en su vida y acude al retiro solitario a encontrarse a sí mismo?

 

La construcción de la filosofía de la alienación y sus variantes: cosificación o enajenación es obra del idealismo alemán. Desde Fichte hasta Hegel y Marx en su variante historicista, Feuerbach en su ateísmo humanista, hasta las corrientes irracionalistas que arrancan de Nietzsche y desembocan en los vitalismos históricos de Bergson y Ortega. La Escuela de Francfort, etc. Las filosofías de la alienación, de una u otra corriente, se constituyen, en última instancia, como defensoras de la Identidad transgredida o enajenada, objetivada, cosificada y, en suma, deshumanizada.

 

Y es que tanto en la filosofía, como en la religión, en la ética y en el pensamiento político lo que se sitúa en su núcleo duro, aquello que le da consistencia y solidez, es el referente de la Identidad última que generalmente suele ser la primera. El conocido mito de la Edad de Oro ha sido recogido una y otra vez a lo largo de la Historia por las más significativas ideologías religiosas, éticas, filosóficas y políticas. Desde el Edén bíblico al mito de Platón de la era de la abundancia natural al Bon Sauvage de Voltaire, el Hombre Natural de Rousseau, a la Idea de Hegel, al Comunismo Primitivo de Marx y Engels, todas las historias han girado inevitablemente en torno al primer principio enajenante y corruptor, transgresor de la Identidad primigenia, ya fuera El Pecado Original, la sociedad corruptora o la violenta irrupción de la sociedad de clases. El Primer Mito Primigenio, la Identidad Primitiva, axioma y punto de referencia último, no es solo añorado, es también punto de partida y de llegada último de toda construcción religiosa, ética y política. Es el punto de certeza que ante el caos y la incertidumbre sobrevenida.

 

La ingenuidad que acarrea toda ideología de la enajenación y sus variables (objetivación, cosificación, alienación, extrañamiento) se pone de manifiesto en su correlativo ético-filosófico-político, a saber, el concepto de restitución, la idea de que una reposición de las cosas en su sitio equilibrará de nuevo la balanza: el trabajo enajenado será restituido al productor, los objetos y producciones materiales procedentes del trabajo humano y que en su estado actual se le oponen serán patrimonio de la humanidad, los objetos serán puestos al servicio del hombre y no a la inversa, la cultura emanada de la humanidad no se le volverá a imponer como ajena a esta última, el arte será re-humanizado, etc. Bajo el concepto de restitución del que se hizo eco la filosofía clásica alemana y cuya antorcha fue tomada por diversas corrientes contemporáneas, se adivina esa idea restituidora y equilibradora de Identidades que tantas veces se ha puesto en funcionamiento bajo la denominación de Justicia. En mi trabajo anterior definía la Justicia en estos términos:

 

Expulsada de su concepto cualquier escala de valor, podríamos entender la justicia en un sentido genérico-concreto (sintético) como la tendencia a la restauración del equilibrio, es decir, como las distintas formas de recomposición que cada medio social genera en su firme determinación de restaurar el orden anterior que ha sido alterado. Podíamos inscribir la justicia en el contexto del concepto de conatus o, lo que viene a ser lo mismo, como la tendencia a la persistencia del ser en la existencia4.

 

Este género de conservadurismo identitario es el que subyace a toda noción de Justicia, el que pone en pie las distintas ideologías que se sustentan en la alienación así como a los correlativos imperativos que de esta misma se desprenden, la restitución o restauración, entendida en cualquiera de sus contextos como su necesaria consecuencia lógica, histórica, moral o política .

 

La Edad de Oro y su subsiguiente alienación irrumpió en sus comienzos como un mito religioso recogido por casi todas las culturas. Los filósofos se encargarían mas tarde de darle su adecuada forma lógica, los historiadores y los antropólogos lo dotarían de la consistencia empírica que precisaba para consolidarse no como un mito sino como una realidad contrastada e incontestada. Jean Chavaillon, director de las excavaciones del Valle de Awash (Etiopía), da ese nombre a una de sus obras La Edad de Oro de la Humanidad5. A mi parecer, el autor no está autorizado para designar al Paleolítico Edad de Oro de la Humanidad. Es todo un contrasentido, aún más, lo que dice el libro en su contraportada es toda una provocación:

 

La humanidad ha tenido su edad de oro, su época de paz entre sus poblaciones y de armonía con la naturaleza, su época de despreocupación y de juegos sin fin. Al describirnos la vida cotidiana de los hombres del Paleolítico antiguo hace un millón de años, tal y como las investigaciones de campo permiten reconstruirla, este libro ofrece una realidad histórica al mito platónico: “los hombres vivían desnudos y dormían muy a menudo sin lechos, al raso: porque las estaciones eran tan templadas que no podían sufrir y sus camas eran blandas entre la hierba abundante. Felices y sonrientes, se entregaban a la muerte como a un dulce sueño”. Si es verdad que lo que fué será, además de una excelente introducción al Paleolítico y al estudio de la prehistoria, este libro es también un emocionante mensaje de esperanza ...

 

Si realmente fuese cierto que esa fue una época de armonía y de abundancia, sobraba la evolución y el desarrollo biológico de la humanidad. Lo que atestigua el último millón de años de evolución de la humanidad, a tenor de los restos fósiles, no es otra cosa que la inexorable intervención de las leyes del azar y de la necesidad (aunque dirigidas por el ecosistema socio-cultural) propiciadora de una encefalización progresiva. Si el hombre se hizo bípedo y fabricante de herramientas no fue en un contexto de armonía y de paz universal, sino por la adversidad de un entorno hostil generado por la era de glaciaciones del Pleistoceno. Las leyes de la selección natural, contrarrestadas en parte por el desarrollo cultural de hace cuarenta mil años, son unas leyes excesivamente crueles, duras e implacables. La supervivencia del más apto descarta por definición el mito platónico: ¿cómo iban a poder dormir tranquilas y sin preocupaciones unas criaturas torpes y lentas, presa fácil para cualquier fiera? Tampoco podía ser ese mundo el de la abundancia ilimitada de recursos al alcance de la mano de cualquiera ¿cómo si no es explicable que aquellos primitivos homínidos tuvieran que hacerse cazadores, si no para asegurarse una adecuada dieta calórica rica en proteínas? No, sin duda no se trataba del Paraíso Terrenal ni nada por el estilo sino más bien de todo lo contrario. Sin duda, aquellos homínidos más confiados, los que dormían más a menudo tal y como relata el mito platónico, serían los primeros destinados a sucumbir en el proceso de selección natural. Obviamente no existía aún la explotación del hombre por el hombre.

 

Lo que sí está empíricamente contrastado es, por el contrario, cómo la esperanza de vida de las primitivas tribus cazadoras-recolectoras se sitúa entre los treinta y los cuarenta años. Frente a lo que pudieran pensar los románticos apologetas de la vida primitiva y natural, constatamos que nuestras modernas y alienadas sociedades industriales han logrado situar en el doble la media de esperanza de vida de la población.

 

Pero los paraísos soñados de riqueza y abundancia

 

AZAR, IDENTIDAD Y TRANSGRESIÓN: EL AZAR ORGANIZADO

 

La moderna sociedad capitalista, en lo relativo a la producción y reproducción de identidades, ha dado un paso revolucionario. Se ha producido una transferencia básica de las personas a las cosas. Bajo las antiguas sociedades estamentales y feudales la identidad venía establecida por el rango y la categoría social, lo que significa que el hecho determinante de la pobreza y la riqueza, la condición de señor y de vasallo, se sometía a un sistema de control y certidumbre preestablecido, inmutable e inmodificable que se adquiría por el hecho del nacimiento. Los señoríos y los derechos feudales, al igual que las obligaciones vasalláticas, se transmitían por herencia. Las situaciones de identidad adquirían el rango de inmutables salvo escasas excepciones. La burguesía triunfante modifica ese orden de cosas. El patrimonio y la propiedad, antes fijos e inmóviles, adquieren bajo este nuevo orden un dinamismo insólito, viven y se nutren del movimiento, de la circulación y transferencia, socavan y destruyen las antiguas identidades fijas, adquieren una tendencia innata a la acumulación, una acumulación que, no obstante, solo se realiza en ese movimiento contínuo. Este género de movilidad de las cosas, de los patrimonios y de las fortunas, cuyas vías están expeditas merced a su abstracción universal, el dinero, abre un nuevo campo de acción a las leyes del azar y la incertidumbre. La dinámica de las cosas suplanta a la de las personas, las cosas continuamente transgreden identidades individuales, a los ricos los hacen pobres, a los pobres los hacen ricos, la fortuna se convierte en puro designio de los dioses.

 

Se trata de un mundo de identidades y transgresiones inciertas. Por tal razón es por lo que se encomienda a esa misma incertidumbre la tarea de transgredir la existencia, de modificar identidades, de ejecutar las variaciones de fortuna. De la mano del azar nace un mundo para-religioso. Este es el mundo creado y continuamente recreado en los juegos de azar, lo que para simplificar daré en llamar de ahora en adelante azar organizado.

 

El azar organizado tiene todas las características de un microcosmos donde se encierra la versión laica de los antiguos mitos del destino

 

 

Nada tan cierta y tan incierta a un mismo tiempo como la mecánica del azar. Al fin y al cabo, el azar está siempre con nosotros y si no lo está lo creamos y así es como llegamos a inventas el juego. Gracias al juego nos sumergimos en un azar divertido y controlado. Queremos certidumbre a toda costa pero también soñamos y no perdemos la ocasión de aventurarnos en el azar. Emoción, aventura, peligro, miedo... ¿por qué no?. Ver cosas desconocidas, tener algo que contar: accidentes, situaciones peligrosas... y ahí llega la fortuna, que reparte felicidad o infelicidad a diestro y siniestro. Y ahí llega la suerte, pero también la desgracia y la calamidad. Correr delante de los toros en los Sanfermines, escalar paredes rocosas, arrojarse desde un avión en paracaídas o parapente, volar en ala delta, jugar con el viento y con el oleaje en el wind-surf, deslizarse sobre la nieve a gran velocidad... Pareciera como si esa mezcla de angustia y atracción que generó el riesgo y la incertidumbre en los primeros humanos no se hubiera desvanecido del todo, como si competir con la naturaleza y con otros hombres siguiera plenamente de actualidad. Lo que hace atractivo un juego es, a fin de cuentas, la combinación idónea que se produce entre conocimiento y precisión técnica por un lado y margen de azar, incertidumbre y error por el otro. Aquella disciplina donde el margen de azar, riesgo e incertidumbre se reduce al mínimo ya no es juego y se le denomina con otros nombres: técnica y trabajo. La vida cotidiana relega azar e incertidumbre a otros ámbitos distintos del productivo, lo cual no quiere significar, ni mucho menos, que estos se supriman. Se produce más bien una sustitución.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV. LA TRANSGRESIÓN DE LA IDENTIDAD

 

La Transgresión de la Identidad tiene dos caras, una negativa y otra positiva, o, lo que es lo mismo, la diferencia entre la negación absoluta - que no admite ser suplida por ningún contenido positivo - y la negación relativa, determinación como negación. En este último caso la Transgresión consistiría en su suplantación por una Identidad distinta, en un cambio de Identidad por Identidad. La Transgresión negativa, carente de un contenido concreto, como negación de todo tipo de Identidad, se encamina hacia el fin del encuentro bien con el mundo de los instintos,- con lo que se trataría, a fin de cuentas de una negación o Transgresión identitaria-, bien con el mundo de la incertidumbre o de la absoluta indeterminación. Sus efectos muchas veces serán destructivos culminando en la muerte o en el suicidio, siempre y cuando no generen un nuevo tipo de Identidad.

 

Faltar al principio de Identidad, entendido como error de transcripción de datos o duplicidad casual de los mismos, puede tener consecuencias cómicas pero también trágicas. Todos conocen historias de errores hospitalarios en los que se ha amputado un pie a una persona sana, se ha extirpado la matriz y los ovarios de una mujer embarazada, etc.

 

La Transgresión en sí misma puede ser limitada o ilimitada. La primera sería aquella que se presenta como un islote rodeado de contenidos identificados o, dicho con otras palabras, como un oasis necesario para proseguir por la Identidad del desierto. La vida cotidiana está cargada de transgresiones limitadas, como el juego entre los niños, el carnaval o la fiesta en general. Sin embargo, las transgresiones ilimitadas para ser ilimitadas y no abocar a la destrucción necesariamente han de ser positivas.

 

La Transgresión no puede asimilarse alegremente a la negación. Sin embargo, toda negación lleva en sí incluido cierto margen de Transgresión. La Transgresión de un deber, de una obligación positiva, implica ciertamente negación. Hasta tal punto que las legislaciones penales castigan dicha negación elevándola a la categoría de acción. Así sucede con los supuestos de comisión por omisión.

 

A continuación vamos a dar un recorrido a través de los distintos supuestos bajo los que se puede observar como aparece la Transgresión.

 

1) TRANSGRESIÓN, REPRESIÓN Y LIBERACIÓN

 

Podemos constatar que la Transgresión de la Identidad se ha visto, desde determinados contextos, como una forma de liberación respecto de la cultura-represión, como un eterno ansia de salir de sí mismo que siempre ha sido condenado y sancionado como impostura o usurpación. La ocultación de la Identidad siempre ha sido una circunstancia agravante de la responsabilidad criminal en todas las legislaciones penales: la nocturnidad y el uso de disfraz. La defensa del principio de Identidad provocó el motín de Esquilache bajo la época de Carlos III. Eludir la Identidad conlleva eludir la responsabilidad y la sociedad, para exigir responsabilidades, ha de determinar Identidades. La policía, mediante una operación consistente en re-identificar a los identificados ficha a los delincuentes.

 

La Transgresión y ocultación de la Identidad propia no surge como un deseo oculto de transgredir la propia personalidad sino el papel y la función social que necesariamente va ligada a dicha personalidad en el contexto de todo proceso de identificación. No se trata solo de la mera ocultación del aspecto físico que diariamente se produce a base al uso y abuso de maquillajes de toda especie, de la cirugía estética, de los tratamientos anti-envejecimiento, anti-obesidad, etc, sino de ocultar y suplantar la misma Identidad psíquica y espiritual. La ingestión de alcohol y demás estupefacientes y sustancias estimulantes puede entenderse en cierto modo como un medio de transgredir el principio de Identidad, de auto-modificarse a en situaciones específicas y determinadas.

 

La Transgresión de la Identidad a la que acabamos de aludir podemos entenderla, hipotéticamente, como el medio que espontáneamente encuentran los individuos más a mano para liberarse de la cultura como imposición represiva y salir así al encuentro del mundo de los instintos6. La Identidad atribuida opera, a fin de cuentas, como una máscara social. Y es que toda Identidad civil transporta un nexo con un sistema de Identidades forzosas de las cuales la Identidad sexual misma ocupa un puesto privilegiado. Así nos encontramos con que el estado civil de casado, como Identidad institucionalizada, impone un freno a la promiscuidad.

 

Sin embargo, el mundo de los instintos se resiste enconadamente a la Identidad cultural y lucha por subsistir en un mundo de Identidades. Se generarán en este caso Identidades dobles, la del honrado padre de familia que nocturnamente frecuenta los burdeles, o la del político de alto rango que oculta en el matrimonio su condición de homosexual, o, simplemente, la del señor que tras someterse a una operación de cambio de sexo observa como el DNI de su cartera viene su nombre masculino y se identifica su sexo como varón sin que pueda hacer nada para cambiarlo.

Pero si la cultura, a la luz de los instintos, emerge como una rígida sobreimposición, mayor aún es la rigidez de los instintos. Al fin y al cabo, los mecanismos de evolución y desarrollo cultural destacan por su suma elasticidad y flexibilidad en relación con el instinto. La Transgresión de la cultura por mor del reino de los instintos puede ser un camino sin retorno, pues una tendencia transgresora que parte de un mundo culturizado puede que no se limite al mero encuentro con el instinto, que pretenda, a su vez, transgredir sus limitados márgenes de acción. La cultura cuenta con la capacidad de retroactuar sobre el mundo de los instintos Nos hallaremos, pues, en presencia de una fuerza destructiva inimaginable capaz de marchar a la búsqueda del placer para transgredirlo nuevamente. Y aquí empieza la Transgresión de lo bello por lo sublime (Kant), el principio del placer desbocado, transgredido a sí mismo, la búsqueda del placer en el dolor o, dicho en términos más vulgares, la perversión. Los aficionados a las corridas de toros contemplan extasiados y entusiasmados el matar como un arte cargado de belleza y sensualidad, a la par que la figura agónica del toro, sudoroso y acorralado, su lomo cubierto de arpones de colores y brotando sangre a borbotones, les resulta enormemente placentera. Poetas de gran sensibilidad y sensualidad como Lorca y Alberti han cantado las delicias del mundo del toreo (a las cinco de la tarde... mira como sube al cielo la gracia toreadora, etc) con la misma ternura con la que pudieran describir la más apasionada historia de amor7.

 

Transgresión, siendo uno de sus presupuestos mínimos, no es mecánicamente asimilable a liberación. Veremos más adelante cómo determinadas transgresiones generan prácticas esclavizadoras. Así, en materia sexual, no hay mayor esclavizador de la mujer que el violador y el proxeneta ni mayor esclavizador de la juventud que el narcotraficante, ni mayor esclavizador de las personas que el secuestrador, ni estructuras más rígidas de sumisión a la Identidad grupal que las existentes en el seño de una familia mafiosa o de una organización terrorista (todos conocen casos de miembros de organizaciones terroristas que por intentar dejar las armas han encontrado la muerte a manos de sus antiguos compañeros de organización)..

 

2) LOCURA Y TRANSGRESIÓN

 

Nadie está enteramente cuerdo, nadie está enteramente loco. El hombre es un animal tan racional como irracional a un mismo tiempo. Más aún, se ha llegado a catalogar como enfermedad mental al autismo, un trastorno de la percepción consistente en una introversión interior que activa a su máximo rendimiento las facultades mentales consideradas como racionales. Una racionalidad llevada al límite se conceptúa como una forma de demencia. Los temperamentos, los estados anímicos, la tendencia a la irritabilidad, a la alegría, a la desconfianza, las manías, conviven en armonía con personas consideradas como normales, cuerdas y razonables.

 

Múltiples conceptos han sido los acuñados a lo largo de la historia para definir la enfermedad mental. Desde los poseídos y endemoniados de los que nos daban cuenta las curaciones milagrosas de los Evangelios hasta la enajenación mental. Todos los conceptos hacen común referencia, de uno u otro modo, a un estado de pérdida de Identidad espiritual que es preciso recuperar a toda costa, ya sea ahuyentando a los demonios o mediante los más sofisticados artilugios de la psiquiatría moderna: electroshocs y lobotomía. El enajenado mental pierde su posición en el mundo, la de los demás, crea Identidades mentales imaginarias, se sitúa fuera de sí mismo, irracional. No es un ser identificado ni identificable, es un ser que escapa de sí mismo, de su propia identidad: está enajenado, está fuera de sí, está ido. Algunas civilizaciones (indios Sioux) no han visto en el demente una posesión demoníaca sino un grado de iluminación superior, la boca por la que se expresaban los dioses y por tal motivo han sido integrados y respetados en la comunidad.

 

Un demente siempre ha sido un transgresor nato. Los mecanismos identitarios inventaron desde el comienzo sus propios centros de aislamiento y reclusión, los manicomios. Fueron atados, amordazados y enjaulados. En ciertas ocasiones, su irracionalidad los hacía merecedores del mismo trato que se dispensaba a los animales. Vivían y dormían encerrados, desnudos, sin más lecho que la paja del suelo donde hacían sus necesidades, exactamente igual que en los corrales. Se pasó del loco endemoniado al loco animalizado.

 

La locura ha llevado siempre su estigma. La actual normalización también define al anormal, al extravagante y al no integrado.

 

3) TRANSGRESIÓN Y RELIGIÓN

 

La cuestión de la Identidad y la Transgresión ha ocupado, a mi modo de ver, el centro de la perspectiva dogmática e institucional de las religiones. Norman Cohn en su interesante libro El Cosmos, el Caos y el Mundo Venidero8 busca un hilo conductor en la génesis de las religiones soteriológicas, salvíficas y mesiánicas como yuxtapuestas a las más antiguas religiones Egipcias y Mesopotámicas. Las religiones zoroástrica, ugarítica, judía y cristiana, expresión de mundos en tensión, subordinan, de uno u otro modo, la cuestión de la Identidad a su Transgresión vía transcendencia. La nueva Identidad esperada interviene como un activo condicionante de la Identidad presente. La renuncia a la vida presente, a los bienes terrenales y a los lazos familiares que predicaban los primitivos cristianos se explicaba como una preparación a la transcendencia donde la Identidad física y corporal, social y familiar no había de tener sentido en aras de una in-Identidad sobrenatural y espiritual. De todos modos, podemos destacar que en cuanto transgresoras del principio de Identidad las religiones orientales de corte budista e hinduista se llevan la palma. El yogui no se limita a transgredir su propia Identidad, se sumerge en la introspección para buscar una meta-Identidad desconectada de sí mismo. La doctrina de la reencarnación, por su parte, nos puede servir como el paradigma de la Transgresión de la Identidad entendida a su vez como preservación de una Identidad espiritual última, que permanece inmutable ante la sucesión de formas a las que accede el alma para encarnarse.

 

La religión tiene su propia palabra para designar la transgresión, y esta es la transcendencia, posibilidad de huir y escapar del mundo, del cuerpo y de la carne, capacidad de experimentar vivencias ultra-terrenales, de liberar el alma del cuerpo, esa caja que la limita y le impide contemplar un mundo más sublime y elevado, anejo a la divinidad.

 

Por otro lado, la religión institucional, como constelación de fuerzas esencialmente identitarias, como polo de tensión social, individual y sexual, se ha convertido en un activo generador de las más variopintas tendencias transgresoras. La indisolubilidad del matrimonio ha encontrado su Transgresión en el adulterio y el amancebamiento. El celibato, como abstinencia sexual forzosa de los ministros de la iglesia, ha sido un punto de conflicto personal y religioso sobre cuya Transgresión ha girado gran parte de la temática de la novela española del siglo XIX (La Regenta, ).

 

 

A niveles extra o inter-religiosos la religión o las instituciones eclesiales determinan un grado de transgresión de sí mismas pecado, blasfemia, sacrilegio y anti-clericalismo

 

El pecado: La ideología religiosa católica señala las fuentes de Transgresión como enemigos del hombre: el mundo, el demonio y la carne. De uno u otro modo, la enumeración hecha de las fuentes del pecado nos hace pensar que la gran Transgresión a someter a control por el sistema religioso no es otro que el instinto y la pulsión del placer. Tentación, demonio o carne son las distintas formas de designar al instinto que de forma continua aflora a la superficie, a la ardua batalla sostenida para sujetarlo bien mediante su negación directa por la vía de los mecanismos de control represivo que pueden ser físicos (ablación de genitales, flagelación, tormento ...) o mediante sistemas de sustitución y sublimación (éxtasis). La fusión con lo trascendente se lleva a cabo mediante la construcción de una meta o supra-Identidad.

 

La blasfemia y el sacrilegio: La religión se comporta como activo generador de transgresiones antirreligiosas. Bajo un medio clericalizado es corriente y usual la reproducción de sus correlativas transgresiones, la irreligiosidad y la irreverencia, la injuria a sus mitos, a sus dogmas, a sus ritos, la profanación de sus centros y lugares sagrados.. toda iconología trae consigo su propia iconoclastia. Los transgresores anti-todo, el lumpem, los marginados, iniciaron la quema de Iglesias y conventos bajo la Segunda República. Más tarde, en plena Guerra Civil, los milicianos anarquistas saquearían templos, incendiarían estatuas y retablos, perseguirían religiosos. La estampa recuerda las guerras religiosas medievales, la de una irreligiosidad sospechosamente religiosa9.

 

Dialéctica Ortodoxia-Herejía y paradigmas del pensamiento teológico del siglo XV al siglo XVIII. El pensamiento laico forjado en los siglos XVIII, XIX y XX conocieron su versión teológica en los siglos anteriores. A partir del siglo XV las instituciones religiosas tradicionales conocen el inicio de las mayores sacudidas de su historia. En el contexto de esa convulsión contra-reformista tienen lugar las mayores represiones religiosas.

 

A) El marranismo. En la Península Ibérica el Tribunal de la Inquisición fuerza la conversión forzosa de las comunidades judías hasta su expulsión forzosa en 1492. De esta tesitura nacería el marranismo, la herejía marrana. Las comunidades marranas se situarían de ahora en adelante en un espacio conflictivo. Su bautizo forzoso, su conversión en nuevos cristianos las obligaría a la observancia formal de los preceptos religiosos católicos permaneciendo interiormente la fe en la ley mosaica heredada de sus antepasados. El punto de intersección de dos ortodoxias conflictivas en el que se situarían las comunidades marranas a partir del siglo XV pudo ser un caldo de cultivo crucial para la configuración de gran parte de los elementos que conforma el pensamiento moderno: el criticismo, el escepticismo y el nihilismo. Desde el judaísmo serían criticadas las supersticiones católicas, pero, a su vez, ese nuevo judaísmo clandestino, sin libros y sin rabinos, desconectado de las comunidades judías ortodoxas, también se iría desvirtuando y devaluando como tal. Había nacido una herejía judía de grandes repercusiones en el occidente. los marranos, excluídos de la comunidad judía e integrados a la fuerza en la comunidad cristiana desplegarían su influencia sobre esta última. El siglo XVII y XVIII conocería a dos grandes profetas del mesianismo marrano. Sabbatai Cevi y Jacob Frank. Este último desarrolló una paradójica transfiguración del mesianismo apocalíptico judío en anarquismo. El camino elegido fue la glorificación de Esaú lo que conduciría a cierto género de anarquía poli-transgresora que afectaría a todos los cimientos del orden político y religioso establecido. Scholem nos viene a decir en relación a la herejía frankista que

 

Esaú representa lo no teológico, lo elemental y lo terrenal que, a diferencia de las solemnes palabras referidas a lo espiritual en todas las religiones, no ha sido degradado y profanado por la mentira y la traición. En esas palabras podrían encontrarse los más diferentes motivos que, al unirse, crean la fuerza de la explosión.10

 

B) Los grandes dilemas del mundo cristiano. Antes de que la política y la filosofía pudieran despegar del omnipotente referente religioso, antes de que en el siglo XVIII hiciese descollar al laicismo como una fuerza crítica autónoma, el mundo cristiano cubría por completo la cuestión del poder. Todas las luchas y combates referidos al poder habían de estar cubiertos de ese manto religioso. Incluso ese mundo en crisis abierto a partir del año 1.000 de nuestra era se presenta como un mundo desgarrado internamente por las herejías. La herejía es la forma genuina de manifestación de la transgresión en un mundo determinado por la omnipotencia y omnipresencia religiosa. El conjunto de tensiones acumuladas en las luchas intestinas contra el poder y el privilegio, el conflicto de intereses irreconciliables en pugna culmina en la herejía. Los intereses opuestos exigen obviamente contar con los cauces que le permitieran manifestarse y exteriorizarse adecuadamente afectando de lleno al conjunto de nociones que se articulan en torno al sistema teológico. Antes de que el laicismo emprendiera la construcción filosófica y política de los sistemas de relaciones existentes entre el hombre y la naturaleza o entre el individuo y la sociedad, la teología ya había elaborado rigurosos sistemas de inserción del hombre en el mundo, de sus posibilidades y capacidades de intervención sobre las leyes de la naturaleza y de la historia, sobre su aptitud para modificar el rumbo de los acontecimientos. La teología, con su propio lenguaje, había establecido las categorías del azar y de la necesidad, de la voluntad humana, del valor de las acciones y del rumbo de la historia. En ese contexto crítico de disyuntivas-límite se forja el pensamiento y las reflexiones de Pascal, cuya ortodoxia católica no lo puso nunca a salvo de la fuerza de la duda, manteniendo una tensión intensa entre lo evidente por la fe y lo sujeto a crítica, entre la certidumbre y el escepticismo, entre la razón y la creencia en una lucha insoluble e irreconciliable. De Pascal se dice que anticipa el pensamiento moderno y contemporáneo.

 

Los paradigmas teológicos/escatológicos que enfrentan las instituciones eclesiásticas con las herejías surgidas de la crisis de los siglos XV a XVIII anticipan, en cierto modo, los grandes paradigmas políticos del siglo XIX y siglo XX. La herejía marrana, por su parte, contribuyó sobremanera a poner los pies sobre la tierra de las inquietudes espirituales de este grupo de desclasados, hijos de la represión inquisitorial.

 

Afirman algunos que el monoteísmo es la antesala del ateísmo. El Deus sive Natura de Spinoza podría ser paradigmático al respecto. La negación de dios está a un paso de su afirmación absoluta. El criptoateísmo spinozista

 

La impronta religiosa judeocristiana y judeo-marrana dejó su herencia al pensamiento laico decimonónico. El movimiento obrero recogió la antorcha de los movimientos milenaristas que se van sucediendo a partir del año mil, de las revoluciones campesinas de los cátaros, anabaptistas, dolcianistas, de Thomas Muntzer, de Joaquín de Fiore, de Fra Dolcino. Los primeros utópicos trasladarán el paraíso celestial a la Tierra: Moro, Campanella, Owen, Fourier, etc, y será Marx quien

 

APOCALÍPTICA Y TRANSGRESIÓN

 

5. DE LA ESENCIA DEL PENSAMIENTO SECTARIO: “YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA(Juan, 14, 6) O DE LA ÉTICA DEL RESCATE

 

 

La frase que encabeza el epígrafe, atribuida a Jesús en el Evangelio de Juan nos resulta enormemente familiar. La han pronunciado miles de veces toda la caterva de visionarios, iluminados, santones, profetas o mesías que han pululado por el mundo durante los últimos milenios. El concepto Verdad, aquí expresado, tampoco alude al conocimiento en exclusiva. Forma parte de un concepto mucho más amplio que incluye o, indistintamente, puede ser sustituido, por el de la Salvación, el de la Vida, el de la Perfección o el del Bien. La ética se nos aparece como el resultado de una indagación ni personal ni individual, sino más bien como una presencia absoluta establecida a niveles supra-personales y supra-individuales. El místico, tras indagar e interpretar las señales celestiales, aboca a un mundo propio al que se accede por sendas angostas y caminos estrechos (Entrad por la puerta angosta, porque la puerta ancha y el camino espacioso son los que conducen a la perdición, y son muchos los que entran por él. ¡Oh, qué angosta es la puerta y cuán estrecha es la senda que conduce a la vida eterna! ¡Y qué pocos son los que atinan con ellas!11, pregonan los Evangelios), repletos de (auto) privaciones y (auto) represiones. La Verdad se concibe como la recompensa final, estática y duradera a un proseguir por el difícil camino que conduce a ella. Se trata de una relación esfuerzo-recompensa sumamente peculiar. Exige esfuerzo, es cierto, al igual que toda empresa humana. Pero, a diferencia de cualquier otra empresa centrada en el logro de un objetivo concreto, la intensidad del esfuerzo y del sacrificio adquiere una cualificación especial dada su componente netamente finalista. El ascetismo se nos presenta como

 

La escatología y el dogmatismo, omnipresentes en el pensamiento, generalmente se han ocupado de mostrar caminos únicos y unidireccionales. No es casual que la palabra método, traducida del griego, signifique senda, camino a seguir. Tampoco es casual que la secta protestante fundada por los hermanos Wesley y por Whitefield adoptara el nombre de Metodismo. La verdad que se nos presenta en este contexto no es una verdad intelectual, no es el fruto de la conexión intelectiva entre el sujeto y el objeto, ni la adecuación concepto-conceptuado o entre la representación y lo representado, es, más bien, una verdad a la que se llega sin proceso mental previo, un dato objetivo, algo que está ahí, exactamente igual que el David de Miguel Ángel incrustado en un bloque de mármol (Miguel Ángel, más que como escultor, se veía a sí mismo como a un extractor no muy distinto al actual paleontólogo que extrae el ammonites de la piedra calcárea). Las experiencias vividas por los alumbrados del siglo XVI no se mostraron como el resultado de proceso intelectual alguno sino como fruto de la mera predisposición psíquica (espiritual) del individuo tendente a contactar con lo sobrenatural. Muchos son los llamados, pocos los elegidos. La verdad no se busca ni se indaga, se revela a sí misma por sus propias fuentes. El profeta, iluminado por el Espíritu, se encuentra predispuesto síquicamente a escuchar a la divinidad, es, más que nada, un instrumento de la divinidad para la consecución de sus propios fines, se limita a escuchar, ya sea desde la cima del monte sagrado o desde la cueva desde donde lealmente transcribe los preceptos que le sugiere Yahvé o Alá, ya sea desde una caída accidental. El profeta no busca la verdad desde el mismo momento en que por la Verdad es encontrado-elegido. Saulo, Saulo, ¿porqué me persigues?, la Verdad y la Luz salió al encuentro del otrora judío ortodoxo perseguidor de miembros de la secta judeo-cristiana. El Señor se vale generalmente de los más extraños instrumentos para transmitir su mensaje: réprobos y pecadores, como Pablo y Agustín, opresores del Pueblo de Israel como Moisés. El apóstol elegido para llevar la Verdad a todos los confines de la Tierra encuentra una Verdad que él no ha buscado. La Verdad por sí sola resplandece para el iluminado, para el elegido, para el profeta al que le ha sido encomendada la misión de indicar el camino de salvación y perfección a los mortales. Sin embargo, si dichas formas de mediación fallan, el Sumo Hacedor puede prescindir de profetas e iluminados y acudir Él mismo en ayuda de los hombres para mostrarles la senda correcta. El grueso de la tribu de fieles no ha encontrado este acceso directo a la Verdad, no puede dar por sí testimonio de tan resplandeciente experiencia y no le queda más opción que seguir ciegamente (por medio de la fe) el camino que le marcan los Hijos de Dios bajados del cielo, los iluminados por el Espíritu, los profetas, los apóstoles, etc. carecen del entendimiento imprescindible para interpretar los signos que envía el más allá, territorio exclusivo del profeta capaz de transcribir las señales en textos digeribles para la comunidad de creyentes.

 

La Verdad escatológica es algo muy distinto a la Verdad del positivista, del científico o del filósofo. Se separa del mundo, es razón trascendente. La Verdad religiosa no interpreta la realidad, pretende ir mucho más allá. Se desprende de lo gnoseológico para impregnar el total de la actividad humana. En este mundo de la Verdad Suprema no solo existen los verdaderos y falsos conocimientos, sino verdaderos y falsos sentimientos, verdadero y falso amor, la conducta y modo de llevar la vida falso y verdadero. La Verdad será un fin totalizante y omnicomprensivo donde error y pecado confluyen como una sola y misma cosa. La Verdad, además de ser un camino, es todo un destino al que se llega no por mediación directa al modo del selecto grupo de los iluminados y los profetas, menos aún por la indagación y el conocimiento positivo, sino por una ética auxiliada por la fe. La Verdad adquiere, de este modo, un status objetivo que hace este concepto intercambiable con el de Salvación y Redención El camino que lleva a la verdad es igualmente un camino de perfección, de auto-realización plena, de conexión directa con lo trascendente por la vía del despojo de los bienes mundanos. Dicha ética es generalmente una ética restrictiva y ascética articulada sobre el sacrificio. El lastre de lo mundano aleja la Verdad del Espíritu. Moisés, para dirigir a su Pueblo al encuentro con la Tierra Prometida lo tuvo deambulando durante cuarenta años por el desierto, y a lo largo de ese camino su Pueblo fue puesto a prueba, sorteó dificultades increíbles pero también halló, como compensación, leyes y normas de inspiración divina a las que acogerse. Los Evangelios, de inspiración paulina, suponen el trazado de una expectativa a la que se aboca más que mediante la observancia de los preceptos por la institucionalización misma del sacrificio como meta.

 

Las religiones orientales cultivan, al igual -,aunque con más profundidad y entrega,- que los eremitas del medio cristiano, la introspección y el ensimismamiento llevada hasta sus últimas consecuencias. La introspección del mundo interior y el ascetismo sistemático es el medio más idóneo para entrar en contacto con el absoluto, con la desnuda Verdad Absoluta. El yogui desprecia los sentidos externos, elimina las conexiones empíricas con el mundo para así adentrarse en un género de ensimismamiento que llega al paroxismo (cierra los ojos, desconecta los oídos para sumergirse en su más íntima interioridad como llave de conexión con la totalidad). En este mundo desaparece la experiencia exterior. Los ojos no sirven para ver, ni los oídos para oír. Sólo se puede ver y oír lo allí donde los demás ni ven ni oyen, no por medio de los sentidos sino del corazón o la intuición. En su escala de valores se sitúan en el orbe de la perfección, la Verdad Absoluta se halla más allá del conocimiento empírico sensible, más allá de la experiencia, más allá del mundo corpóreo. El mundo de las ideas puras de Platón impurificado por el reino de las cosas al que el místico tiene acceso inmediato es la Paz Absoluta, la Única Verdad, el Nirvana al que aluden los hinduistas. El mundo entra en el campo de lo despreciable, de la pura vanidad. La literatura ascética (y estoica) ha dejado todo un reguero de moral orientada al desapego a los bienes materiales

 

El espíritu filosófico, a diferencia del espíritu religioso, no aspira a entrar en posesión (conexión) de la Verdad Absoluta y mucho menos a aproximarse a esta por otra vía que no sea la del conocimiento y la razón. Sabe que un modo de vida ascético y una moral auto-reprimida no es garantía para entrar en contacto con la Verdad y que esta no tiene porqué ser necesariamente sobrenatural. El filósofo no es tan soberbio como el místico12, es muchísimo más humilde, no aspira a controlar la Verdad ni mucho menos a fundirse místicamente con ella como en un todo, y por tal motivo se declara simplemente, como etimológicamente viene a significar el término, amigo de la verdad.

 

Ven y sígueme. Miles de Iglesias, Partidos y Sectas han instrumentalizado a lo largo de la historia el camino que conduce a la Verdad y a la Vida. ¿Porqué ese ansia universal en señalar caminos ciertos y verdaderos? En todo caso, lo que casi siempre subyace al señalamiento con brazo firme del único camino cierto y seguro que conduce a la salvación es una apropiación para sí de los destinos de los demás, una expropiación totalizante de todas las vías personales y colectivas para así dirigirlas hacia un fin único, la unión mística con el Todo.

 

Lo que separa al pensamiento religioso del pensamiento laico e ilustrado moderno es justamente la introducción en su sistema de ese dilema-límite de la salvación. El dilema-límite excluye por definición otras posibles alternativas: “o te salvas, o te condenas”, ese es todo el mensaje. Tiranos y salvadores de todas las épocas se han servido de ese mismo dilema-límite a la hora de legitimar las intolerancias mas represivas. El guía religioso sumerge su doctrina en una declaración de zona catastrófica. “O te salvas o te condenas” puede ser un dilema válido para los afectados por las inundaciones de Mozambique que esperan, encaramados a las copas de los árboles, que los rescaten los helicópteros, sirve también al náufrago que, agarrado a un tronco en alta mar y rodeado de tiburones, espera impacientemente el rescate. La religión apocalíptica podemos considerarla, con motivos bastante fundados, como la ética propia de los desesperados. No es casual ni mucho menos que los movimientos milenaristas aglutinen a los miembros de los sectores sociales mas desfavorecidos, para quienes los dilemas vitales se reducen al mínimo, a ese último dilema-límite “o te salvas o te condenas”, donde las posibilidades de elección han quedado reducidas a los límites que impone la mera supervivencia física, aquella que solo permite como operativa la ética de rescate. La ética del rescate entra en acción como paliativo de situaciones de extrema miseria y extrema desesperación, aquellas en que el marco físico de la existencia fija los constreñimientos marco necesarios para que ese tipo de moral pueda hacerse operativa. El moribundo y el desahuciado, en esos últimos momentos de dolor y certeza de la muerte, hace suya, con una intensidad inaudita, esa ética de rescate. El condenado, en su fatídica búsqueda de la expiación y el perdón final, se aferra a ese género de ética como a un clavo ardiendo Pueblos enteros, como el hebreo, sometidos a todo tipo de pogromos y persecuciones a lo largo de su historia, han situado esa ética de rescate (la Antigua Alianza, el advenimiento del Mesías) en el mismo núcleo de su doctrina religiosa. La ética de rescate no admite dudas (la duda, por otra parte, la desmorona) reforzada como está por los dos principios éticos que le sirven de refuerzo: la fe y la esperanza. Se trata de los dos principios básicos en los que se cimienta todo sistema basado en postulados deterministas y extra-individualistas (el entendimiento y la voluntad solo pueden existir como razón subsidiaria de la fe y la esperanza).

 

 

 

 

 

5) LA HUELGA: TRANSGRESIÓN AL TRABAJO

 

El mundo del trabajo engendra la Identidad represiva más cotidiana con la que se topa el individuo a lo largo de su vida. En uno de mis trabajos decía al respecto:

 

Hoy en día nadie se identifica con su propio trabajo, y menos como para considerarlo primera necesidad vital, salvo algunos alienados que siempre los hay. Las actividades que generan goce y disfrute se desenvuelven en la esfera del no-trabajo, del ocio, en los hobbys de los jubilados o, sencillamente en la actividad paralelela creativa no productiva que todo el mundo desarrolla en su casa fuera de los márgenes de la empresa. Se trabaja para vivir y no se vive para trabajar. El trabajo es un constreñimiento de orden cultural que, con independencia de sus condiciones materiales de existencia, no puede perder ese carácter esencialmente represivo que lo determina13

 

En el mundo económico, la tensión de la Identidad del trabajo desemboca inevitablemente en la huelga. La determinación negativa que conlleva toda huelga, entendida como jornada de no-trabajo, se traduce curiosamente como un cierto género de Transgresión que, en ese contexto específico, adquiere una naturaleza directamente coactiva. La Transgresión, en este contexto, no se puede contemplar como un instrumento de distensión o de relajación aparejado a determinado marco identitario, sino como una vulneración directa del citado marco. La huelga se nos presenta como una Transgresión generadora, en su propia determinación negativa, de un polo de Identidad antitético, apareciéndose como una nueva Identidad que, aunque determinada negativamente, adquiere unos caracteres propios que, en última instancia, se encuentran ligados a una modificación activa de las condiciones establecidas de prestación de la fuerza de trabajo. La Transgresión, en este caso, no es razón subsidiaria de una mera reproducción de la Identidad, tal y como sucede con el Carnaval, instrumento de la Cuaresma, sino de un condicionamiento de las formas mismas por las que transcurre la Identidad del mundo de la prestación de la fuerza de trabajo. Tras el Carnaval el mundo será el mismo, las represiones, privaciones, restricciones e imposiciones identitarias sociales se harán más llevaderas. Tras la huelga, sin embargo, algo habrá cambiado del mundo anterior. La Transgresión, como Identidad negativa, aparece como una fuerza social directamente condicionante de determinados procesos.

 

Pero la huelga y el paro también acaban encontrando su rostro identitario como forma de expresión ciudadana, como meta-lenguaje

 

 

 

7) CATÁSTROFE Y TRANSGRESIÓN

 

Nadie duda de la fuerza transgresora que desencadena el pánico y el desconcierto entre la multitud, ya se trate de un naufragio, de un incendio, de un terremoto o de un corte de suministro eléctrico. El miedo y el terror, el desconcierto que le viene aparejado, intervienen como activos agentes desencadenantes de situaciones transgresoras. Frente al dilema límite de salvar la vida se desvanece totalmente la eficacia de las instituciones culturales. De nuevo nos encontramos ante la fuerza de la acción de un instinto que, activado al plano social, genera unos efectos netamente transgresores, en el sentido de disgregadores y desarticuladores del organismo social.

 

Lo que hay que tener presente es que toda situación catastrófica produce un doble efecto. Por un lado, disgrega las instituciones socio-culturales. Por otro, activa los instintos: el pánico y el hambre. El pánico, el hambre y el frío no admiten normas de organización y distribución de alimentos y bienes de primera necesidad, no admiten estructuras reguladoras del acopio y almacenamiento de alimentos. El pánico no admite la tolerancia ni la cortesía ni la modestia. Nos coloca directamente ante nuestra realidad animal, el miedo como instinto, la supervivencia como meta

 

La catástrofe no solo activa el miedo, también otro género de instintos reprimidos. Se tiene noticia de que un pequeño apagón de luz en la ciudad de Nueva York a finales de los años setenta desencadenó en la ciudad una ola de saqueos de comercios y de rotura de escaparates en las calles sin precedentes.

 

Ante una situación catastrófica se desencadena la Transgresión sistemática, el saqueo sistemático, ya sea por bandas organizadas de delincuentes, ya sea por la propia población civil hambrienta y desesperada. Las autoridades y estructuras de poder civil reaccionan ante la doble catástrofe estableciendo un riguroso sistema de control ultra-identitario capaz de contrarrestar los efectos devastadores mediante la imposición del toque de queda con la previsión de ejecución in situ de saqueadores y alborotadores. El saqueo y el pillaje

 

Pero no solo existen las calamidades naturales, también existen las catástrofes sociales. La guerra es el ejemplo que encuentro más a mano. Un país asolado por la guerra pronto es asaltado por las catástrofes naturales: las epidemias, las inundaciones... y pronto se convierte en foco de intervención de las transgresiones humanas más destructivas: el saqueo, el pillaje, los francotiradores, las violaciones... así como de los contra-sistemas de identidad represiva: los pelotones de ejecución, el toque de queda. Las instituciones civiles dejan de funcionar, el desabastecimiento pronto genera sus propios focos de transgresión social: el asalto de los almacenes y haciendas de los potentados y la desobediencia general de la población se extiende como un reguero de pólvora: desaparecen los jefes y los subalternos, se abre una brecha en esa conjunción instintos/cultura que se ha ido tejiendo a lo largo de milenios. Las situaciones catastróficas nos hacen ver que esa alianza animalidad/culturalidad no es lo suficientemente sólida, que puede resquebrajarse hasta el punto de hacer saltar en mil pedazos los más elementales tabúes sobre los que se ha articulado la convivencia social. El hambre no acepta, en este caso, barreras culturales. Caen hasta las ratas. La España de posguerra, época de bloqueo internacional, autarquía y hambruna, hizo disminuir sensiblemente la población felina y canina. El Ello rebasa con creces al Super-Yo hasta el punto de arrinconarlo y anularlo totalmente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V. LOS DOMINIOS DE LA TRANSGRESIÓN (1): LA LEGALIDAD Y LA TRANSGRESIÓN

 

1) TRANSGRESIÓN Y DERECHO

 

El derecho es, por excelencia, el reino de las Identidades sociales y políticas. Los sistemas normativos regulan la constitución y el funcionamiento de las instituciones políticas, administrativas y económicas. El reino del derecho es, a la vez, el reino de las formas y estructuras organizadas, el rígido cascarón donde se introducen los más variados contenidos sociales.

 

La Transgresión al derecho reviste, en tanto que negación del derecho, sus propias consecuencias represoras. El derecho está dotado de tal fuerza identitaria y de tal capacidad de reconducir toda realidad hacia sí mismo que no solo está en condiciones de determinar y definir formas y conductas positivas sino también sus propias transgresiones, disponiendo el marco y los supuestos de sanción de estas previa su oportuna identificación, a la que califica con su propia terminología ad hoc, ya sea como ilegalidad, o ilicitud cuando se refiere a casos particulares y arbitrariedad o injusticia cuando se hace referencia a la total ausencia de una normativa jurídica reguladora de las decisiones y comportamientos políticos. El derecho se determina tanto a sí mismo como a su contrario, es un indicador tanto de sí como de su propia contradicción.

 

Un marco tan identificador como el jurídico no podía prescindir de la necesidad de determinar positivamente sus propias transgresiones, de identificarlas como tales. De hecho, la legislación penal y sancionadora es todo un catálogo de las posibles transgresiones al derecho. El mismo principio de legalidad, nulla pena sine lege, prescribe la obligación de identificar la Transgresión como conditio sine qua nom del alcance de la norma penal. Ante pocas áreas tan intransigentes con la Transgresión nos vamos a encontrar como ante ésta del derecho. La persecución y represión de la Transgresión por el derecho es sistemática, dado que su tendencia natural es su total erradicación.

 

No obstante, lo cierto es que el derecho debe su existencia misma a la Transgresión. Sin Transgresión no existirían la policía ni los tribunales. Ya se sabe, no hay policía sin delincuentes, como tampoco habría insecticidas sin insectos. Los primeros deben su existencia a los segundos. La práctica jurídica se reduce, en esencia, a un continuo trabajo de identificación. Puede que a los juristas les parezca un disparate, pero sostengo que la principal fuente del derecho es la Transgresión, en la medida en que ese perpetuo esfuerzo de identificación propio del mundo del derecho surge en su brutal contraste con la Transgresión. El derecho se encarga de rodear el mundo, identificarlo y someterlo, de clasificarlo y regularlo todo con arreglo a sus propios parámetros: lo legal, lo ilegal y lo alegal. El mundo del derecho se puede ver como un sistema de trasposición al mundo real de una constelación absorbente de prescripciones, obligaciones y prohibiciones.

 

Nos encontramos ante la paradoja de como el derecho puro emerge como un mundo perfecto en su técnica y racionalidad, por un lado, y, por otro, de como dicha técnica y racionalidad se ha ido configurando en el marco del conflicto, del contencioso y del litigio. La jurisprudencia, una de las fuentes del derecho enumeradas en el Código Civil, constituida por cientos de miles de sentencias emanadas de los Tribunales de Justicia, es hija directa del conflicto y de la Transgresión. A fin de cuentas, el identitarismo jurídico se forja en la Transgresión social, su vitalidad formalista se realiza en el amorfismo social real. La Identidad del imperio de la ley y el derecho se consuma en aquellas zonas de Transgresión que se sitúan precisamente en sus márgenes.

 

No hay nada que más teman los juristas que las llamadas lagunas legales. El esfuerzo interpretativo e identificador del mundo del derecho es tal que gran parte de la actividad jurídica va encaminada a arbitrar las técnicas tendentes a detectar y cubrir por todos los medios posibles las lagunas legales, ya sea mediante la organización de un sistema jerárquico de fuentes del derecho de carácter preclusivo, ya sea mediante el recurso a la interpretación analógica con otras fuentes paralelas, etc.

El formalismo jurídico es pariente cercano de la lógica formal. Toda sentencia encierra en sí un silogismo, de la conducta tipificada a la conducta real. El infierno de los juristas radica en la imposibilidad de adecuar con exactitud tales silogismos. Muchos supuestos escapan a un encasillamiento jurídico. Por otro lado se advierten matices que hacen que las piezas no encajen y ahí está el proceso y el juicio contradictorio, el mecanismo del cual se vale el derecho para establecer y aplicar sus normas y consecuencias identitarias. Abogados, por un lado, fiscales, por otro, extraen de una misma norma enfoques opuestos y antagónicos, aducen pruebas de valor previamente catalogado por el derecho y al final se sujetan al veredicto del juez

 

Todo derecho enumerado es una determinación positiva y negativa a un mismo tiempo. La determinación de un derecho subjetivo o de una situación jurídica de poder es, a un mismo tiempo, una exclusión de sus tentativas de Transgresión, su defensa es también su lucha contra la Transgresión. El robo determina la propiedad del mismo modo que lo pudieran hacer sus propios mecanismos identitarios, a saber, la Notaría o el Registro de la Propiedad.

 

2) DELINCUENCIA Y TRANSGRESIÓN

 

Cuando hojeé por primera vez la Política de Aristóteles hubo algo que me llamó la atención sobremanera. En el capítulo dedicado a la economía y crematística, describía de forma llana y sin prejuicios de ningún género, una enumeración de las distintas actividades económicas humanas que no se procuran el sustento mediante el cambio y el comercio. La relación empezaba con el pastoreo, para seguir con la agricultura y para terminar con las distintas formas de depredación: la piratería, la pesca y la caza1. Lo más curioso es que incluía la piratería entre las distintas formas de caza. En cierto modo, Aristóteles no se equivocaba. En este mundo la calificación que se de a las actividades humanas puede ser una cuestión de dimensión. Al pequeño prestamista se le ha dado siempre un calificativo despectivo, el de usurero. Sin embargo, al gran prestamista se le llama Banco u Entidad Financiera. Al depredador de bienes ajenos a pequeña escala se le llama pirata. Al depredador a gran escala se le denomina Imperio Colonial: España fue el Gran Pirata del Continente Americano (la obsesión y fijación contínua de sus grandes conquistadores, Pizarro, Cortés, Cabeza de Vaca, Lope de Aguirre, etc en la búsqueda de oro, Eldorado, no los hizo muy distintos del Pirata Barbarroja), Inglaterra fue el Gran Pirata de los cinco continentes: al Museo Británico muy bien pudiera habérsele llamado Museo de la Piratería colonial.

 

Sin duda todo es objetable. La piratería es un comportamiento delictivo porque así lo reconocen las disposiciones legales emanadas de los Estados, inclusive de aquellos que han prosperado a lo largo de su historia a costa de practicar la piratería a gran escala.

 

Por otra parte, la llamada delincuencia abarca un campo tan amplio de acciones humanas que no cabe encasillamiento. Toda la gama de actitudes transgresoras de la norma recogidas en los códigos penales se compendian como conductas delictivas. En este sentido la delincuencia como tal se nos presenta como un concepto jurídico cuyo común denominador radica en la Transgresión de la norma sin más. Sin embargo, los tipos delictivos que recogen los códigos penales aluden a conductas transgresoras de la más variada índole: desde aquellas transgresiones naturalistas cuya motivación última es la satisfacción del instinto, caso de los distintos delitos sexuales así como todos los que implican imprudencia y temeridad, hasta aquellas transgresiones de orden cultural en cuya base se encuentra la defensa de las instituciones e Identidades culturales o económicas establecidas cuya Transgresión se castiga: sedición, robo, malversación, cohecho, falsificación, prevaricación, etc. La sociedad se defiende continuamente de los ataques más intolerables a su propia Identidad. En este campo la Transgresión no tiene más antídoto que la represión. No cabe integrarla ni regularla porque no existe marco social capaz de absorberla. El margen de tolerancia de la estructura social, en el sentido de tolerancia material, excluye de forma radical la Transgresión destructiva.

 

Ello no implica que este género de Transgresión no pueda encadenarse a los sistemas de Transgresión socialmente regulados multiplicando sus efectos. Al respecto, indicar que un problema con el que se topa el Carnaval de Río es el fuerte incremento del índice de criminalidad que se produce durante esas fechas, y es que la negación de la Identidad se convierte en un terreno abonado para la ocasión cara a la aparición de las transgresiones destructivas. De igual modo, a la Transgresión juvenil, considerada un problema de primer orden dada la precariedad de su sistema de regulación, surge con una fuerte tendencia a desbocarse, a escapar de sus débiles marcos reguladores debido a la atracción que producen sobre ella las distintas formas de Transgresión destructiva, ligadas al tráfico y consumo de estupefacientes. En mi trabajo anterior venía a decir lo siguiente:

 

En toda civilización, en toda formación social y cultural, se consumen sustancias tóxicas. Empero, este consumo por lo general se produce de forma relativamente regulada y controlada y en unos tiempos sistemática y rigurosamente determinados. Los momentos del consumo y consecutiva relajación de los mecanismos inhibitorios-represivo-culturales los marca un calendario perfectamente estructurado que asigna el tiempo de la producción y el trabajo y el tiempo del ocio y de la fiesta. No obstante, de esos rigurosos controles carecen los grupos sociales aún no integrados en el mundo de la producción y el trabajo: a saber, la adolescencia y la juventud, lo cual convierte a los jóvenes en los seres más proclives al consumo incontrolado de sustancias estupefacientes. Se puede decir que el incremento desbordado e incontrolado del consumo de drogas como fenómeno característico de las modernas sociedades capitalistas trae causa de un sistema que en gran parte relega la cuestión del control y regulación del consumo de drogas a los mecanismos-automatismos del mercado. El mercado de las formaciones sociales capitalistas, que descansa sobre el principio de la maximización del beneficio y la sobreproducción a gran escala, implica la incentivación del consumo hasta su completo desboque. Las instancias reguladoras tradicionales pasan a un segundo plano. Las capas juveniles de la población, cuya pulsión por el placer les induce, en ausencia de mecanismos reguladores, a llenar el tiempo exclusivamente del mundo lúdico y del ocio, fácilmente tiende a la relajación perpetua, al exceso del placer y, en ciertos casos, a su completa liberación, vía consumo de drogas, de los mecanismos represivos-inhibidores-culturales2

 

Por mucho que se quiera, no es fácil vislumbrar una nítida frontera entre el mercado (blanco) y el mercado negro, su necesario e inevitable polo transgresor, y es que la economía de mercado, organizada sobre la estructura de la mercancía, del cambio y del dinero, se constituye como una de esas Identidades a las que voy a dar en llamar débiles, por cuanto que la tendencia que engendra bajo su forma de capital es la del enriquecimiento ilimitado. Difícil resulta identitarizar aquellas formas y estructuras cuya lógica de funcionamiento y realización radica precisamente en su no sujeción a límite de ningún tipo. Y es que el capitalismo instituye como novedad el principio de la Identidad transgresora, un género de legalidad particular que continua e inevitablemente se encadena a sus consecuencias transgresoras. Los límites legales y éticos a este nuevo sistema económico poco pueden hacer cuando la lógica del valor y de la ganancia pone en funcionamiento gigantescas redes de prostitución, pornografía infantil, tráfico de drogas, fuga de capitales o especulación del suelo o cuando las formas de control político se muestran ineficaces a la hora de detener la corrupción administrativa.

 

En realidad, ningún organismo viviente, y la sociedad es, aparte las connotaciones organicistas, uno más de ellos, tolera los elementos tóxicos, ya sean exógenos o endógenos. Para eliminar y contrarrestar los efectos de los primeros dispone de un sistema inmunológico, para neutralizar a los segundos se provee de un conjunto de redes y mecanismos de evacuación. Las prisiones y las cárceles se pueden concebir como depósitos de almacenaje y neutralización de los agentes transgresores-destructores (patógenos) que produce la misma dinámica social.

 

El penalismo se topa ante un doble dilema, el castigo y la prevención y, dentro del primero, ha de optar entre el castigo y la reinserción (o reidentificación, ya que estamos hablando en estos términos) . Sin duda, en este ámbito, la retórica dista años luz de la realidad. Las modernas sociedades capitalistas acostumbran a convivir con un margen de delincuencia siempre y cuando este se sitúe dentro de unos límites razonables,- del mismo modo que admiten incluso exigen una tasa de desempleo tolerable. Los más cínicos economistas consideran que cierto índice de desempleo es saludable para la economía, en la medida que la disposición de una reserva de mano de obra permite que los engranajes del sistema se lubriquen en el sentido de neutralizar el absentismo laboral y permitir una mayor competencia en la oferta de mano de obra. En esta dirección se alude a la existencia de una Tasa Natural de Desempleo3.- Del mismo modo, cierto margen de delincuencia, o de este género de Transgresión, justifica y legitima la presencia, existencia e intervención de los mecanismos identitarios estatales. Como habíamos advertido a propósito del Derecho, en el presente caso la Identidad se crea y produce, o, lo que viene a ser lo mismo, le debe su misma vida a su interacción con su polo antitético y transgresor. Sin delincuentes no pueden existir los policías del mismo modo que sin caza no puede existir el cazador. De este complejo circuito mutuamente recursivo nace el Estado como tal. El Estado, para constituirse en garante de la paz social o de la identidad social ha de vivir, sumergirse y realizarse en el conflicto social o, lo que viene a ser lo mismo, en la transgresión social.

 

La dicotomía, ya clásica en ciencia política, Estado/Sociedad Civil se puede contemplar, desde cierto punto de vista, como una relación Identidad/Transgresión. El Estado, como estructura política organizada, se superpone a una sociedad amorfa e inorgánica, compuesta por millones de ciudadanos, productores y propietarios, habitantes permanentes y transeúntes, familias, asociaciones, grupos, etc. pero el Estado no se limita a superponerse y lo que busca en todo momento es sujetar a esa sociedad amorfa y descompuesta a su propio metabolismo, imprimirle su impronta identitaria. El Estado, desde cierto punto de vista, se produce y reproduce en la sociedad civil y, en el fondo, esa imposibilidad absoluta de control sobre la sociedad civil es lo que en realidad da vida al Estado, es lo que lo mantiene en funcionamiento perpetuo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI. LOS DOMINIOS DE LA TRANSGRESIÓN (2): SEXO, FAMILIA Y TRANSGRESIÓN

 

SEXO, CULTURA Y REPRESIÓN

 

El nexo de Identidades decisivo de nuestra especie, síntesis de lo biológico y lo cultural, hace confluir en esta faceta de la existencia humana, la sexual, los ingredientes de su particular campo de batalla. No es en absoluto trivial que algunos antropólogos como Claude Levi-Strauss, hayan captado en la organización del parentesco y en el tabú del incesto las claves del salto a la cultura o que las distintas escuelas psicoanalistas hayan visto a su manera la cultura como un sistema de represión y control del instinto..., sexual, para más señas. El sexo se nos manifiesta como un género de materia prima, de haces de instintos, aptos para ser digeridos por el complejo socio-cultural.

 

El sexo, tomado en sí mismo, en calidad de elemento diferenciador de organismos individuales así como de las conductas biológicas que les corresponden, se constituye como un elemento definidor (identitario) de la personalidad. No es, por tanto, un agente transgresor de la actividad humana. Más bien lo que se adivina tras el sexo es la estrategia, o compendio de pautas reproductoras, adoptada por cada especie biológica. Ello hace que en un contexto social represivo ocupe un lugar de primer orden como determinante identitario. El instinto de toda especie es un factor que en un marco puramente biológico, como base y fundamento de su reproducción, actúa como catalizador e integrador de la especie salvaguardando su forma, estructura e identidad.

 

La Transgresión en la naturaleza puede engendrar consecuencias devastadoras o salvíficas, según los casos. La mutación como Transgresión somática puede indistintamente ayudar al organismo a sobrevivir o a perecer. Sin embargo, el sistema de instintos de una especie no viene referido a un contexto evolutivo sino, más bien, a una situación dada. El instinto, como elemento conservador de la especie y del individuo (como parte sujeta a la especie) está encaminado a preservar la identidad última de la especie como tal. Sin embargo, en un contexto cultural fundado en la represión y control del instinto, invierte sus funciones interviniendo como medio de Transgresión en tanto que se sitúa en el vértice del sistema de tensión naturaleza-cultura característico de nuestra especie. El sexo determina una organización educativa, un sistema de rituales de iniciación y un compendio de pautas sociales e institucionales.

 

A fin de cuentas, el acoplamiento de nuestra especie a la cultura ha sido siempre inestable y traumático. Homo Sapiens está condenado a oír, a lo largo de toda su existencia, la llamada de la Selva, pero también está condenado a reprimir esa llamada. La sociedad humana, el organismo cultural, al igual que el organismo viviente, vive a la temperatura de su propia destrucción. La sociedad tecnológica e industrial ha acabado convirtiendo en sedentarios a unos animales cuyo organismo exige intensa actividad; ausencia de actividad esta que han acabado supliendo mediante el estímulo de otros apetitos orgánicos cual es el de comer y en grandes cantidades (la cultura industrializada produce obesos). Escasas son también las ocasiones en las que tiene ocasión de dar rienda suelta a sus instintos reprimidos de unirse a una manada de congéneres para aullar, gesticular de mil maneras distintas y hacer ruido, solo los estadios deportivos le permiten exteriorizar esos instintos. Las instituciones sociales sexuales, la familia y el matrimonio, se han acoplado al sistema generando al mismo tiempo sus propias fuentes de transgresión. Toda institución y más que ninguna esta de naturaleza bio-social, necesita de un subsuelo, de un subsuelo oculto y secreto de evacuación de toda la carga represiva que genera, de un salidero de los instintos reprimidos..

 

El ámbito de Transgresión que se pone de manifiesto en esta esfera de la existencia humana es la de una Transgresión-Regresión. Se trata de un género de Transgresión que, consciente de no poder derribar las barreras de la cultura, se supedita a ellas, intentando esquivarlas y sortearlas en la medida de lo posible para precipitarse a escapar por sus huecos y hendiduras: el niño se masturba avergonzado en lugares escondidos y el adolescente usa la noche para emprender la búsqueda furtiva de sexo.

 

 

LA PROSTITUCIÓN COMO COMPLEMENTO TRANSGRESOR DE LA ESTRUCTURA FAMILIAR

 

El cauce de transgresión más clásico a la familia tradicional lo ha ofrecido y lo viene ofreciendo, sin lugar a ningún género de dudas, la prostitución. Más aún, es su inequívoco complemento, la válvula de escape por excelencia tanto de las tensiones acumuladas en el seno del matrimonio monogámico forzoso institucionalizado que ha impuesto la cultura sobre un homínido hipersexual y promiscuo por naturaleza, como de los instintos más recónditos o de las perversiones más secretas. Cabe considerar la prostitución, más que como una lacra social, como el más firme sostén del orden moral tradicional vigente. La prostitución aparece como el más firme baluarte de la familia y, a la inversa, la familia como el más firme baluarte de la prostitución4. Para la explicación y determinación de este fenómeno no cabe acudir al tan manoseado recurso de la doble moral (¡como si existiera una moral íntegra y unívoca, como si la moral no fuera en sí todo un complejo sistema de represión- transgresión!) ni tampoco reducir su práctica y existencia a una mera cuestión de hipocresía personal o social. Los principios éticos y morales nadan siempre en la superficie, captan, todo lo más, el síntoma, nunca la enfermedad. La única forma de interpretar y percibir el fenómeno de la prostitución es comprehenderlo, en su interacción dialéctica y dialógica, con las instituciones sexuales establecidas, como un complemento imprescindible al mantenimiento de una moral oficial única. Si los puritanos victorianos clamaron orgullosos por la defensa de las instituciones familiares tradicionales es porque su defensa estaba apuntalada por ese soporte transgresor imprescindible a la moral y a las rectas costumbres. Puritanismo y prostitución se excluyen y a su vez se incluyen, se oponen y se complementan a un mismo tiempo. Quienes desde el púlpito claman por la defensa de la familia y de la sexualidad exclusivamente reproductiva, (también, aunque de forma velada) están exigiendo a gritos la ampliación de los prostíbulos, burdeles y lupanares. Los ejemplares matrimonios monogámicos e indisolubles se nutren y fortalecen de su fuente transgresora. Del mismo modo que la Cuaresma necesita un Carnaval, la familia tradicional necesita la prostitución. Se me podría objetar que esta es una generalización gratuita y sin fundamento. Quisiera aclarar que no me estoy refiriendo a todos y cada uno de los casos concretos, pues de todo hay y puede haber. A lo que aludo es, en todo caso, a las instituciones represivas-identitarias y a sus correlativas salidas transgresoras tomadas a niveles globales. Designar un único sistema de evacuación que haya de corresponder a toda fuente de represión es algo que, por su profundo dogmatismo, está muy lejos de mis pretensiones. La represión puede descargarse de mil maneras distintas, dependiendo su elección siempre del azar, evacuándose, en cuanto a su magnitud, en función de la posición del centro de gravedad del conflicto, incluso puede no descargarse y convertirse en una nueva fuente de poder y de sublimación (mística, religiosa o cualquiera otra cobertura mental de la impotencia).

 

Una violenta arremetida contra la prostitución por parte de un Estado podría poner en quiebra los cimientos de los que se nutren las instituciones sexuales establecidas. Esto es lo que explica la secular tolerancia y permisividad con la que se ha contemplado por los poderes públicos esta institución de la prostitución. Permisividad y tolerancia que no son explicables en virtud de la aplicación de principio liberal volteriano alguno extraído del Traité sur la Tolerance. Un informe de las Naciones Unidas en defensa de la abolición de la persecución de la prostitución por sí misma como figura delictiva razonaba del modo siguiente:

La experiencia enseña que, atendiendo a los resultados obtenidos, la prostitución no se puede eliminar con medidas legales, y que, si se la declara delito punible, ello lleva generalmente a la prostitución clandestina y a una despiadada organización de maleantes dedicados a la explotación de la prostitución ajena. Mientras haya demanda en tal comercio por parte de los hombres, es indudable que responderá a ella una oferta femenina, pese a las penas que se impongan a las prostitutas.5

 

La lógica bipolar, como esta de la oferta y la demanda, es tan socorrida como insatisfactoria a un mismo tiempo. Un término que para explicarse recurre al inverso que a su vez se explica en el primero nos da la medida de un tipo de causalidad cerrada y tautológica: ¿porqué existe la prostitución? Porque existen varones que demandan sus servicios. ¿porqué los varones demandan los servicios de las prostitutas? Porque las prostitutas ofertan sus servicios a los varones. Todo un círculo vicioso, análogo a la metafísica del huevo y la gallina, o a la paradoja de Epiménides sobre si el cretense que afirma que todos los cretenses son unos mentirosos miente o dice la verdad, .planteamientos ambos que, encerrados exclusivamente en las mismas premisas que los enuncian, están abocados a un callejón sin salida. La sucesión de huevos y gallinas hacia el infinito es un problema formal que excluye su solución, la historia natural del huevo, como cobertura y protección del embrión, utilizado por los antecesores evolutivos de la gallina (peces, anfibios y reptiles), luego, el huevo es siempre anterior a la gallina. La solución a cualquier problema irresoluble planteado por la lógica formal pasa necesariamente por la meta-lógica, por la transcendencia de sus propios enunciados.

 

Los sistemas más despóticos no solo la han tolerado, aún más, la han alentado: gineceos y lupanares en el mundo clásico, cortesanas bajo el Antiguo Régimen, harenes bajo el mundo islámico. El antropólogo británico James G. Frazer relata curiosos supuestos de prostitución sagrada que tuvieron lugar en el mundo antiguo, así

 

En Chipre todas las mujeres, antes de casarse, obligadas por la primitiva tradición, tenían que prostituirse a los extranjeros en el santuario de la diosa, llevase o no el nombre de Afrodita o Astarté. Costumbres semejantes prevalecían en muchas partes del Asia Menor. Cualquiera que fuese el motivo, esta costumbre estaba sin disputa considerada, no como una orgía de lascivia, sino como un solemne deber religioso ejecutado al servicio de la Gran Madre Diosa del Asia Menor... En Babilonia, toda mujer rica o pobre, tenía que someterse una vez en la vida a los abrazos de un forastero en el templo de Mylitta, que era la Istar o Astarté, y dedicar a la diosa el estipendio de su santificada prostitución... En Armenia, las más nobles familias dedicaron sus hijas al servicio de la diosa Anaitis en su templo de Acilisena, donde las damiselas ejercían como prostitutas durante un largo periodo antes de ser dadas en casamiento. Nadie tenía escrúpulo en tomar como esposa a una de aquellas muchachas al terminar cumplidamente su tiempo de servicio divino6

 

La Inglaterra victoriana, paradigma del puritanismo más estricto, plagaba las calles de prostitutas... Desde una perspectiva humanista la existencia de mujeres esclavas del sexo es algo que repugna profundamente. Pero los gobiernos constatan, aunque sea solapadamente, que sin prostitución no hay familia cristiana. Se tolera a la prostituta y se persigue al proxeneta. Pero existe un Gran Proxeneta, proxeneta de proxenetas, al que no se le puede detener por ser precisamente núcleo de la sociedad, de la civilización y de la convivencia, es decir, la sacrosanta sexualidad familiar institucionalizada.

 

Naturalmente, la represión institucional no tiene porqué abocar a una única válvula de escape de transgresión. Coexiste con otras, paralelas y alternativas, de las cuales la más clásica es la del adulterio. Esta última transgresión puede hacer peligrar la institución matrimonial. De todos modos la crisis puede regularse, bajo aquellos sistemas que lo permitan, a través de cauces institucionales previsores de distintas formas de disolubilidad matrimonial, como la separación, el divorcio, etc, siempre preferibles al conyugicidio, su alternativa transgresora-destructora. De todos modos, el adulterio también puede sub-institucionalizarse como amancebamiento que, previa la debida ocultación identitaria, es posible hacerlo subsistir sin poner en crisis la institución base.

 

Otra fuente de transgresión sexual que convive con las instituciones tradicionales, aparte de la prostitución y el adulterio, es el consumo de pornografía, ese sucedáneo tecnológico de la prostitución, además de las múltiples formas de sexualidad furtiva escondidas bajo los nombres de voyeurismo, fetichismo, la pederastia... y hasta el lado más perverso y violento de la transgresión, la violación.

 

De las alcantarillas de la sexualidad institucionalizada nace esa sexualidad paralela y transgresora, lo que desde las instancias oficiales se esconde como la inmundicia, como el pecado y como el demonio mismo. Pero el demonio también habita en la santidad y el pecado en la virtud (sin pecado no hay virtud y sin demonio no hay santidad, la cual para valerse por sí misma exige pruebas de resistencia a la tentación). La ética religiosa ni comprende ni quiere comprender la decisiva importancia que tiene el mal para la realización del bien, que el mal genera el bien y el bien genera el mal, que el caldo de cultivo del bien es el mal y el caldo de cultivo del mal es el bien, que la supresión del uno implica la supresión del otro y que, en definitiva, el Reino del Bien Absoluto no puede ser otro que el Reino de la Muerte Absoluta. También el pulcro, culto y admirado accionista mayoritario de un gran holding industrial esconde bajo su limpieza la suciedad, adquirida entre la grasa y los humos, de los miles de operarios que trabajan para él en sus empresas. La honesta dama de alta sociedad tiene a su sombra una prostituta, desprestigiada y mal vista socialmente, que a la par que le hace el trabajo sucio realza su figura.

 

 

INHIBICIÓN Y SUBLIMACIÓN, MECANISMOS DE DEFENSA DE LA REPRESIÓN FEMENINA

 

Hasta ahora me he referido a la transgresión sexual en su versión predominantemente masculina. Sin embargo, la represión femenina en materia sexual, siendo mucho más brusca e insoportable, no se evacua por los cauces descritos anteriormente. Sobre el sexo reproductor (generador de nuevas identidades) propiamente dicho recae todo el peso institucional represivo, con una intensidad tal que no deja abierta brecha alguna a posibles transgresiones, excepción hecha del adulterio. La estabilidad y reproducción de las relaciones identitarias de propiedad, sucesión, parentesco y consanguinidad descansa íntegramente sobre el sexo femenino. Tal cúmulo de instituciones no podría sostenerse sin el dominio y apropiación-institucionalización de la sexualidad femenina. En cuanto a la prostitución, no nos vayamos a equivocar, no es expresión de transgresión sexual femenina alguna, es más bien todo lo contrario, una servidumbre puesta a disposición de la transgresión sexual masculina. El sexo femenino se ha institucionalizado sin cláusula alguna de apelación a la que poder recurrir.

 

La descarga represiva femenina no se exterioriza, como parece ser la tendencia predominante del varón, se interioriza a través de esos mecanismos de sublimación que se ponen en juego como autodefensa ante un instinto negado y reprimido. En relación a la sublimación del instinto reprimido venía a decir en mi primer trabajo lo siguiente:

 

Pero reprimir no es suprimir. La libido es un componente tan potente que no se puede aniquilar por las buenas (somos animales hipersexuales, no lo olvidemos), por eso las instituciones culturales lo que buscan (no siempre conscientemente) es regularla y encauzar su potencial en su propio beneficio. El control sexual puede llegar a convertirse en un instrumento muy poderoso de adhesión al grupo. El amor se puede proyectar como amor a dios, amor a la patria, amor al trabajo, etc. La imposición del celibato a los sacerdotes católicos opera como un mecanismo de adhesión y sometimiento efectivo a las estructuras de poder de la Iglesia Católica. También el ayuno interviene como efectivo instrumento de control y acumulación de poder de las grandes religiones (cristiana, islámica e hinduista). Cualquier restricción física resulta culturalmente beneficiosa, en la medida en que pone en escena el mecanismo psicológico al que Freud denominó sublimación del instinto reprimido que en tanto que psiquismo neurótico se integra plenamente en el sistema cultural generando sus propias normas y su propio sistema operativo7

 

Se advierte que la sublimación interviene como un mecanismo psíquico de defensa individual y grupal ante una restricción del instinto implantada por el sistema cultural; mecanismo de defensa y a su vez de compensación y asimilación de lo que los freudianos llaman el ello. El éxito de la cultura-represión se materializa en la producción de esta transgresión integrada, de una transgresión (en cursiva) que, al ver cortados los sistemas de evacuación externa, se constituye en centro de gravedad de un mecanismo de retroalimentación represivo. La cultura ha obligado a las mujeres a ser monógamas forzosas y, de camino, ha provocado una escisión radical de los elementos de la relación afectiva. Amor y sexo, una unidad dinámica mutuamente recursiva y creativa, se han escindido con la misma radicalidad con la que el platonismo escindió el cuerpo del alma y el aristotelismo el trabajo intelectual del trabajo manual. El refugio en un amor puro, etéreo e inexistente consuma este proceso de enajenación y extrañamiento. Hasta tal punto que la invocación al Amor se usa como arma arrojadiza encaminada a reprimir una sexualidad libre y transgresora. Y es que el Amor es sustancialmente un mecanismo de auto-represión psíquica (un estado psíquico caracterizado por una sobre-estimulación general de todos los sentidos en torno al objeto deseado puesto en acción por el sistema serotoninérgico que lleva acarreada la pérdida temporal de las más elementales facultades de raciocinio y discernimiento) que disfraza bajo un sentimiento intenso la frustración y la impotencia que produce la lejanía y falta de control sobre el objeto deseado, que se pone al máximo rendimiento con los celos provocados por la rivalidad y la competencia en el acceso a la persona amada. El Amor desaparece y se difumina en cuanto se hace posible el control y acceso efectivo al objeto deseado. Precisamente, el culto al romanticismo está motivado por la exacerbación de ese sentimiento de impotencia ante el objeto amoroso, alejado e imposible de acceder a él. El Amor es memoria y presencia permanente del objeto, imposibilidad fáctica de consumar el deseo, celos, rivalidad, frustración y sufrimiento... pero en cuanto se accede a un contacto carnal regularizado sin clandestinidad ni furtivismo desaparece el amor y se crea otra cosa8, lo cual, por otra parte es lógico, pues lo que se tiene ya no se desea, simplemente se tiene ¿y cuando se pierde lo que se tenía? Nuevamente se activa el deseo y, por tanto, el Amor. Lo más paradójico resulta es que el Amor, definido aquí como el estado psíquico generado por la ausencia de contacto carnal (o por un contacto incipiente), llega a convertirse en nueva fuente de placer.

 

La relación continuada y permanente, institucionalizada, ya no puede ser romántica ni amorosa, es algo muy distinto: convivencia, derechos y obligaciones recíprocos, acceso regular al sexo, responsabilidades económicas y patrimoniales en la cría y cuidado de los hijos, tensiones, disputas, reconciliaciones, etc. y ese Amor perdido se transforma en un nuevo objeto de frustración, imposible de recuperar en un sistema monogámico salvo contadas excepciones, una, que es el recurso a la transgresión del adulterio, pone en peligro una Institución. La otra, ya no meramente transgresora por su carácter de sucedáneo, tiende a consolidarla, y se pone en funcionamiento mediante los mecanismos de proyección-identificación que nuevamente hacen renacer en las mujeres el sentimiento romántico del amor a través de la producción literaria, teatral, musical, televisiva y cinematográfica. Las historias de amor unen a las mujeres a sus familias, exactamente igual a la prostitución, que une a los hombres a sus mujeres. La monogamia y la sublimación se implican recíprocamente en ese circuito de retroalimentación descrito

 

 

LA TRANSGRESIÓN SEXUAL FEMENINA

 

En cualquier caso, la represión identitaria de la sexualidad femenina, carente siempre de las más mínimas válvulas de escape, puede transmutar tan gigantesca carga identitaria en una fuerza y energía transgresora insospechadas. Aquí radica precisamente la diferencia fundamental, en cuanto a sus consecuencias efectivas, entre la transgresión masculina y femenina. La transgresión varonil se ha desenvuelto casi siempre en el marco identitario de la institución familiar, creando en derredor suyo enormes focos de prostitución, gigantescas cohortes de mujeres-esclavas al servicio de la transgresión sexual masculina. La nueva transgresión femenina apuntada, muy al contrario de la masculina, tendente al mantenimiento de las instituciones, puede tener consecuencias liberadoras para todo el género humano.

 

El primer gran paso ya se ha dado con la aparición de las familias monoparentales que por no ser ya no son ni familias. En efecto, la familia ha sido la primera institución efectivamente tocada de muerte por esta incipiente transgresión femenina. Si el tránsito de la animalidad a la cultura, el nacimiento de la Humanidad-1, se gestó en la represión y control del sexo, sancionado con el tabú del incesto, lo que dió lugar a la aparición de las primeras estructuras familiares y patriarcales, la transgresión femenina puede dar lugar al nacimiento de la Humanidad-2, caracterizada por el advenimiento de formas de gestación de hijos fuera del marco familiar tradicional. La inexistencia del referente paterno en la formación y educación de los hijos de las familias monoparentales pueden ser el detonante de una auténtica Revolución Cultural que empiece por socavar-transgredir las restantes instituciones que se han venido articulando y ensamblando sobre la base del control del sexo reproductivo y a las que ya apunté antes: la propiedad privada, el control de la identidad individual e incluso los fetiches religiosos.

 

Las mujeres que deciden libremente tener hijos sin que para ello precisen de un marido y de una familia han empezado a transgredir serios vínculos sociales de índole represiva El referente paterno del principio de autoridad, negado y suprimido, puede9 dar al traste también con las instancias y estructuras de agregación política sobre las que se construye el poder: el Estado, la Patria, la Nación, construcciones todas ellas femeninas y maternales .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VII. LOS DOMINIOS DE LA TRANSGRESIÓN. (3) LA TRANSGRESIÓN JUVENIL

 

No podemos pasar por alto aquel conjunto de manifestaciones que desde ámbitos marginales hacen suya la bandera de la Transgresión sistemática. No dejan de ser meros tópicos los que se refieren a la Transgresión juvenil, la rebeldía de la juventud o el conflicto generacional. No hay nada más fácil que ser transgresor en un contexto donde no existe responsabilidad alguna y donde la única barrera es la del arbitrio paterno. Se trata, lógicamente, de una Transgresión limitada, forzada por la vitalidad juvenil, y limitada al ajuste hormonal dentro de sus márgenes normales. La llamada rebelión contra el padre se presenta como una Transgresión contra todo, contra instituciones y hábitos culturales.

 

Toda sociedad arbitra unos mecanismos y marcos de desenvolvimiento de la energía e hiperactividad juvenil: campos de deportes o campamentos de verano. Incluso los regímenes más totalitarios han sido conscientes de la importancia de dar un cauce adecuado a la Transgresión juvenil, abriendole las puertas al encuentro con la naturaleza como encuentro con el mundo de los instintos y de las pulsiones reprimidas. Aquí en España nos encontramos con la OJE sin ir más lejos. Sin embargo, este encuentro con la naturaleza está, por esa misma razón, sujeto a un sistema fuertemente identitario. El adoctrinamiento cuasi-militar de los campamentos juveniles tipo Boy Scout se hace posible e incluso soportable dada su directa vinculación con el medio natural, con el medio transgresor. En tal caso la transgresión se situaría en un plano subalterno al sistema identitario.

 

La juventud es, a fin de cuentas, un sector bio-social sujeto a los diversos procesos de identitarización (o, lo que es lo mismo, no plenamente identitarizado). Pero muchas veces tales procesos no son todo lo efectivos que debieran. La específica maleabilidad y ductilidad de este sector bio-social lo hace, por una parte, proclive a su sujeción a tales procesos. La juventud es susceptible de ser maleada y adaptada a los sistemas de control y represión establecidos. Pero dichos sistemas fallan desde el mismo momento en que no se encuentran en condiciones de conducir o neutralizar la energía transgresora que desprende esta capa social. Y es que las capas juveniles, en pleno proceso de aculturación, son más proclives que ninguna otra a oír y responder a la llamada de la Selva a la que hicimos referencia en el apartado anterior, sus instintos naturales la inducen a reproducir la Transgresión como Regresión, a unirse a manadas (pandillas, bandas, etc) de otros congéneres para aullar, saltar, trepar y dar alaridos (conciertos Pop y Rock, competiciones deportivas, etc) a escapar de recintos cerrados, a buscar la calle nocturna con vistas a facilitar sus acciones transgresoras La represión sin paliativos produce amotinamientos y rebelión en las aulas y ya no solo de las aulas sino de la totalidad del sistema, entendido como una prolongación de estas, tal y como sucedió con los distintos sistemas contestatarios de los años sesenta.

 

La moderna tecnología está sirviendo a los humanos, paradójicamente, de guarida, de caverna en la que esporádicamente se puede dar rienda suelta a sus instintos, a la llamada de la Selva. El adolescente que se vale de una moto de trial para realizar las mas osadas acrobacias (caballitos, derrapes, etc) con intención de impresionar a los restantes miembros de su manada actúa como cualquier otro macho joven de cualquier otra especie mamífera gregaria, que exhibe sus dotes con el fin de subir de rango en su manada y de atraer la atención de las hembras. Los psicólogos han estudiado el perfil del automovilista-tipo que, parapetado en su vehículo, descarga toda la agresividad contenida: insulta a otros automovilistas y viandantes, toca el claxon para ampliar su tono de voz, etc. El internauta adicto a los chats entra como desconocido en un mundo de desconocidos, lo que le permite escribir lo que quiera en esos indigeribles diálogos sin reglas, sin inhibiciones ni represiones donde el anonimato (de forma análoga a como juega en el Carnaval como ocultador de la identidad) le permite transgredir formas y convenciones.

 

La transgresión juvenil acaba conquistando y configurando, por así decirlo, una esfera o ámbito de identidad bajo las actuales sociedades industriales, es decir, lo que podríamos llamar una subcultura juvenil. En el ensayo que recojo en el tercer bloque de este libro dedicado a la televisión

 

Las autoridades saben muy bien que en el medio urbano es casi imposible controlar la ruta del bacalao o la llamada movida juvenil de los fines de semana, con todos los desboques transgresores que en sí lleva aparejada, desde la pulsión del placer, de peligro e incluso de muerte. Saben que los antros ruidosos donde se sirve alcohol y se puede danzar compulsivamente al son de una música neurótica y de un sistema de iluminación agresiva (hablo de las discotecas) deben estar en algún sitio. A fin de cuentas, la vida nocturna se manifiesta como un cauce neurótico de búsqueda de la satisfacción de la pulsión sexual. Una represión directa puede llevar consigo que la Transgresión de violencia contenida degenere en gamberrismo. Al fin y al cabo el Rock puede servir muy bien de catalizador de tensiones violentas. Por tal razón se tiene mucho cuidado a la hora de ubicar los recintos de expansión y Transgresión juvenil. Las familias y las autoridades son conscientes de que el marco de la Transgresión juvenil no está controlado en esta sociedad. El elemento destructivo de la Transgresión se cierne, de uno u otro modo, amenazadoramente, por distintas vías que conducen a la aniquilación física: estupefacientes, alcoholismo, sectas, o comportamiento temerario en el tráfico. Aún así, en el medio rural la Primera Transgresión, situada entre la infancia y la adolescencia, ha revestido tradicionalmente unos grados de crueldad inauditos; costumbres como las de apedrear gatos hasta la muerte o rociar perros con gasolina cuando no se trataba de mofarse del tonto del pueblo han permanecido intactas hasta nuestros días.

 

Fuera de este punto cabría destacar como en los años sesenta, los instintos transgresores se apoderan de determinado sector del medio juvenil: el movimiento hippie, la contra-cultura, la psicodelia, el arte pop, el mayo del 68 francés, el culto al LSD, etc. Es una Transgresión bifronte, contra el Padre y contra el Estado, se pone en tela de juicio todo el sistema económico e institucional occidental y se busca, como sucede con todas las transgresiones, un nuevo reacoplamiento con el mundo de los instintos y del placer. Lo curioso de este tipo de movimientos transgresores estriba en cómo el llamado conflicto generacional o la rebeldía juvenil que generalmente se desenvuelve dentro de unos límites transgresores normales y socialmente regulados llegó, en un contexto determinado, a adquirir los caracteres de un movimiento social e incluso político, tal y como sucedió en la Francia de 1968.

 

El movimiento hippie resulta particularmente interesante. Cierto sector de la juventud estudiantil urbana eligió sus propios cauces de Transgresión fuera del marco social e institucional. La huida de la ciudad y consecutiva retirada al campo, huida de la civilización y refugio en el instinto, fue, a diferencia de lo que sucede con los campamentos juveniles militarizados, desorganizada y anárquica. Su entrega al instinto natural fue tal que se impuso el sexo libre, el culto al desnudo ... Rechazaron toda institución e imposición social así como los modelos culturales vigentes. Sin embargo, necesitaron nuevos referentes identitarios, pues la Transgresión pura y simple (la Transgresión por la Transgresión) no puede sostenerse durante mucho tiempo (dicho en otras palabras, se auto-sitúa en el límite del caos) y los creyeron hallar en las producciones ideológicas propias de una cultura radicalmente distinta a la de Occidente, a saber, la de Oriente. Se refugiaron en un orientalismo místico y a su vez mítico y, al igual que los actuales musulmanes, peregrinaron en tropel a la India a la búsqueda de esas esencias y verdades absolutas emanadas de esas religiones esotéricas e introspectivas desconocidas hasta entonces por los occidentales. Se olvidaban, claro está, que dichas religiones, más que liberadoras, fueron el soporte de legitimación institucional clave de los más rígidos sistemas de castas y, en última instancia, del despotismo gerencial agrario asiático. Como ya ha sucedido en muchas ocasiones, la Transgresión, a la búsqueda de una determinación positiva que le garantice una mínima viabilidad, permanencia y persistencia, acaba topándose ante cierto género de estructuras ideológicas identitarias, tanto o más represivas que aquellas de las que en principio pretendió liberarse. Hoy día del movimiento hippie solo quedan los restos: el sándalo, el xitar, el yoga, la meditación transcendental, pequeñas comunas asentadas en el medio agrario de forma marginal y un puñado de cincuentones nostálgicos.

 

En todo caso, la rebelión juvenil de los años sesenta, tan idealizada en la actualidad, no dejó de ser más que un fenómeno social bastante curioso e insólito. Insólito por cuanto que de lo que se trató fue de una explosión de Transgresión desbordada, que escapó incluso a los mecanismos de control de los instintos juveniles de las instancias institucionales vigentes. No obstante, los principios transgresores y liberadores invocados pronto se trocaron en su polo contrario. La mitificación del paradigma religioso oriental convirtió a los jóvenes en presa fácil de las estructuras sectarias más represivas y esclavizadoras imaginables: Hare Krisna, Moon, o la que pudiera fundar cualquier otro gurú medio chiflado (o, más bien, bastante espabilado) de los que pululan por el mundo. En cualquier caso toda secta de las llamadas destructivas se presenta en principio como un elemento catalizador de las ansias de rebelión y Transgresión juvenil, del rechazo a las estructuras familiares, a las jerarquías sociales, al materialismo o al capitalismo, presentando como alternativa un género de mística panenteísta oriental identitaria y absorbente hasta el extremo de la intoxicación física y psíquica, así como la correlativa anulación de la personalidad. Otra vertiente liberadora que pronto mostró su verdadera faz esclavizadora y destructiva se produjo a raíz del culto desbocado a los narcóticos que la rebelión juvenil introdujo como medio de Transgresión.

 

El mayo del 68 francés solo pudo tener origen en el país más politizado de Occidente. El movimiento transgresor juvenil, procedente de capas intelectuales medias, revistió desde sus mismos comienzos un carácter inequívocamente político y netamente urbano. Careció por completo de los tics bobalicones o exhibicionistas y formalistas que caracterizaron al movimiento hippie, más yanqui que europeo propiamente dicho y por tal razón menos político y más campestre. El movimiento sesentayochista se definió netamente por su inspiración marxista. Se pretendió edificar un marxismo transgresor, de corte luxemburguista, trotskista o maoísta, alejado del marxismo burocrático soviético y, por esa misma razón, de la cúpula del PCF. La Transgresión juvenil pronto se adueñaría de las calles de París a golpe de barricada y cócteles molotov. No contó con líderes netamente definidos, en todo caso con ideólogos como Daniel Cohn-Bendit en París y Rudi Dutshke en Berlín. Su principal arma fue la ingenuidad infantil y utópica, y el lema que resume dicho movimiento, plasmado en una de las múltiples pintadas de las calles de París sed realistas, pedid lo imposible, era netamente transgresor, puramente anti-identitario, prácticamente inútil y volátil. El movimiento del 68 tuvo consecuencias políticas directas en la situación francesa, modificó la situación política, pero rápidamente se desvaneció... nada más finalizado el curso académico.

 

Al hilo de lo dicho sobre la Transgresión juvenil y el mayo del sesenta y ocho francés se puede sacar a colación un curioso fenómeno también ligado a los instintos transgresores juveniles: El Romanticismo de la Transgresión. En el caso de sistemas políticos fuertemente identitarios, hasta extremos insoportables tal y como ocurrió con el régimen franquista, la Transgresión a sus estrictas normas era algo que seducía por sí misma. Con independencia del contexto de oposición política al Régimen, múltiples posturas transgresoras nacidas en el seno del movimiento estudiantil fueron el resultado de esa instintiva negación de lo prohibido. Una fuerte barrera dividía el polo de la Identidad y el de la Transgresión, situándose este último de forma clara y contundente en la clandestinidad. Frente al chato identitarismo del Régimen, en cuya cúspide se situaba un dictador cuya mediocridad solo era superada por su inhumanidad, frialdad y sadismo. Frente a ese sistema de poder despótico y dogmático, rodeado de serviles ministros, de profesionales de la adulación al Tirano, de pomposos militares y bendecido por curas y obispos, se situaba, en el polo opuesto, el universo de la oposición que no era otro que el de la Transgresión. Tal dualidad poder/anti-poder era percibida por grandes sectores de la juventud como una simple dicotomía Identidad absoluta/Transgresión absoluta.

 

Una vez sucumbido el Régimen, ya no cabría la menor duda; las puertas estaban abiertas a la Revolución, al comunismo científico, al comunismo libertario y a todo lo demás que se quisiese establecer. Ese entusiasmo duró bastante poco. Lo suficiente como para comprobar cómo un nuevo sistema identitario acababa imponiéndose. Lo que antes había estado totalmente prohibido por su contenido subversivo ahora no solo era tolerado sino alentado fervientemente desde las más variadas instancias institucionales: el Primero de Mayo, el Aberri Eguna, la Diada, los homenajes a García Lorca ... La huelga, antes un delito de sedición, era ahora un derecho que conforme a sus cauces legales podía ejercerse libremente. La reunión, la asociación y la manifestación, considerados hasta entonces graves delitos de conspiración y desórdenes públicos, se elevaban a la categoría de derechos fundamentales amparados constitucionalmente, los sindicatos y los partidos, hasta entonces clandestinos, coparon su espacio social y se encaramaron a las estructuras del poder político y económico convirtiéndose en perfectas estructuras de mediación rígidamente centralizadas dominadas por profesionales de la política. La Política se mutó en tecnocracia económico-administrativa, se suplieron los contenidos ideológicos por sus respectivas clientelas... Lo que antes apareció como un abismo hacia la Transgresión sin límites se trocó en una nueva Identidad consolidada. Las identidades rígidas fueron sustituidas por identidades flexibles

 

Desde ese momento la visión dual desaparece y se difumina: ni el socialismo, ni el comunismo científico o libertario están a la vuelta de la esquina, los partidos empiezan a convertirse en estructuras burocráticas identitarias que funcionan como maquinarias electorales, los sistemas de cretinización de masas, antes monopolizados por el Estado, se delegan en el sector privado.

 

La antigua Transgresión, la misma que antes los hacía ocultarse de la policía, que hacía de una pegada de carteles o de una tirada de pasquines una aventura casi tan arriesgada como ocupar un fortín por un comando de élite, se había convertido hoy en parte de la más rutinaria y aburrida Identidad. Quienes antes vieron en los líderes más antiguos de la clandestinidad auténticos ídolos dignos de veneración avalados, no solo por su generosa entrega a elevados ideales sin buscar por ello compensación material alguna, sino también por un currículum de muchos años de cárcel, torturas y persecución policial, ahora verían en los nuevos dirigentes de la democracia unos oportunistas de tomo y lomo, trepadores y zancadilleros, ávidos de cargos en las Instituciones, charlatanes de segunda fila más preocupados por su propia imagen y proyección pública que por las ideas que hubieren de defender. Por otra parte su ideología no era otra que la de su propia consolidación en el sistema

 

Hoy día podemos apreciar como muchos de los antiguos hippies y sesentayochistas han vuelto al redil reconvertidos en prósperos yuppies que, en firme acto de constricción por sus pasados pecados, abrazan el pensamiento único, el capitalismo y su democracia como aquel paraíso terrenal que nunca debieron abandonar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIII. LOS DOMINIOS DE LA TRANSGRESIÓN (4) TRANSGRESIONES REGULADAS: LA FIESTA Y EL CARNAVAL

 

 

TRANSGRESIONES REGULADAS: LA INSERCIÓN SOCIAL DEL ESPACIO DE LO LÚDICO

 

Cuando la realidad se hace tan insoportable que no cabe posibilidad alguna de sortearla o esquivarla, es cuando se activan a pleno rendimiento los resortes de la imaginación, capaces de engendrar realidades paralelas. La simulación se convierte en este caso en el instrumento idóneo de la Transgresión. La palabra simular puede usarse como sinónimo de engañar, de inducir a error a un tercero mediante una representación ficticia. Sin embargo no es esta acepción la que interesa. Tiene un sentido mucho más amplio, pudiendo entenderse como elemento fundamental del aprendizaje y de la investigación científica. Con el desarrollo de las técnicas asociadas a la informática, la simulación de sucesos a los que se le incorporan las variables pertinentes tiene valor de campo de pruebas útil para elevar cualquier predicción astronómica o meteorológica o para cualquier experimentación industrial de resistencia de materiales. En todos los casos descritos, la simulación opera como medio idóneo de suplantación y sustitución del acontecimiento real, como representación del suceso. Así nos encontramos con que el periodo de entrenamiento del campamento en el servicio militar es una simulación de la guerra o ante las pruebas de formación de los pilotos y de los astronautas que consistirán en el noventa por ciento de los casos en la representación y sustitución de las condiciones de vuelo, ingravidez, etc sin que ello tenga que implicar salir al espacio exterior o conducir una nave real, mediante medios de sustitución de la gravedad como pude ser la energía centrífuga y de la atmósfera como pueden ser las cámaras expuestas al vacío, así como los simuladores de vuelo informáticos .

 

Observamos, por un lado, la directa ligazón entre simulación/juego y el sistema de aprendizaje y, por otro, su relación también directa con la Transgresión de la Identidad. La niña que juega a las muñecas al mismo tiempo que simula el papel de madre está transgrediendo su condición de niña. Se trata de ese mecanismo de proyección-identificación que tan importante papel juega en todos los procesos en los que interviene el psiquismo humano y que hace que nuestra condición se aparte tanto de la de animal racional en la que el racionalismo aristotélico y cartesiano han pretendido encorsetar a nuestra especie. Sin mecanismo de proyección-identificación no hay goce estético, ni ficción literaria, ni pasión, ni evasión. En suma, no se puede hablar de la Transgresión que se produce diariamente en la vida cotidiana cuando nos sentamos ante el televisor, ante la sala de cine o ante la lectura de una novela. La paradoja surge cuando ese mecanismo de Transgresión individual, necesario e imprescindible para el alejamiento de la represión cotidiana o para hacer la vida más llevadera se convierte en un instrumento transmisor de contenidos identitarios represivos culturales: los ultra-reaccionarios culebrones que programan a la hora de la siesta (historias manufacturadas en Sudamérica que una y otra vez narran el mismo cuento de la Cenicienta, la carrera de obstáculos sembrados en su camino hacia el Príncipe Azul por sus envidiosas madrastra y hermanastras) para relax de las amas de casa, los partidos de fútbol que transmiten a la hora de la cena para fomentar el chovinismo, los telefilmes de buenos y malos, los concursos televisivos, etc juegan hasta el abuso con los mecanismos de proyección-identificación. La evasión transgresora se somete a un proceso de reciclaje en el que de nuevo aparece la represión identitaria, reforzada precisamente por su paseo por el mundo de la transgresión.

 

 

LA FIESTA

 

Se considera festivo aquel día del año en el cual la sujeción represiva cotidiana por excelencia, a saber, el trabajo, se suprime. Los calendarios distinguen esos días de fiesta resaltándolos en color rojo frente a los restantes días laborables, marcados en negro. Las burocracias ya han inventado su propio argot para designar unos días y otros a efectos del cómputo de plazos administrativos como hábiles e inhábiles. Estos últimos desaparecen por completo de la existencia burocrática, no cuentan, no existen, son agujeros negros del mundo laboral, se hallan exentos de los contenidos positivos de las jornadas ordinarias. Desde cierta perspectiva, los días festivos se encuentran íntimamente ligados al mundo del trabajo como su complemento necesario: son días de recomposición de fuerzas y energías, necesarios e imprescindibles para la reactivación del rendimiento laboral. Desde otra muy distinta son días de libertad, Transgresión y autoorganización individual.

 

En todo caso, las modernas sociedades industriales se han ocupado muy bien de cubrir de contenidos identitarios el mundo del ocio, de ocupar y absorber ese tiempo libre a base de contenidos represivos, generando en torno al descanso toda una rama de la actividad económica: el sector servicios, inclusivo de toda la industria nacida alrededor del ocio. Pero el no-trabajo puede tener otra faz represiva movida no directamente por principios económicos sino religiosos. Me estoy refiriendo al Sábath y a La fiesta del Yon Kipur de los Judíos. La negación del trabajo, en tanto que negación, puede llegar a ser tan represiva como la determinación positiva del trabajo. Del trabajar como obligación coactiva se pasa al no trabajar como producto de una prohibición igualmente coactiva. El no trabajo en ningún caso puede llenarse de contenido positivo, la negación deja de ser determinación. Es, más que nada, negación pura y simple. En realidad, ninguna negación restrictiva, ya sea referente al trabajo (salvo el caso de la huelga que veremos más adelante), a la alimentación (ayuno) o al sexo (abstinencia sexual) se ha investido de funciones y efectos transgresores o relajadores Los cristianos, con más cordura, dirían más tarde que no se hizo el Hombre para el Sábado sino el Sábado para el Hombre.

 

Pese a todo, no se le puede negar a la fiesta su valor de medio de relajación de tensiones, de espacio, incorporado y también complementario, sin duda, al mundo de lo cotidiano, de lo idéntico y represivo. Es, por tanto, inevitable, que este medio cotidiano en el que se inserta lo festivo contagie ese tiempo de sus propios contenidos represivos e identitarios, pues al fin y al cabo lo festivo se sitúa siempre en la órbita de lo cotidiano en calidad de auxiliar suyo.

 

Cuando el Estado y la Sociedad controlan y regulan la Identidad en cierto modo lo que están haciendo es regular y controlar su propia existencia y permanencia. En aras de dicha permanencia el control de la Identidad no puede ser excesivamente rígido, ha de coexistir con zonas de elasticidad lo suficientemente amplias que admitan que se exteriorice un mínimo margen de Transgresión, el necesario que garantice un nuevo reacoplamiento sin traumas del sistema de control instituido. Por los datos que nos suministra la Historia sabemos que en el mundo antiguo se celebraron festividades religiosas que daban cabida a la orgía, el consumo incontrolado de alcohol, el desenfreno y el intercambio sexual y de status. En Grecia las Dionisia, en Roma, las Bacanales y las Saturnales. De estas últimas se cuenta que se llegaba a producir un cambio radical de Identidades. Los esclavos podían hacerse pasar por amos y viceversa. Mediante la orgía se permitía incluso trastocar el sistema de Identidades en lo atinente a la reglamentación misma de las instituciones matrimoniales y sexuales. Era frecuente el intercambio de papeles y roles sexuales. Señores por criados, criados por señores, hombres por mujeres, mujeres por hombres. Todo lo cual da una sensación de haber puesto el mundo al revés, una auténtica inversión identitaria: Bajo la Edad Media eran comunes las representaciones sacrílegas permitidas precisamente por su ejecución en un contexto de festividades religiosas. Destacaba la fiesta de los locos, donde se ocupaban los recintos de las catedrales por falsos clérigos disfrazados que de forma bufa imitaban al papa, obispos y cardenales, ocupando el coro, incluso el altar se convierte en mesa de banquete. Algo parecido sucedía con la fiesta del asno, conmemoración en clave bufa de la huida a Egipto que culminaba en la identificación del asno con la figura de Cristo.

 

La fiesta carnavalesca reemplaza el día por la noche, el recinto privado por la calle abierta a las miradas y propicia al azar, la mediocre condición real por el rol desempeñado por la identificación con personajes prestigiosos, la indigencia cotidiana por el lujo artificial. Conmociona los ordenamientos sociales a merced de los encuentros y la conjunción insólita de los personajes imitados; crea una comunidad lúdica efímera donde todo se hace posible, donde las jerarquías y las convenciones de la vida diaria se disuelven;10

 

La Transgresión de la Identidad es aquí vista como una válvula de escape, ese mecanismo mediante el cual una cultura represiva e identificadora se ve obligada a ser permisiva en ciertas ocasiones y a brindar a los individuos la posibilidad de des-identificarse, de cubrirse en el anonimato o bajo la máscara de un disfraz o de una sustancia psicotrópica. No es casual que las situaciones desinhibitorias y des-identificadoras vayan acompañadas de una explosión de alegría incontrolada y de un motivo festivo.

 

En las carnestolendas afloran por doquier los instintos reprimidos, aquellas tendencias ocultas que por miedo y temor a ser objeto de represalias, ya sea en la forma de descrédito o sanción social, no pueden manifestarse abiertamente en la vida cotidiana. Lo más curioso es observar como en una sociedad como esta, tan celosa de la vigilancia de los roles masculinos, - tan machista, hablando en términos vulgares, - una enorme cantidad de varones aprovecha el Carnaval para travestirse o disfrazarse de mujeres. En esa ocasión encuentran el medio de dar rienda suelta a sus más recónditos impulsos sin tener por ello que ser objeto de rechazo social sino todo lo contrario, provocando hilaridad y aplausos en el público que los observa.

 

Algo que verdaderamente llama la atención del espíritu transgresor del Carnaval es su misma culminación en martes de Carnaval. El Carnaval muere escenificando una visión cómica de la muerte en un falso entierro simbólico, ya sea de la sardina, ya sea del choco, ya sea de la almeja o de quien quiera que sea. En todo caso, la teatral puesta en escena de una falsa muerte, de un falso entierro, de unos falsos dolientes, nos da la justa medida de cual es la dimensión del significado del Carnaval como fenómeno lúdico que crea durante el mes de febrero un tiempo y un espacio propios de reinado de lo imaginario donde el factor juego y simulación ocupan un primerísimo lugar. Los personajes se posicionan ante un microcosmos de Transgresión, simulación y juego que siquiera se detiene ante la muerte, a la que evoca en su propio lenguaje. Es como si la Transgresión alcanzara al último espacio donde no es posible llegar, el punto tabú, invirtiendo en cómico un acontecimiento trágico hasta el punto de convertir la muerte en un motivo de burla. La muerte, como eliminación última de toda Identidad, se asocia, en condiciones normales, al refuerzo de los mecanismos identitarios sobre todo en relación al finado (se le habla, se pide por su alma, se le da presencia en sus funerales ...), la ritualización misma de todo funeral puede interpretarse como un sistema de compensación social de un hecho catastrófico e irreversible como es el de la muerte. Sin embargo, el Carnaval desaparece riéndose de si mismo, riéndose de la muerte, como si quisiera dejar expédito el camino a una nueva etapa caracterizada por el sentimiento trágico, restrictivo de la muerte.

Se suele partir de una visión del Carnaval a mi entender un tanto errónea. Pese a ser esta la única fiesta, netamente profana, sin motivación religiosa alguna que la fundamente que ha sobrevivido en el mundo cristiano no se puede considerar por ello que se trate de una pervivencia de cultos paganos. En el mundo judío existe también su propio carnaval sin que a este hayan tenido que hacer alusión sus textos sagrados. En ello coincido con la apreciación de Caro Baroja. De hecho, advertimos que su ubicación temporal está perfectamente sincronizada en el año cristiano, entre las fiestas familiares navideñas y la represiva Cuaresma. Muchos ven en el Carnaval un preludio a la Cuaresma, como un periodo de permisividad y relajación preparatorio del posterior, cargado de ayunos y privaciones. No hay represión sin relajación si es que la represión pretende ser duradera. Sin Carnaval no hay Cuaresma y viceversa. El desenfreno carnavalesco cumple el papel de una Transgresión controlada capaz de alterar la monotonía cotidiana, de cargar de energías la etapa de ayunos y restricciones que se inicia en la Cuaresma y culmina en la Semana Santa. Y nuevamente llega otra reposición de energías y vitalidad con las fiestas de primavera y verano, romerías evocadoras de la fertilidad de la tierra, de las crecidas de los ríos o de las cosechas abundantes cerrándose dicho ciclo con el mes de difuntos. El hecho de que el Carnaval no gire en torno a motivos religiosos como las restantes festividades del año, de que no esté ritualmente regulado tal y como pudiera suceder en las antiguas Saturnales, Bacanales o Dionisia, se puede imputar a la peculiar idiosincrasia del cristianismo. Sin embargo ha subsistido a lo largo de la historia como complemento necesario de las fiestas cristianas. Para comprender el fenómeno habría que rechazar dos tipos de nociones. La primera, que concibe el folklore como un todo dotado de una coherencia interna uniforme asimilada del entorno cultural y la segunda, que lo imagina como un conjunto de supervivencias del pasado superpuestas, es decir, como un crisol incongruente al que confluyen antiguas tradiciones que unidas sin relación mutua en el tiempo presente nos han dejado por la fuerza de la tradición un entramado de retales difícil de descifrar.

 

El mundo cristiano se ha caracterizado, ya desde el siglo IV, por su radical intolerancia hacia cualquier supervivencia del paganismo. A la par que enterraba determinados cultos paganos , disfrazaba otros de advocación cristiana. Sin embargo, un motivo festivo como el del Carnaval no era susceptible de ser disfrazado bajo ningún caparazón religioso de índole cristiana (el cristianismo maldice la fiesta y la diversión como manifestaciones satánicas de lujuria y ardor carnal). Sin embargo, se acopló perfectamente en el ensamblaje cultural de la cristiandad. En este punto no pueden entrar en aplicación las ideas comunes que nos formamos sobre tolerancia e intolerancia como principios que informan estilos de gobernar. Su pervivencia a lo largo de la Historia no podemos atribuirla sin más a una presunta tolerancia existente en el medio cristiano medieval. No se trata de una cuestión de tolerancia sino más bien de supervivencia. Podemos asegurar que el Carnaval, de no haber existido habría habido que inventarlo. Toda sociedad represiva gira en torno a un nudo al que convergen las tensiones que ella misma genera. Pero una tensión excesiva pronto amenaza con romper las cadenas, es decir, con hacer estallar el sistema en mil pedazos.

 

Los arquitectos e ingenieros saben muy bien que toda estructura, por muy firme y sólida que fuere, para asegurar su futura viabilidad, ha de contar con cierto margen de tolerancia y elasticidad: sin juntas de dilatación, puentes y edificios se resquebrajarían a consecuencia de las variaciones térmicas. En Japón, área de frecuentes terremotos, se sabe desde hace tiempo que el secreto de la resistencia a los movimientos sísmicos de los edificios e instalaciones no radica en su rigidez sino en su tolerancia, en un grado de elasticidad capaz de contrarrestar los efectos del terremoto. Y si hablamos de automoción, los diseñadores de coches conocen a la perfección la importancia de los elementos elásticos del vehículo, cubiertas y amortiguadores, decisiva para que en un camino de baches no se dañen otros elementos básicos del aparato: bielas, sistema de transmisión, ejes, llantas, etc. Resistencia no implica rigidez ni dureza: todos saben muy bien que tipo de caída aguanta mejor el impacto del suelo, la de una bandeja de porcelana o la de una pelota de goma.

 

El Carnaval pudo muy bien haber sido útil para reducir las tensiones propias de una sociedad fuertemente represiva, estamental e identitaria. No cabía advocación ni disfraz cristiano posible para una fiesta cuya base era precisamente el disfraz y la Transgresión de la Identidad.

 

Sin duda, ha habido periodos recientes de prohibición y de intolerancia del Carnaval, como el de la dictadura franquista. Sin embargo, esta no pudo hacer nada en aquellas zonas donde la tradición del Carnaval contaba con un fuerte arraigo popular tal y como sucedió en Cádiz y en Tenerife. El Carnaval surge como una manifestación espontánea, como una válvula de escape imprescindible susceptible de acoplarse a un determinado sistema represivo.

 

Tras la larga noche franquista, que interrumpió violentamente la tradición de los Carnavales, los intentos oficiales por rescatarlo solo podían abocar al más rotundo de los fracasos. Difícilmente la Fiesta de la Transgresión por excelencia podía acomodarse a las directrices de los Ministerios, Consejerías o Concejalías de Cultura o Turismo. Tan solo se ha producido un resurgir ficticio, oficializado y subvencionado, movido, en el mejor de los casos, por el puro voluntarismo de sus participantes y patrocinadores. Aún así, el poder no puede renunciar a su más recóndito deseo de controlar la Transgresión. Canal Sur Televisión emite en esas fechas, ocupando gran parte del horario de su programación, los Carnavales de Cádiz. Realmente no emite los Carnavales de Cádiz, tan solo su versión oficial canalizada en las distintas chirigotas y comparsas oficiales y profesionales que acuden a interpretar ordenadamente un repertorio super-ensayado en el ámbito domesticado de un teatro gaditano11. Los mecanismos identitarios cobran su máxima relevancia desde el mismo momento en que a lo que concurren tan domesticadas y profesionales agrupaciones es a optar a un premio oficial, es decir, participan sujetándose a un sistema de baremos, cánones y parámetros oficialmente instituídos dentro de un sistema determinado por la competitividad. A medida que se instituye la lógica del premio, de la competencia y de la rivalidad -, conforme a unos parámetros estéticos oficialmente dirigidos,- se va desvaneciendo el elemento lúdico, espontáneo y transgresor de la fiesta, se expropian los carnavales de la libre espontaneidad de la colectividad para dejarlos en manos de restringidas agrupaciones a los que en el argot al uso se les llama legales u oficiales por oposición a las llamadas ilegales (todo un contrasentido tratándose de Carnaval). Las retransmisiones de Carnaval del Canal Sur vienen a ser algo así como la descarnavalización del Carnaval, una vez le ha sido extirpado su elemento transgresor, espontáneo, público y callejero.

 

Por otra parte, la Transgresión se integra en el sistema oficial por otras vías: las llamadas peñas carnavaleras, agrupaciones debidamente constituidas e inscritas en los registros oficiales como asociaciones de interés cultural, no solo se sujetan a los condicionantes de los certámenes convocados para interpretar de forma ordenada su repertorio, sino que además se hacen acreedores de los sistemas de subvenciones oficiales destinados a elevar la profesionalidad de tales grupos y conjuntos a medida que su espontaneidad crítica y transgresora va menguando. La fuerza de la Identidad se ha acabado imponiendo sobre la de la Transgresión. Nunca se había visto, como en el momento presente, tal grado de institucionalización y oficialización del Carnaval, hasta tal punto que ya es difícil distinguirlo de las fiestas municipales organizadas por las respectivas concejalías de festejos o de las atracciones de interés turístico (o, lo que viene a ser lo mismo, de interés económico) tipo Disneylandia.

 

El Carnaval clásico, muy a pesar de lo que verbalmente declaren las administraciones implicadas, es imposible rescatarlo. En el mejor de los casos solo quedarán esos sucedáneos oficializados a los que me he referido anteriormente. El moderno Estado Laico, caracterizado por el establecimiento de un sistema generatriz de Identidades flexibles, ha alterado profundamente la distribución de los tiempos y espacios de lo represivo y de lo festivo, constituyendose toda una red de válvulas de escape a las represiones generadas por el entorno laboral y personal. Las tradiciones, nacidas de contextos socioeconómicos distintos al presente y empujadas en la actualidad por su propia inercia (la inercia puede ser en el mundo social, a diferencia que en el mundo físico, un mecanismo muy dinámico , erigiendose como motor de si mismo), una vez interrumpidas, no pueden resurgir sobre unas premisas radicalmente distintas a las que tuvieron lugar en su aparición. Mas aún cuando el sistema presente se ha dotado de unos mecanismos de Transgresión propios que si bien a veces pueden, no siempre tienen porqué superponerse a los mecanismos pretéritos. La fiesta casi nunca se inventa, mas bien surge por sí misma. Nace la necesidad, nace la fiesta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IX. LOS DOMINIOS DE LA TRANSGRESIÓN (5) TRANSGRESIONES REGULADAS: LAS FESTIVIDADES RELIGIOSAS

 

LA IDENTIDAD SE APODERA DE LA TRANSGRESIÓN, LA TRANSGRESIÓN DESBORDA LA IDENTIDAD: EL CASO DE LAS FIESTAS RELIGIOSAS Y LAS ROMERÍAS:

 

 

La Transgresión casi siempre aparece en sus comienzos como un medio espontáneo de reacción-agresión a un universo identitario institucionalizado, de modo que solo puede ser informe, desorganizada y atemporal. Sin embargo, la Identidad pronto acaba hincándole sus dientes. La Transgresión se asimila y acaba encajándose en el sistema identitario. No solo se encaja, también se dota de contenido, de forma, de tiempo, de límites, en suma, de Identidad propiamente dicha. La Transgresión institucionalizada e identificada se controla exactamente igual que los demás elementos integrantes del sistema de Identidades establecidas desde el mismo momento en que se la incorpora a un calendario de fiestas, celebraciones y conmemoraciones. Las dosis de Transgresión institucionalizada han de ser en todo momento las suficientes como para permitir el funcionamiento a su justo rendimiento del engranaje represivo.

 

Cuando una fiesta se organiza y se programa con la debida antelación ya se le están extirpando de antemano sus elementos propiamente festivos, a saber, lo que en ella pudiera haber de espontaneidad y Transgresión. Los Ayuntamientos concretan a la perfección la estructura de toda verbena o de todo Carnaval. Un Programa elaborado por una Concejalía de Festejos se encarga de fijar la fecha de su inicio, en qué van a consistir sus actos inaugurales, su desarrollo, el lugar donde ha de ubicarse el recinto ferial, se detalla al milímetro el recorrido de la cabalgata, así como su clímax final, - dentro de la estructura orgásmica de la que obligadamente ha de dotarse todo evento festivo,- con su traca y fuegos artificiales que ponen fin a las fiestas. En definitiva, se controlan y regulan las formas y medios de diversión del mismo modo que se pudiera controlar y regular la jornada de trabajo. La fiesta deja de ser fiesta desde el mismo momento en que se sujeta a unos límites espaciales y temporales y se la estructura fase a fase, de etapa a etapa de forma previsible y definida.

 

Pero la Transgresión acaba vengándose. Se la puede encerrar en marcos identitarios e institucionales. Sin embargo, de un momento a otro, acabará desbordando, dentro de sus limitados márgenes de reacción, sus estrictos límites institucionales. La historia y el desarrollo de las Romerías de Primavera puede ser significativa. El cristianismo pretendió absorber las distintas fiestas y celebraciones evocadoras de la Primavera del medio mediterráneo sustituyendo la invocación a los dioses o a las diosas de la fertilidad locales e instituyendo en su lugar el culto a deidades cristianas, vírgenes y santos. Sin embargo, los dioses y diosas paganos no tardaron en vengarse.

 

Las Romerías y demás fiestas evocadoras de la Primavera se apartan del modelo general de lo que comúnmente se entiende como una celebración propiamente católica. La única conmemoración puramente cristiana, concordada genealógicamente con la de la Pascua Judía (al fin y al cabo el cristianismo es descendiente directo del judaísmo), es la de la Cuaresma y Semana Santa. Ya se sabe que la Navidad no es de origen cristiano, y se cuenta entre las celebraciones coetáneas asimiladas por el cristianismo (los Natali Solis Invicti mitraicos) . Pese a que la Semana Santa como tal procede del periodo barroco y del espíritu de la Contrarreforma, incorpora a su estructura las penitencias y los vía crucis medievales, la mortificación y el sacrificio que con ocasión de las epidemias de peste y de la angustia milenarista se representaban con ánimo expiatorio. Su antecedente mistérico lo han hallado los historiadores en los festivales de Atis, dios de la vegetación y amante y a la par hijo de Cibeles, la diosa madre. Los citados festejos, llamados dendroforía, coincidían con el equinoccio de primavera (últimos días de marzo), se iniciaban con una procesión que salía del monte Palatino donde tras el Archigalli marchaban los Galli o Coribantes, los cofrades canóforos, portando cañas, y los cofrades dendróforos, portando ramas de árboles (sería algo así como el equivalente al Domingo de Ramos). El día del sacrificio de Atis (su autoemasculación) se celebraba el dies Sanguis (día de la sangre) donde los sacerdotes se infligían todo tipo de mortificación y autoflagelación, llegando algunos hasta la auto-castración (el equivalente al Viernes Santo) y al tercer día llegaban los Hilaria, día de regocijo por la resurrección de Atis12 El marco estrictamente religioso bajo el que se desenvuelve la convierte en una ceremonia o celebración enormemente represiva y restrictiva con toda la carga de necrofilia que caracteriza a la escenografía católica. Las procesiones desfilan al compás, al ritmo de una marcha militar (los pasos de los costaleros son meticulosamente ensayados a lo largo de todo el año), al son de instrumentos de metal (característicos de las bandas militares) y de instrumentos de percusión que dirigen el ritmo de la marcha. Es la escenificación de una auténtica marcha fúnebre, de un entierro en toda regla -por otra parte, no existe gran diferencia entre portar el paso a hombros y llevar el ataúd. Las cadenas, los cirios y los pies ensangrentados, por lo demás, son expresión fehaciente del cuadro en el que se desarrolla una escenografía propiamente católica, puramente represiva. Al fin y al cabo el cristianismo hereda del judaísmo ese sentido no transgresivo, muy al contrario, represivo, de la fiesta como imposición restrictiva perfectamente reglamentada. La pascua judía y cristiana comparten el ayuno, la abstinencia y las restricciones.

 

Sin embargo, las Romerías de Primavera son algo bien distinto. Se trata, más que nada, de fiestas cargadas de jolgorio donde se baila y bebe hasta la extenuación, algo que sin resultar muy del agrado de la Institución Eclesiástica se tolera sin más. Los obispados, incapaces de prohibir, aunque también de regular, las romerías existentes, se niegan rotundamente a autorizar las nuevas Ermitas que se levantan en los pueblos por doquier para celebrar nuevas Romerías o a que dichas celebraciones festivas se superpongan a la Semana Santa, la fiesta católica por excelencia. La institucionalización (la asignación de una Identidad católica) de tales fiestas ha sido un arma de doble filo: lo que por un lado se cristianizaba en el plano nominal por el otro no se impedía que mostraran su auténtico aspecto y dimensión transgresora.

 

Con independencia de la afiliación pagana o cristiana de las Diosas de Primavera, su culto se inscribe en una fase del calendario propio de las culturas agrícolas, caracterizado por la sucesión de ciclos alternos de lo festivo y lo represivo, de los tiempos de tensión y relajación consecutiva, de la distribución de los momentos de Identidad y Transgresión, lo que ya hemos visto al tratar el tema del Carnaval.

 

Como decía, las diosas paganas de la fertilidad, las Cibeles, Venus, Afroditas, Ceres, Isis y Astartés, junto a cientos de diosas locales autóctonas, que pululan por millares por las ermitas y santuarios de nuestra península escondidas bajo la común Identidad de la Virgen María, se rebelan contra esa misma Identidad, no quieren ser diosas vírgenes, puras, inmaculadas, castas, tristes, ni portadoras de los restantes atributos asociados a la represión y a las restricciones. Quieren, muy por el contrario, ser diosas fértiles, fecundas, promiscuas, vitales y alegres, como la misma naturaleza que estalla en riqueza y colorido en primavera, y por tal motivo desencadenan a su alrededor la orgía diurna y nocturna, el desenfreno y las pasiones incontroladas. No exigen de sus feligreses sacrificios y restricciones sino todo lo contrario, la plena satisfacción de los placeres carnales en sentido amplio, ya sea en el vino y en la comida abundante, en los bailes ruidosos y extenuantes o en la oscuridad de la noche bajo los pinares. Hay Romerías, como el Rocío, donde los homosexuales, como descendientes de los sacerdotes eunucos del dios Atis, ocupan un destacado protagonismo, que incluso es fomentado13.

 

El control institucional es en este caso mínimo, se limita al que establece la Hermandad para la procesión del Santo,- muy distinta a las estrictas reglamentaciones que imponen las Cofradías de Semana Santa-, donde los romeros marchan de modo distendido, al son de la flauta y el tamboril, en sus carrozas y caballos bota de vino en mano. Tal es el espíritu transgresor que impregna una fiesta romera que sé de algunos pueblos, como San Bartolomé de la Torre (Huelva), que celebran sus romerías sin ermita y sin santo. El elemento festivo ha llegado hasta el extremo de superar, desbordar y desplazar al elemento festivo-religioso propiamente dicho.

 

El entorno elegido por las Romerías no es casual ni mucho menos. Es altamente significativo que se escoja un escenario sin escenario, el medio natural, los pinares y romerales que rodean la Ermita o el Santuario erigido en honor al Santo, alejados - con sus múltiples recovecos y escondrijos- de los sistemas de control que imponen la estructuras geométricas que caracterizan el contorno de un pueblo o de una ciudad14. Se trata de un entorno altamente transgresor en el sentido fuerte del término, al que me refería al principio del capítulo, como marco idóneo de encuentro con el mundo de esos instintos que han sido reprimidos por el la fuerza del identitarismo social.

 

La danza propia de la Romería, la Sevillana, curiosamente reproduce un cierto tipo de ritual de cortejo amoroso donde se escenifica una superposición de pautas motoras de exhibición de la hembra y de correlativo acoso del macho. Durante casi todo el tiempo se evita el contacto directo, suplido por la exhibición corporal mutua dentro de una sucesión de movimientos asimétricos alternativos de acoso-incitación guiados por movimientos circulares, de rotación sobre sí misma de la hembra y de traslación en torno a la hembra por el macho (muy característicos de los rituales de cortejo y apareamiento de ciertas especies de peces y aves) que en los últimos compases acaban coordinándose sincrónicamente. La indumentaria utilizada para esta ocasión tiende a destacar al máximo el dimorfismo sexual, resaltándose el exhibicionismo de la hembra mediante la bata rociera o el traje de gitana, un atuendo elaborado ad hoc, de vivo colorido y confeccionado a base de gran variedad de pliegues, encajes y ajustes corporales (que pudiera imitar los plumajes de vivo colorido de algunas especies de aves, como los pavos reales o mimetizar cierto tipo de flores, como los claveles) . Se puede considerar ésta como una danza de primavera, cuyo valor zoológico análoga a los múltiples rituales de apareamiento que se suceden en el medio natural durante esa misma estación. El encuentro con la naturaleza y con el instinto queda perfectamente escenificado en este tipo de folklore.

 

Anejo a la Romería habría que apuntar un fenómeno sociológico que no carece de interés. Los caballos y las monturas conceden al romero la posibilidad de escenificar una transferencia de roles sociales en el plano estético (imaginario). El aldeano, peón o jornalero agrícola, montado a la grupa de su lustroso caballo, vestido de un atuendo para la ocasión, sombrero cordobés y zajones en ristre, siente el privilegio de contemplar, por espacio de dos o tres días, el mundo desde arriba, exactamente igual que el señorito andaluz. La transferencia social se ha consumado desde el mismo momento en que para ante la puerta de la caseta y, sin bajarse del caballo, le sirven una copa de Jerez o de Manzanilla que saborea con enorme fruición. Por unos días ha dejado de ser el campesino humilde y encorvado que día a día ha de ganarse el jornal, para tener el privilegio de sentirse todo un señorito; su caballo trota con elegancia, monta erguido y contento, recorre el recinto al tiempo que hace a los presentes toda una exhibición de doma vaquera y alta escuela.

 

La romería facilita al humilde jornalero el disfrute de todo aquello que le está prohibido durante el resto del año, de todo lo que siempre ha sido privilegio exclusivo del señorito andaluz: pasearse a caballo frente a la concurrencia, beber fino, bailar sevillanas (que, no lo olvidemos, es un baile de señoritos sevillanos) y gozar de la orgía tolerada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

X. LOS DOMINIOS DE LA TRANSGRESIÓN (6) TRANSGRESIONES REGULADAS: FÚTBOL Y ESPECTÁCULOS DEPORTIVOS

 

 

El fútbol, de no haber existido, quizá hubiera habido que inventarlo. Resulta muy fácil criticar, desde una postura elitista e intelectualista, los fenómenos de masas como fenómenos de alienación y embrutecimiento colectivo. Lo que no se puede esperar en modo alguno es que las masas, tras su monótona y gris semana laboral, se encierren en las bibliotecas a leer atentamente la Crítica de la Razón Pura de Kant, los Diálogos de Platón o el Ulises de Joyce o que deleiten su espíritu en la sala de conciertos mientras escuchan la Incompleta de Schubert o la Sinfonía Heroica de Beethoven. Como vengo afirmando reiteradamente, toda estructura represiva precisa de una transgresión a su justa medida.

 

La transgresión regulada tiene muchos nombres: evasión de la realidad, entretenimiento, ocio, diversión o espectáculo. La transgresión en cierto modo nos ayuda a vivir. El hecho de que el Capital haya convertido o integrado la transgresión como negocio y fuente de pingües beneficios no invalida el hecho sustancial de que los grandes espectáculos de masas, y en particular los deportivos, sean parte esencial de la existencia humana. Incluso el hecho mismo de que el fútbol, como transgresión identitarizadora, intervenga como un agente activo en la construcción e intensificación del sentido identitario de pertenencia a la nación, no nos puede hacer pensar que su ausencia fuera a remediar esta situación: son muchas las bazas y los repuestos que tiene el nacionalismo a su alcance. Aparte de las funciones especificadas, el fútbol, como cualquier otro espectáculo deportivo de evasión, ha desempeñado un papel crucial como nexo bio-social, como punto de intersección imaginario entre nuestra animalidad y nuestra culturalidad o, simplemente, como forma de transgresión-regresión a nuestros componentes instintivos más primarios. Tampoco tiene porqué ser criticable la tendencia a la regresión a la animalidad. Es, más bien, inevitable: cuanto más intensas sean las tentativas civilizatorias de una sociedad, con tanta más fuerza surgirán esas tendencias regresivas-transgresoras.

 

Unos grupos de humanos se enfrentan a otros. Ambos se encuentran desprovistos de artilugios y otros artefactos técnicos que no sean unas botas y un balón de reglamento. Se prohíbe el uso de las manos, de esos órganos prensiles que tan necesarios nos son en la vida cotidiana y que tan decisivo papel desempeñaron en nuestro proceso de hominización. Es como si se penalizaran las facultades orgánicas que en su momento conectaron a homo sapiens con la cultura. Cada equipo cuenta exclusivamente con dos órganos prensiles, los del respectivo guardameta. Solo se juega con las piernas y con los pies, se activan los músculos de la marcha, la carrera, el salto. Solo vale la patada y el cabezazo, la persecución de un objeto al que no se le puede retener ni tocar, solo golpear con el pie. Pese a que las distintas trayectorias seguidas por el balón obedecen a las patadas y cabezazos de los jugadores, este se comporta casi como un objeto de la naturaleza que, sujeto a dos sistemas de trayectoria opuestos, adquiere su propia autonomía como un ser vivo difícil de dominar y darle caza.

 

 

 

 

REPRESENTACIÓN IMPROVISADA E IMPROVISACIÓN REPRESENTADA

 

LA REPRESENTACIÓN CONVENCIONAL (SIN IMPROVISACIÓN): Lo que caracteriza a la música y al teatro es su cualidad de representaciones creadas y producidas con anterioridad a su puesta en escena, a su conversión en espectáculo. Los actores y los intérpretes han de limitarse a conocer el papel, el texto y la partitura. El autor-creador ya no está en la escena, incluso puede haber muerto hace mucho tiempo. Los intérpretes se limitan a reproducir la obra fielmente. de ellos solo puede esperarse su capacidad de reproducción técnica y su expresividad artística aunque nunca saliéndose de los marcos y formas que dirigen la estructura general de la obra. Los actores se meten en el papel, los intérpretes se ajustan a los compases de la partitura. El margen de improvisación permitido en este caso es mínimo, el que pueda resultar de la voluntad del creador o del especial virtuosismo del intérprete. La música, sin embargo, puede fabricarse sin creador, en el sentido de que el intérprete puede hacer las veces de intérprete y creador al mismo tiempo. La música instrumental oriental no obedece al mismo esquema que la de occidente. el intérprete puede improvisar durante horas sobre la base de unos acordes y unos compases. existe un género, como el Jazz, basado enteramente en la improvisación

 

LA REPRESENTACIÓN IMPROVISADA: Vemos que el teatro en todo caso lo que hace es imitar a la vida, reproduciendo aspectos de la vida congelados. La Antígona de Sófocles se ha reproducido cientos de miles de veces y se reproducirá otros tantos cientos de miles sin que se llegue a variar ni una sola coma del argumento. Jamás veremos dos competiciones de baloncesto, boxeo o golf idénticas. La especificidad del deporte, de la competición deportiva, en calidad de juego-espectáculo, radica en la puesta en escena de un género de representación que incorpora a un mismo tiempo la aleatoriedad o incertidumbre y la creación escénica con base a unas reglas. La primera regla la establece el marco general bajo el que se desenvuelve, el escenario propiamente dicho. El tipo de competición deportiva que enfrenta dos rivales en el campo, pista, ring, etc se nos presenta como una síntesis dialéctica cuya unidad es la resultante del diferente juego de los adversarios, de la conjunción de estrategias dispares, de sus acciones y de sus correlativas reacciones, de los sistemas de defensa y de los de ataque correspondientes. La competición deportiva es todo un campo de prueba de habilidad, de táctica y de estrategia. Pone en juego los reflejos y la capacidad de respuesta, el ingenio y la capacidad de improvisación, del engaño así como de la capacidad de o dejarse engañar, de la resistencia y de la maniobra de desgaste. Se trata de toda una puesta en escena de la práctica intelectual y material humana, de su juego por la supervivencia, de las inexorables leyes del azar y de la necesidad, de las reglas que impone la vida, de la técnica como medio de sortear el azar y la incertidumbre, de una técnica que nunca impone la primacía porque a lo que ha de enfrentarse es a otra técnica que puede ser desconocida para el adversario, explotar el factor sorpresa, jugar al despiste, al agotamiento del contrario... todo está en el juego. Lógicamente todos estos elementos lo convierten en un impulsor y propagador de primer orden de pasiones y emociones humanas.

 

 

 

La representación improvisada ocupa su lugar como espacio limitado de transgresión de una sociedad civil que, definida y constituida en un principio como participativa, ha acabado amputando de sí misma las formas y mecanismos de participación alienándolos bajo las estructuras de la representación, que ha sectorializado la actividad económica y el conjunto de la vida cotidiana en compartimentos estancos, donde la vida está organizada y planificada hasta el mínimo detalle sin que se permita la más mínima improvisación.

 

Indudablemente, se ha producido un trasvase de pasiones gregarias, asociativas e identitarias, de la mano de la efectiva despolitización del mundo de la política. La política altamente burocratizada y tecnocratizada del mundo occidental ha lanzado en tropel a los ciudadanos a depositar esas antiguas pasiones

 

EL PLACEBO UNIVERSAL DE LA POLÍTICA

 

Por eso son necesarios los sucedáneos, motivos que tengan entretenida a la ciudadanía, temas a los que puedan acceder, que les permitan hablar y comunicarse entre sí partiendo de un mínimo de conocimiento de causa y que a su vez suscite pasiones partidistas ... ¿qué mejor que el fútbol? El fútbol es sin duda un sucedáneo especial, se sirve con una regularidad asombrosa, cuenta con todos los ingredientes de la política: líderes, seguidores, escudos, banderas e himnos. Los periodistas a diario acosan y recaban las interesantes declaraciones de un entrenador de fútbol semi-analfabeto con el mismo interés y la misma consideración que le pudiera corresponder a un Primer Ministro. Además, y esto es lo más importante, imprime un fuerte sentido de Identidad y de pertenencia al grupo (de hecho, los políticos nacionalistas son conscientes del papel que desempeña el fútbol en la formación de la Identidad nacional y en esa medida fomentan dicho deporte. No es, ni mucho menos, casual, que en el trasfondo de la rivalidad Real Madrid C.F. - F.C. Barcelona15 descanse la tensión entre el nacionalismo españolista y los nacionalismos periféricos). La participación del seguidor entusiasta, al igual que sucede en la alta política, resulta irrelevante en la medida en que el resultado final, hagan lo que hagan, digan lo que digan y piensen lo que piensen aparece como inmutable e independiente de sus deseos. No pueden votar ni decidir el resultado. Quizá eso sea lo que transmita más emoción y entusiasmo, la incertidumbre del resultado final. La victoria solo está en manos de los dioses: un equipo puede jugar bien y perder y otro puede jugar mal y ganar, además de que las victorias no dependen de uno solo sino también del contrincante, de la intersección de ambos, si no del eterno culpable, el árbitro. También, al igual que en la política, se transmite la alegría por el triunfo y el pesar por la derrota, la decepción y el desencanto. El fútbol es reino de la indeterminación y de la incertidumbre, del azar y de la necesidad, nadie está predestinado a ganar ni a perder, los equipos mejor dotados y equipados técnicamente, mejor coordinados y sincronizados no tienen en sus manos todas las bazas del triunfo. La improvisación juega también así como la estrategia del despiste del bando contrario. El fútbol es estrategia militar concentrada en el césped16. Juegan también los factores naturales, el tiempo y el clima. Los ejércitos regulares muy bien saben que poco o muy poco pueden hacer contra las anárquicas guerrillas, conocedoras del terreno, invisibles la mayoría de las veces y con muchas posibilidades de tender una emboscada mortífera. La estrategia futbolística, al igual que la estrategia militar, es síntesis entre planificación e improvisación, una síntesis donde difícilmente puede adivinarse donde llega lo planificado y donde empieza lo improvisado

 

El sentido de la cúspide, el del momento decisivo y decisorio, que en política se produce de tarde en tarde, solo con ocasión de las convocatorias y escrutinios electorales, en el fútbol es contínuo, se reproduce de encuentro deportivo en encuentro deportivo, que suele ser semanal, incluso diario. Pero no deja de ser un sucedáneo, un placebo que a la par que incorpora las formas y rituales propios del mundo de la política, su resultado es irrelevante para los intereses del seguidor. Y ese es, a su vez, su gran peligro. Su radical visceralidad. Como sucede con los nacionalismos no hay vasos comunicantes ni trasvase de seguidores de los clubes. El sentido de pertenencia al grupo es de otro orden distinto al racional, es de orden tribal.

 

UN CAMPO DE OBSERVACIÓN EN ETOLOGÍA

 

He de reconocer que nunca me ha interesado el fútbol en sí mismo. Cuando retransmiten un partido no es en el césped en lo que me fijo, sino en lo que hay alrededor, los espectadores. Contemplar a la hinchada en acción es todo un espectáculo, toda una puesta en acción del lenguaje gestual; muecas de todo tipo, gesticulaciones hiperbólicas, saltos de alegría, gestos de indignación, abrazos de regocijo, suspiros de alivio, vellos erizados, dientes castañeteantes, rostros en tensión fruncidos ... toda la gama de sentimientos que nos liga a nuestra animalidad mamífera: amor, odio, alegría, tristeza, entusiasmo, indignación, placer, regocijo, rabia, es como si el simio que llevamos dentro saliera de nosotros para manifestarse con entera libertad. Esa faceta de nuestra realidad, reprimida por la cultura y que se manifiesta dosificadamente en nuestra vida cotidiana, explota y se multiplica en el contacto directo con el grupo. El colectivo en estos casos puede desempeñar el mismo papel que las sustancias excitantes y alucinógenas, en calidad de protector social del éxtasis y de agente multiplicador de emociones. Las facultades de razonamiento y discernimiento retroceden en la misma medida en que el componente anímico no-racional va ocupando el puesto vacante. Las personalidades individuales se entretejen y cuasi-disuelven en el órgano colectivo hasta el punto de estructurar un sistema de gritos y movimientos acompasados grupales. La emoción vivida pone a todos de pié al unísono y los hace levantar los brazos al compás sin que una orden de fuera lo imponga. Se crea un sentimiento de grupo, colectivo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XI. LOS DOMINIOS DE LA TRANSGRESIÓN (7): ARTE, IDENTIDAD Y TRANSGRESIÓN

 

EL ARMA DE DOBLE FILO

 

Se puede asegurar sin temor a equivocarse que el arte impregna de identidad toda una sociedad, toda una época, que la época y la sociedad no son comprensibles ni identificables sin el arte que producen. También se puede asegurar sin caer en el error exactamente la tesis contraria, que la producción artística y estética, como proyección social de lo imaginario, se sitúa en el polo de la transgresión de lo real, en la inserción de los deseos de una época más allá de sus límites espaciales y temporales. La multifuncionalidad del fenómeno artístico hace que se pueda situar, por lo que a sus elementos transgresores se refiere, unas veces en el terreno de las transgresiones reguladas estudiadas en los dos apartados anteriores, entendida como mera evasión, otras, como punto de apertura de un nuevo género de realidades que exceden del ámbito de lo perceptible. El arte es factor identitario y transgresor a un mismo tiempo. Por tal motivo no es definible ni identificable más que como un elemento indisociable de nuestra propia existencia, unas veces identitaria y otras transgresora

 

 

 

IDENTIDAD, TRANSGRESIÓN Y LITERATURA

 

La conciencia de las connotaciones represivas características de todo proceso de identificación ha lanzado a la búsqueda de la no-Identidad a toda una legión de filósofos y literatos. La reacción contra los rígidos sistemas de identificación feudales y absolutistas impulsó a los ideólogos de la Ilustración a emprender la búsqueda de una Identidad natural opuesta a la Identidad artificial y ficticia imperante. El Emilio de Rousseau o el Buen Salvaje de Voltaire son, más que seres sin Identidad, individuos dotados de una Identidad distinta.

 

No deja de ser curioso que uno de los géneros literarios de más éxito, la comedia, muchas de sus tramas argumentales se basen en un juego con el principio de Identidad donde interviene directamente su Transgresión o simplemente el equívoco como motivo de hilaridad. La comedia de enredo es todo un juego de Transgresión de la Identidad. Una duplicidad de individuos hizo a Mark Twain componer su conocido cuento El Príncipe y el Mendigo, donde ese juego con la Identidad le permitió sortear la más drástica barrera social para un rol opuesto al que correspondería a su propia Identidad traspasar a sus protagonistas. Óscar Wilde basó una de sus más conocidas comedias, La importancia de llamarse Ernesto en el juego de la Identidad nominal y la inidentidad real. John Briggs y F. David Peat, reseñando a Joseph W. Meeker indican, a propósito de la diferencia entre la comedia y la tragedia en relación a la teoría del caos, que

 

La tragedia, donde el héroe se enfrenta a los dioses y es destruido en el curso de ese enfrentamiento, se valora sobre todo entre las culturas con orígenes greco-romanos. Sin embargo, la mayor parte de las otras culturas valoran los mitos y las obras que se centran en la comedia. Mientras que la tragedia tiene que ver con las luchas por el poder, la comedia se centra en los transgresores, la ambigüedad y en la confusión de los papeles. Mientras que la tragedia está abocada indefectiblemente hacia la muerte, la comedia acaba en matrimonio, una continuación de la sociedad y la fertilidad conseguida a través del engaño al destino, la ambivalencia y la confusión de fronteras y límites.17

 

 

Pero también el drama ha sabido aprovecharse de la Transgresión de la Identidad como hilo conductor de una historia Dumas, jugando con Identidades gemelares compuso el folletín El Hombre de la Máscara de Hierro, Todos hemos visto muchas veces el folletín El Prisionero de Zenda o películas sobre presidentes impostores utilizados temporalmente para salvar una crisis de gobierno:. Si siguiéramos con obras cuya trama se desarrolla en torno a la Transgresión de la Identidad como medio de superar las barreras físicas o sociales impuestas al amor la lista sería interminable. Cyrano de Bergerac, el feo y narigudo espadachín enamorado de Roxanne, avergonzado de su aspecto, oculta su Identidad en el apuesto Christian para recitar los versos que más tarde enamorarán a Roxanne. El género picaresco hispánico nos retrata en El Lazarillo de Tormes el espíritu del hidalgo castellano que quiere, a toda costa, salvar las apariencias de su mísera existencia.

 

Cervantes lleva a cabo un juego realmente magistral con el tema de la usurpación y el intercambio de Identidades. Cuando Alonso Quijano el Bueno, tomando prestado el modelo de las novelas de caballería de Amadís de Gaula, decide transformarse en Don Quijote de la Mancha, transgrede su Identidad y a su vez la de su propio mundo. Traslada la nueva Identidad a todo su medio. Una Identidad constituida por su fiel escudero Sancho, por su mismo caballo famélico Rocinante, por la campesina Aldonza a la que transforma en Dulcinea del Toboso. Transgrede la Identidad de la misma ética de la época. Se sumerge en un mundo transfigurado de elevados ideales. Mientras Sancho se coloca en el polo de conexión con el mundo real, su Identidad permanece. A medida que se van sucediendo sus aventuras y desventuras don Quijote se desengaña, adquiere su anterior Identidad de Alonso Quijano a la par que Sancho se contagia de la secuela de Transgresión dejada por Don Quijote, produciéndose en su lecho de muerte una permutación de Identidades. Cervantes hace girar su planteamiento en torno a la relación locura/cordura, como una forma de entender el cruel choque que se produce entre el mundo ideal y el mundo real, visto este último como un sistema de Identidades rígidas, formalmente establecidas. La España del Siglo de Oro se percibe como un mundo de dobles Identidades, una exigencia mínima para sortear el sistema de represión moral, política y religiosa imperante.

 

Aspecto importante a tener en cuenta de toda ficción literaria va a ser precisamente su condición de relato no-real que abre las puertas a lo imaginario, a lo deseado no realizado

 

CINEMATOGRAFÍA, IDENTIDAD Y TRANSGRESIÓN

 

El mundo del cine se hace eco de las fronteras sociales que la Identidad impone al amor en la película de Bernardo Bertolucci El Último Tango en París, donde la fructífera relación amorosa surgida bajo el anonimato de los protagonistas estalla en tragedia desde el mismo momento en el que uno de ellos intenta mostrar al otro su verdadera Identidad. La impostura, como primera fase del ciclo de seducción que abre la trama de la historia cuyo nudo conflictivo gira en torno al descubrimiento de la impostura y cuyo desenlace consiste en el restablecimiento de una Identidad renovada ha servido de argumento a miles de películas y piezas teatrales. La usurpación de Identidad para acceder a un determinado puesto puede ser sexual, profesional o de clase social. O bien, Ciudadano Kane, de Orson Wells, donde la clave de la historia radica en la Identidad impuesta al magnate que, al final de su vida, advierte que todo ha sido una impostura a la par que cita el nombre del trineo que lo ligaba a su infancia

 

 

ARTES PLÁSTICAS Y TRANSGRESIÓN

 

Parece como si la historia de las artes plásticas obedeciera a un proceso cíclico. Las fases simbólica, clásica y barroca que en nuestra época se corresponderían con el arte medieval, renacentista y barroco ya conocieron en Grecia el mismo ciclo con el periodo arcaico, clásico y helenístico.

 

Pero, llegados a mediados del siglo XIX, se inicia todo un periodo de transgresión de las formas artísticas convencionales y ya en pleno siglo XX el arte se introduce en una espiral transgresora con tendencias destructivas: el post-impresionismo, el surrealismo, el cubismo, el dadaísmo y el arte abstracto. El desesperado intento de liberar al arte de todo tipo de cánones y formas estéticas parece que no tiene límites. El arte ataca las estructuras de la percepción sensible, su interpretación constituye todo un esfuerzo de identificación de lo efectivamente plasmado, identificación, no obstante, que no siempre es posible o permisible. El arte abstracto, por ejemplo, elimina por completo el referente empírico, lo sustituye por la forma en sí, como creación propia de objetividad que no tiene por qué encontrar su equivalente en la naturaleza. El arte se despega por completo de las nociones correlativas a las

 

El arte viene a ser algo así como el alma de toda sociedad. Expresa el estado de ánimo de cada época, la tranquilidad y la armonía, pero también la desesperación, el espíritu de un mundo convulso y trágico. El arte de cada época teje al mismo tiempo su identidad espiritual. El inclasificable estilo de Goya plasma en el lienzo una España convulsa, trágica y violenta. Sus claroscuros son un informe magistral de esa España negra.

 

La transgresión en el arte como destrucción del arte es la misma historia del arte del siglo XX. Édouard Manet fue a la pintura lo que Arnold Schoenberg a la música. Ambos introdujeron inicios de transgresión en sus respectivos sistemas que llegaron a tener consecuencias inesperadas para la evolución y desarrollo posterior de la pintura y la música. Los parámetros comúnmente utilizados para medir el avance y desarrollo de la ciencia y tecnología, donde un método revolucionario abre, en principio, posibilidades ilimitadas de creación e invención no nos son de utilidad alguna si lo que pretendemos es medir el desarrollo y evolución de las artes pictóricas y musicales. La música clásica se ha extinguido hoy totalmente. Respecto de la pintura se podría asegurar lo mismo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XII. LOS DOMINIOS DE LA TRANSGRESIÓN (8) LA REVOLUCIÓN: TRANSGRESIÓN POLÍTICO-SOCIAL

 

 

CONCEPTO DE REVOLUCIÓN

 

La teoría marxista de la Revolución ha perdido toda su operatividad. La simple experiencia la refuta de modo contundente. La primera refutación, a la que ya aludí en mi trabajo “Hacia una síntesis antropológica...” se refería a la ubicación misma de las premisas y consecuencias de toda crisis social, a las que Marx aludía sumariamente en el famoso Prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política18, en un texto de marcado platonismo militante, Marx declaraba de forma rotunda:

 

Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de esa sociedad

Nada habría que objetar a esta evolucionista declaración de principios referida al movimiento general de la Historia, de no ser porque es radicalmente falsa. La Historia, tanto natural (biológica) como social, `pocas veces se ha comportado de la forma descrita. Las sociedades viejas no incuban sociedades nuevas. Lo nuevo nunca nace en el seno de lo viejo, más bien en su periferia. El Imperio Romano no fue derribado. Cayó y fue desplazado. Los cambios sociales relevantes nunca han procedido de los núcleos de los sistemas sino de sus márgenes, tanto estructurales como territoriales. La historia del mundo viviente se percibe del mismo modo. Si logramos descontaminar la historia del mundo viviente de la embriogenia (el recapitulacionismo haëckeliano) o de la informática genética nos encontraremos ante un mundo zigzagueante, desprogramado, imprevisible, catastrófico y creativo a un mismo tiempo, que da pasos en falso en unas ocasiones, que rellena huecos en otras, siempre tanteando..., en definitiva, ante un mundo desligado por completo de cualquier principio de necesidad universal, de cualquier legalidad organizadora y generadora, de cualquier movimiento de lo simple a lo complejo, de lo inferior a lo superior, en suma, de cualquier dirección encaminada hacia el progreso, con independencia de que esté o no presidida por un plan del sumo hacedor..

 

La nuclearización de los fenómenos ha sido siempre el gran enemigo de la adecuada comprensión de la Historia. En concreto, la búsqueda de una legalidad histórica, de una racionalidad inmanente a la sucesión de los fenómenos ha sido el gran dogma sobre el que se han articulado las distintas ideologías del progreso: el historicismo, el evolucionismo spenceriano o el materialismo dialéctico. El evolucionismo vulgar, el progresismo y la dialéctica materialista coinciden a la hora de despreciar el papel jugado por los factores aleatorios. Factores estos que han sido, a la postre, los agentes determinantes de las grandes transformaciones biológicas e históricas. Los núcleos, incluídos sus correlativos sistemas de contradicciones, son, a fin de cuentas, conservadores, tienden a la regulación y reajuste del sistema (en su interior no fabrican, ni mucho menos, a su sepulturero)

 

 

Sitúo en este último capítulo sobre los dominios de la Transgresión, no por casualidad precisamente, la que viene a ser la Transgresión social por excelencia. La Revolución no es, como muchas de las transgresiones antes descritas, una Transgresión incorporada a un ciclo de Identidad-Tensión y a otro de Transgresión-Distensión. Los sistemas de Transgresión aquí vistos se constituyen, a fin de cuentas, como soportes necesarios del sistema identitario en su totalidad. Son transgresiones surgidas en un marco de Identidades y, como tales, también identificadas, sujetas en cuanto a su acción y eficacia a un límite temporal o espacial. No son subversivas, son, acaso, relativamente subversivas dentro del tiempo y espacio de eficacia que les ha sido concedido. Aunque justo es reconocer que los sistemas de control identitario nunca son perfectos ni acabados. Algunas transgresiones, como la que se acaba de enunciar en el punto anterior, escapan efectivamente a la capacidad de acción de los controles institucionales aunque su eficacia y capacidad de acción se agota en la generación rebelde.

 

Existen muchos tópicos asociados al concepto de Revolución, desde los que la conciben como insurrección violenta hasta los que clasifican las revoluciones en burguesas y proletarias. La emergencia de la Revolución como insurrección violenta es solo un epifenómeno asociado al hecho más decisivo, esto es, la ineficacia de los instrumentos de control político e ideológico por parte de las clases dirigentes añadida a la voluntad de las masas de ocupar los espacios vacantes de dominio y coacción. Por otro lado, el llamado terror revolucionario, el terror jacobino o el terror rojo asoman, más que en el momento propiamente transgresor de la Revolución, en una fase ulterior, la fase identitaria.

 

La clasificación de las revoluciones en burguesas y proletarias no hace referencia al momento revolucionario y transgresor propiamente dicho sino a las clases, fracciones de clase, grupos organizados o partidos que acaban haciendo suya la causa revolucionaria, que se apropian del caos en su propio beneficio, a la par que edifican las nuevas bases identitarias. Hoy día se ha puesto en tela de juicio por un gran número de historiadores la consideración de la Revolución Francesa como una Revolución Burguesa. La Revolución como transgresión sistemática no emerge en todo tipo de sociedades. Las modernas formaciones sociales de base económica capitalista y de estructura política demo-liberal tienen una capacidad inaudita de absorber e integrar la transgresión, más aún, de dosificarla y sectorializarla, de modo que la transgresión total no tiene oportunidad de emerger globalmente, se evapora antes a través de sus múltiples poros. Sin embargo, aquellos sistemas de dominio fuertemente centralizados, impermeables a la transgresión, absolutistas, autárquicos y autocráticos, se convierten en cierto punto de su historia en caldo de cultivo idóneo para la transgresión y, por tanto, de la Revolución. Cuando el sistema entra en crisis empieza a funcionar por encima de sus límites tolerables, el incremento de la tasa de explotación normal provoca un doble efecto: a medida que la intensidad de los mecanismos represivos se incrementa, disminuye la eficacia de los sistemas ideológicos. La grieta transgresora se profundiza

 

Ninguna Revolución nace con una denominación de origen burguesa o proletaria. Más aún, la tradicional clasificación de las revoluciones en burguesas y proletarias no deja de ser un simple y puro sofisma. La revolución en sí no tiene sujeto o, si lo tiene, este está constituido por masas amorfas, desorganizadas y desestructuradas. Todas las capas sociales saltan al unísono en un estallido transgresor que se extiende como un reguero de pólvora. Lo que fundamentalmente caracteriza a una Revolución es la actividad febril de las masas. La espina dorsal de los sistemas identitarios, los ejércitos, son los primeros en sucumbir a la oleada revolucionaria. Los soldados desobedecen las órdenes de los oficiales. Las burocracias se disgregan y desarticulan. Los medios de propaganda, prensa y diarios, tampoco están a salvo: los tipógrafos añaden colas con comentarios críticos a las noticias y comentarios de los redactores antes de que estos salgan a la calle.

Las revoluciones como tales, dado su carácter de negaciones transgresoras, carecen propiamente de ideología positiva. Su ideología es básicamente negación, negación del orden, negación de la jerarquía, negación de la autoridad. Ante la fuerza de la Revolución ceden todas las barreras. Los múltiples fetiches ideológicos, políticos y económicos bajo los que se escudaba el dominio de las clases dirigentes se desploman. El Poder, el Derecho y el boato se pierden en la nada, de los dioses más temidos y poderosos ahora se burla la muchedumbre. Arden por doquier los archivos y los registros. La política deja de ser dominio exclusivo de las clases dirigentes y burocracias anexas. Todos tienen algo que hacer, que decir, que proponer. Quienes antes estaban dormidos ahora despiertan súbitamente de su largo letargo y, como por arte de magia, recobran la vitalidad que les ha sido expropiada.

 

Dejo fuera del concepto de Revolución aquellas revueltas de naturaleza religiosa o nacionalista (a las que llamaré Revoluciones de Sustrato Identitario) cuyos móviles no son precisamente transgresores sino, por el contrario, profundamente identitarios, que justifican la reivindicación concretamente en la búsqueda de la identidad perdida o aplastada a manos del adversario imperial. En este grupo quedarían incluidas la llamada Revolución Irlandesa y La Revolución Polaca, todas ellas de índole político-religiosa y, en general, la de los llamados Movimientos de Liberación Nacional del Tercer Mundo. El sustrato identitario es de tal calibre que anula y contrarresta el efecto de la acción transgresora. La diferencia está fuera de toda duda. El campesino que asaltaba el castillo del Señor para destruir sus archivos y derechos feudales durante la Grande Peur se estaba negando a sí mismo su condición de siervo y al Señor la correlativa de Señor: no pedía reducción del diezmo sino la supresión en todos sus términos de la relación identitaria feudal. No afirmaba identidades, muy por el contrario, negaba y transgredía identidades. Sin embargo, el católico irlandés, en su combate contra el inglés protestante, está reafirmando su condición de católico y de irlandés y por eso precisamente lucha, por la preservación de su identidad nacional y religiosa. Solo cuestiona el dominio y la opresión en la medida en que se trata de un dominio y de una opresión inglesa y protestante. En el caso de la Revolución Iraní de 1979 contra el Sha el sustrato identitario era de tal calibre que muy pronto relegó la transgresión a la nada, estableciéndose acto seguido un sistema regulado por rígidas instituciones religiosas.

 

La Revolución es, lo vuelvo a repetir, la Transgresión social por excelencia. No radica en la eliminación de las Identidades sin más, ni en un arrojarse a un vacío a la búsqueda del mundo de los instintos, sino en la sustitución radical de un sistema de Identidades por otro. Cuando el campo de acción de los sistemas represivos se encajona en sí mismo, cuando su rigidez los hace inmunes e impermeables a sus propias válvulas de escape y cuando los sistemas de distensión y Transgresión relativa se vuelven ineficaces como vacunas del régimen, es que ha llegado el tiempo de la Revolución. Las nuevas Identidades revolucionarias empiezan por destituir y sustituir las viejas Identidades instituidas. Su capacidad transgresora se pone de manifiesto en ese choque radical y visceral con las más sólidas y consagradas instituciones.

 

¿A QUIÉN PERTENECE LA REVOLUCIÓN?

 

La Historia académica comienza calificando y clasificando las revoluciones. Nuestra época es una época de Revoluciones. Las primeras, revoluciones burguesas, inspiradas en el ideario de las revoluciones inglesa, americana y francesa, otras, las revoluciones obreras, iniciadas en 1848 a lo largo y ancho de toda Europa, cuyos hitos más destacados serían la Comuna de París, la Semana Trágica, la Revolución de Octubre, la Revolución Húngara, China, Cubana ... No parece haber una comprensión adecuada de la Revolución. La Revolución, como fenómeno social poli-transgresor, no es susceptible de ser definido positivamente. Los factores identitarios subsiguientes son los que han impelido a los historiadores a conferirle una determinación positiva, ya sea burguesa, ya sea proletaria. La Revolución, en puridad, no pertenece a nadie. Sus agentes/efectos son las masas en sí mismas. Clases explotadas, es cierto, pero que en el acto revolucionario pierden su identidad de tales: los huelguistas dejan de ser obreros, los insurrectos dejan de ser soldados, los salteadores de castillos y mansiones dejan de ser campesinos... se niegan como tales en un solo acto, transgreden sus identidades atribuidas para, acto seguido, subvertirlas en lo más profundo. En el camino de la Revolución se pierde la estructura social y la composición social de clases: los soldados y burócratas desobedientes no se alían estratégicamente a nadie, simplemente se niegan a seguir siendo tales. ¿hace alguien la Revolución? Rotundamente no. La Revolución como torbellino producido por una fisura de la estructura, crea esas masas transgresoras que acaban destruyendo y socavando los elementos estructurales del antiguo orden que aún quedaban en pié. Las masas transgresoras auto-desprovistas de su identidad se mueven por impulsos espontáneos, nunca dirigidos.

 

A la teoría de la Revolución en sociedad le sería perfectamente aplicable la teoría del caos desarrollada por los físicos, la descomposición de los elementos

 

 

¿QUÉ SIGNIFICARÁ ESO DE QUE “HAY QUE HACER LA REVOLUCIÓN”?

 

La Revolución no es algo que se hace. En todo caso, surge, aparece y se presenta. El estallido transgresor revolucionario nunca está en manos de nadie. Escapa a la voluntad de sus actores, se constituye en epicentro propulsor de energías, convierte a las masas en los principales agentes revolucionarios. Los revolucionarios no hacen la revolución, es la revolución la que hace revolucionarios. Los antiguos conspiradores, ocultos en los sótanos de la clandestinidad, modificarán radicalmente sus destinos así como su protagonismo en la Historia a causa y en virtud de la Revolución

 

 

 

 

ANATOMÍA DE LAS REVOLUCIONES CONTEMPORÁNEAS

 

Toda Revolución político-social conoce un tiempo de Transgresión y un tiempo de Identidad. Ambos se presentan superpuestos o de modo consecutivo, según los casos. La era de efervescencia revolucionaria es una era de creatividad y Transgresión sin límites donde todo, absolutamente todo, se pone en tela de juicio y la espontaneidad de las masas se desborda. Durante ese momento no existe la organización ni los cauces, ni la jerarquía, ni la propiedad, ni el ejército, tan solo una explosión incontenida de participación de las masas sin fronteras de ningún tipo. Tal es la importancia del momento de Transgresión en el proceso revolucionario que podemos asegurar que sin Transgresión no hay Revolución. El movimiento de cambio político violento que se desenvuelve dentro de cauces exclusivamente identitarios, llámesele asonada, pronunciamiento, conjura palaciega, golpe de estado militar u ocupación es todo lo que quiera llamársele menos Revolución.

 

En la Francia Revolucionaria de 1789 se adueñó de las masas una espontaneidad transgresora sin límites. Las instituciones que espontáneamente tendieron a construir las masas fueron de democracia directa. Pronto la burguesía, ante la posibilidad de que el proceso se le fuera de las manos, empezó a generar sus propios cauces identitarios. El proceso lo describe Albert Soboul de este modo:

 

La espontaneidad revolucionaria de las masas ciudadanas y rurales sublevadas por la miseria y el complot aristocrático derrocó al Antiguo Régimen desde finales de julio de 1789, destruyó su armazón administrativo, suspendió la percepción del impuesto, municipalizó el país, liberó a las autonomías locales. Se va perfilando el aspecto de un poder popular y de la democracia directa. En París, mientras la Asamblea de Electores en los Estados Generales, por medio de su comité permanente, se apoderaba del poder municipal, los ciudadanos deliberaban y actuaban .en los sesenta distritos constituidos para las elecciones. Pronto pretendieron controlar la municipalidad: ¿no reside la soberanía en el pueblo? Al mismo tiempo que se derribaban las viejas estructuras, por un movimiento de balanceo inherente a toda revolución, surgían instituciones y una práctica política cuyo sentido objetivo no pueden escapársenos: la burguesía se esforzó, desde julio de 1789, por estabilizar la acción revolucionaria, por controlar y derivar en provecho propio el impulso espontáneo de las masas19

 

El carácter burgués de la Revolución Francesa no se encuentra en su origen sino en su impronta, es el cauce y al mismo tiempo el freno que esta clase tiende a la acción espontánea y transgresora de las masas. Por lo demás, el periodo revolucionario se distingue por la emergencia de una actividad febril de masas sin precedentes en la historia: Clubes, proliferación de múltiples formas de prensa escrita: diarios populares, octavillas, etc, son cientos los órganos y los medios de expresión de las masas, los informes y las ideas fluyen de mano en mano, algo muy lejano a las oligarquías y monopolios informativos que más tarde implantaría esta clase social.

 

Deserción masiva de los miembros de la tropa, desobediencia a los oficiales. Los antiguos distritos y secciones, que eran mucho más de lo que son las actuales circunscripciones electorales, centros a los que se acude a votar de cuatro en cuatro años, sino lugares de debate, participación y gestión ciudadana.

 

La Comuna de París de 18 de marzo de 1871 fue, tan transgresora como la Revolución de 178920, no había ejército, solo organización del pueblo en armas, sin embargo sus secuelas tuvieron menor trascendencia que esta última. La feroz represión que le puso fin a finales de mayo a manos de la contrarrevolución y del ejército francés no dió lugar a que se perfilaran tan siquiera las incipientes tendencias identitarias de inspiración blanquista.

 

La Revolución Rusa de 1917 se inició con la desarticulación de las estructuras de poder del ejército, consecuencia de la guerra, y con la aparición espontánea de formas de poder paralelas, los Soviets de Campesinos, Soldados y Obreros, donde prevalecía el sistema de adopción de decisiones asambleario. Si se puede hablar de una Revolución en Rusia en el sentido transgresor del término, esta es, por excelencia, la Revolución de Febrero de 1917, descrita elocuentemente por Marc Ferro del siguiente modo:

 

Febrero de 1917. Estalla la revolución más violenta de todos los tiempos. En unas semanas la sociedad se deshace de todos sus dirigentes: el monarca y sus hombres de leyes, la policía y los sacerdotes, los propietarios y los funcionarios, los oficiales y los amos. No hay ciudadano que no se sienta libre de decidir en cada momento su conducta y su porvenir. pronto no queda ni uno solo que no tenga en cartera un plan preparado para regenerar el país. Como lo habían anunciado los vates de la revolución, se iniciaba una nueva era en la historia de los hombres.

 

Surgió entonces, de lo más profundo de todas las Rusias, un inmenso grito de esperanza: en él se mezcla la voz de todos los desdichados, de todos los humillados. Revelaron éstos sus sufrimientos, sus ilusiones, sus sueños. Y, como en una ensoñación, vivieron unos momentos verdaderamente inolvidables.

 

En Moscú, los trabajadores obligan a sus dueños a aprender las bases del futuro Derecho obrero, en Odesa, los estudiantes dictan a su profesor un nuevo programa de Historia de las civilizaciones; en Petersburgo, los actores se zafaban del director del teatro y elegían el próximo espectáculo; en el ejército, los soldados invitaban al capellán a que asistiera a sus reuniones para que diera un sentido a la vida. Hasta los niños reivindicaron para los menores de catorce años el derecho a aprender boxeo para que los mayores les hicieran caso. Era el mundo al revés.

 

Cabe imaginar el terror de aquellos que pretendían fundamentar su autoridad en la competencia, el saber, el servicio público, o en el antiguo derecho divino.

 

Nadie había soñado con una Revolución así. Ni siquiera los sacerdotes de la misma, los bolcheviques, que se armaron de paciencia, ante la posibilidad de que el pueblo hiciese calaveradas. En marzo, al igual que todos los revolucionarios, Stalin lanzó un llamamiento a la disciplina militar; en junio Kropotkin pedía ponderación. Hacía tiempo que Máximo Gorki se irritaba porque no se volvía al trabajo: Basta de palabras - repetía - Basta de palabras.

 

Sumamente sorprendido a su regreso a Rusia, Lenin hizo caso omiso a esos socialistas. Ese naufragio le satisfacía; era preciso acabar con la antigua sociedad. En sus Tesis de abril fue uno de los pocos en alentarlo. Hubo de convencer entonces a los miembros de su propio partido de la necesidad de aprovechar el desorden para colocarse a la cabeza de las masas y crear unas nuevas instituciones socio-económicas21.

 

La Utopía se hizo realidad. Quizá haya sido ese el único período de Libertad del que haya disfrutado el Pueblo Ruso en toda su Historia (naturalmente, haciendo las salvedades pertinentes sobre la situación de guerra y desabastecimiento que asolaba al país). El panorama contrasta sobremanera con el de la Rusia de Stalin, reino de la obediencia y de la sumisión más servil imaginable. No es de extrañar que al abyecto seminarista georgiano tanto le inquietase la nueva situación creada como para lanzar, junto a otros, llamamientos a la disciplina militar.

 

El bolchevismo, que hasta entonces había permanecido al margen de la efervescencia revolucionaria de Febrero (al mismo Lenin le cogió desprevenido en su exilio de Ginebra, por lo que se apresuró a tomar en Suiza el famoso tren blindado de Finlandia que le condujera a Petrogrado) al ser la fuerza más organizada y disciplinada bien pronto pudo adueñarse del caos en su propio beneficio, asumiendo el cometido histórico de implantar una fuerte Identidad al proceso revolucionario, acorde con la ideología leninista, cuyas líneas fundamentales pasaban por una patológica desconfianza en la espontaneidad de las masas así como por la idea fija de que la Revolución solo podía ser capitaneada por una vanguardia burocrática (de revolucionarios profesionales, toda una contraditio in adiecto) monopolizadora del espíritu obrero. Lógicamente, los Soviets siguieron llamándose Soviets pero dejaron de ser realmente Soviets (la medida de la trágica paradoja histórica nos la da la visión de los acontecimientos ocurridos a raíz de la Revolución Húngara de 1956, cómo los tanques de un país llamado Unión Soviética - o sea, unión de Consejos Obreros- machacaban sin piedad los Consejos o Soviets Obreros nacidos al abrigo de la insurrección revolucionaria, y es que el nominalismo y la Historia se dan de patadas) , a la par que se pedía que todo el poder se depositase en los Soviets el poder efectivo de los mismos iba menguando. La Revolución de Febrero destruyó el sistema zarista. Los bolcheviques acometieron la tarea de volver a reconstruirlo.

 

Asombra por su ingenuidad transgresora la Revolución Mejicana de 1910-1917. En primera línea se colocarían transgresores natos: proscritos, forajidos y bandidos sin formación intelectual alguna. Villa, un peón analfabeto de Durango que huyó a la Sierra por defender a su hermana de los abusos del cacique. Zapata, peón indio de Morelos igualmente analfabeto. No, decididamente no eran revolucionarios profesionales sino hombres sencillos que en un contexto determinado hacen suya la causa de los peones y enfundan las armas contra los opresores. Carecen de conocimientos militares y de la más mínima noción de organización, sus himnos revolucionarios son famosos corridos populares mejicanos (ni La Internacional ni la Marsellesa, sino Si Adelita se fuera con otro...), algo realmente asombroso. Son hombres desconectados por completo de las tradiciones revolucionarias europeas, ya fueran la marxista o la anarquista. Su intervención fue siempre visceral, apasionada y ruda, cruel y sanguinaria en ocasiones, aunque siempre ingenua y sincera. No ansiaban el poder, así se lo confesaría Villa a John Reed. La ausencia de sed de poder será algo que los distinguirá diametralmente de los revolucionarios rusos. Sin embargo, y ese es el ejemplo de Zapata, no dudaron en coger de nuevo las armas si las expectativas políticas del gobierno impuesto por su insurrección les defraudaba.

 

En la Revolución Española de 19 de Julio de 1936 la Transgresión fue capitaneada por el movimiento anarquista. La organización del ejército regular fue sustituida por milicias sin mandos, sin capitanes ni generales, se persiguieron incesantemente todos los vestigios del antiguo orden, los mecanismos generadores de jerarquías y privilegios, personificados en los oligarcas, la burocracia y fundamentalmente en el clero, se desarticuló el sistema de propiedad privada, se colectivizaron las tierras y las fábricas y los mismos cauces institucionales del gobierno republicano quedaron anulados. El estalinismo se encargaría más tarde de implantar e imponer por la fuerza la Identidad en el bando republicano. El dilema del bando perdedor de la Guerra Civil Española escoró entre la eficiencia de un sistema militar fuertemente jerárquico e identitario similar al del bando fascista y un sistema militar fuertemente transgresor, de nula eficacia y eficiencia militar, sin mandos jerárquicos, sin decisiones centralizadas, todas a discutir y deliberar en el seno de las propias milicias. No cabe aquí plantear quien tenía razón y quien no la tenía. Los republicanos, los socialistas moderados y los comunistas solo pensaron en ganar la guerra al fascismo. Los anarquistas de la CNT y sus aliados del POUM estimaron que la prioridad era la Revolución. Sin embargo, la Revolución, exigida de inmediato por unos y postergada a la principal prioridad del logro de un objetivo militar por otros, no era una opción planificable. La Revolución no era algo sobre lo que se pudiera decidir cómo hacer, preparar o planificar, dado que en su base misma radicaba su emergencia espontánea, consecuencia de un proceso general de disgregación y desintegración de las estructuras de poder institucional político y económico. El estallido de una energía transgresora indómita, la sucesión de los acontecimientos a una velocidad vertiginosa que pudiera multiplicar por cien o por mil la de los periodos de normalidad, eran aspectos que estaban en la esencia misma del proceso revolucionario. En realidad nadie supo aprovechar la ocasión y el contexto revolucionario, que estaba ahí, con independencia de las prioridades de unos y otros, nadie supo poner en marcha la energía revolucionaria de las masas, la misma que expulsó al invasor francés tras la Guerra de la Independencia, la misma que derribó a los déspotas más consolidados y mejor armados: Luis XVI, Nicolás II, Somoza, Batista, Reza Pahlevi, Ceaucescu,

 

La llamada Revolución China de 1949 nunca fue tal Revolución. En todo caso fue el resultado de la victoria militar de un bando sobre otro, el del ejército de los comunistas de Mao Tse Tung contra el Kuomintang de Chang Kaichek, en el contexto de una guerra civil interrumpida y luego reanudada tras la invasión japonesa. Sin embargo, sí reviste los caracteres de tal la capitaneada por Sun Yat Sen en los años 20.

 

Las Revoluciones de los países del Este de Europa producidas entre los años 1989 y 1992 fueron todo un caso paradigmático. Sorprende ver cómo en la Polonia de los años ochenta el espíritu religioso se asociaba al espíritu rebelde. Los obreros de los astilleros de Gdansk entonaban la Salve, se arrodillaban y comulgaban, además de en acto de constricción, en acto de transgresión. La religiosidad, símbolo de la represión y de la esclavitud milenaria de la humanidad, se trocaba, bajo unas condiciones específicas, en acto transgresor. La transgresión que ha generado el estalinismo ha sido una transgresión profundamente pervertida en sus mismas raíces, no se ha desplomado al vacío de las grandes transgresiones revolucionarias ni al cuestionamiento radical de todas las verdades establecidas. Las revoluciones francesa, mexicana, rusa y española elevaron su grito transgresor, en mayor o menor grado, contra el clero y la religión, exponentes de los sistemas de esclavitud y postración milenaria más arcaicos y mejor consolidados de todos los tiempos, como soportes ideológicos del poder de la aristocracia y de las oligarquías. En Polonia la fuerte carga nacionalista y religiosa de la insurrección se activó como medio de rechazo tanto al régimen, que no profesaba la religión cristiana-católica sino la religión estalinista, así como a su ocupante, el Imperio Soviético.

 

Casi todas esas revueltas se activaron al máximo tras el Golpe de Dudáiev en 1991 que desencadenaría la Revolución que pusiera fin definitivamente al Régimen Soviético. Tras la abolición de la Identidad estalinista, nuevas identidades se cernieron sobre la Ex-URSS y países satélites, las identidades nacionalistas, patrocinadas esta vez por las castas sociales pertenecientes a las antiguas nomenklaturas estalinistas.

 

DIALÉCTICA DE LA REVOLUCIÓN: QUÉ ES LA REVOLUCIÓN DE LA REVOLUCIÓN Y QUÉ NO LO ES

 

Hemos visto, a propósito de la Revolución, cómo ésta se constituye históricamente como un momento de Transgresión sin límites. Sin embargo, la viabilidad revolucionaria se encuentra directamente supeditada a la génesis de nuevos cauces identitarios. Casi siempre las energías desbocadas y expansivas, de no hallar un conducto bajo el que reproducirse y regenerarse, se agotan en esa explosión inicial, son fácilmente neutralizadas y reabsorbidas por el entorno. Casi siempre acaba imponiéndose de uno u otro modo el segundo principio de la termodinámica. En cualquier caso, asimilado o no, se puede decir que el estallido siempre tiene consecuencias sobre el entorno. El Mayo Francés se podría semejar al estruendo que se produce al destapar una botella de Champagne: mucho ruido del tapón al explotar, mucha espuma, aunque desvanecido al instante. A fin de cuentas no les ha faltado razón a quienes han querido buscar un sujeto revolucionario constante, perdurable y duradero, capaz de mantener viva de forma constante la llama revolucionaria. Con el fin de dotar al movimiento revolucionario de la consistencia y permanencia necesaria se ha llegado a formular la metáfora del encendido de un motor de explosión: el movimiento transgresor intelectual representaría la chispa que enciende el motor, el movimiento obrero, el movimiento continuo de ese motor una vez puesto en marcha.

 

En cuanto a las revoluciones triunfantes, destacar que pronto se impone la Identidad, ya se trate de una Identidad renovada y alternativa, ya se trate de una Identidad con elementos prestados del pasado. La subsistencia y viabilidad futura del proceso, a fin de cuentas, solo puede garantizarla un sistema de Identidades. Y esa es la tragedia de toda Revolución. El espontaneísmo transgresor se agota en sus propios límites, tampoco existe la Transgresión de la Transgresión. Quienes en los años sesenta creyeron ver en la Revolución Cultural China una Revolución de la Revolución se desengañarían años más tarde de las falsas apariencias. En la Revolución Cultural China no hubo Transgresión alguna, tan solo lucha por el poder entre facciones rivales de la burocracia gobernante y un ajuste de cuentas burocrático a la sección perdedora disfrazado del populismo más fanático y mesiánico imaginable. La estampa callejera de la llamada Revolución Cultural China era la de la humillación de antiguos dirigentes del PCCH caídos en desgracia, ataviados de un gorro de papel y de un cartel en el que rezaba su acusación de revisionistas, hostigados sin piedad por los adolescentes y fanáticos Guardias Rojos, de modo no muy distinto a como siglos antes hiciera la Inquisición cuando mostraba en público a los condenados a llevar el sambenito. Y en esta fiebre inquisitorial no había nada que detuviera a los Guardias Rojos, hasta el punto de llegar a denunciar el efecto nocivo que pudieron tener determinados alimentos (similar al de las pócimas y los bebedizos medievales) lo suficiente como para transformar a los antiguos comunistas en revisionistas declarados (se conoce el caso de un cocinero que fue por ello encarcelado). La Revolución Cultural fue, a fin de cuentas, un proceso de centralización del poder y, de camino, de identitarización de toda la población. Al fin y al cabo, fue el equivalente chino de las purgas stalinistas de los años treinta.

 

La viabilidad de la Revolución que persevera en la Transgresión y que no construye instrumentos identitarios alternativos es, por lo demás, prácticamente nula.

 

 

EL MARXISMO: TEORÍA TRANSGRESORA Y PRÁCTICA IDENTITARIA

 

Un aspecto a destacar de las Revoluciones gira en torno a las teorías sobre la Revolución y la nueva sociedad venidera. Frente a las formulaciones de los Socialistas Utópicos, fuertemente identitarias por cuanto que se limitan a la proyección de una sociedad futura repleta de determinaciones y de contenidos, destaca la inconcreción e indeterminación de la formulación marxista. Su superioridad respecto de los socialismos utópicos no radica en su autodefinición en tanto que Socialismo Científico, sino en su fuerte componente transgresor, radicalmente inidentitario en el plano teórico. Marx se limita a establecer una única determinación negativa, la de las formas y relaciones de producción burguesas como aprisionadoras de la energía social. Ni quiere ni se atreve a definir la sociedad futura ni a entrar en la determinación de sus contenidos y la verdad es que sus escasas incursiones en ese asunto son ciertamente desafortunadas. Veamoslas:

 

PRIMERA: EL SOFISMA DEL TRABAJO LIBERADOR.-- Consideró al trabajo, libre de sus formas capitalistas, como una fuerza transgresora fuente de la liberación futura, aun cuando el trabajo es, antes que nada, la primera fuente histórica de represión social y cultural con independencia de su forma capitalista. En este punto Lafargue y Kropotkin lo superarían con creces.

 

SEGUNDA: EL SOFISMA DEL PROLETARIADO COMO GUÍA DE LA REVOLUCIÓN.- Quiso poner las riendas de la Revolución en una clase, como la trabajadora, que, se quiera o no se quiera, pertenece a la constelación burguesa y que es incapaz por definición de rebasar y mucho menos trascender el marco de realidad y realización del Modo de Producción Capitalista.

 

Cuando profetizó la abolición del Estado y el final de las clases sociales cayó en la trampa de la soteriología y apocalíptica judeo-cristiana para lo cual tuvo que señalar al Nuevo Mesías, a una clase obrera a la que se le había atribuido un rol histórico que no le correspondía. A fin de cuentas los ejercicios de imaginación literaria de los Utópicos se detenían en ese punto, excluyendo ese disparatado mecanismo mesiánico, rebautizado como científico, de transición a la revolución y al nuevo orden social. Lo que por un lado ganaba en capacidad transgresiva por el otro se tradujo en una práctica identitaria.

 

La práctica revolucionaria marxista ha sido en esencia, como acabo de afirmar, una práctica que ha acarreado unos efectos identitarios más rígidos aún que los destronados por esta última. El identitarismo de los regímenes de inspiración soviética ha alcanzado a todas las esferas de la producción social. En el arte se impuso como obligatoria una escuela tan identitaria que su mismo nombre lo indica: el realismo socialista, de unas posibilidades creativas que se agotaban en sus propios límites: cuando no se trataba de la pura apología al tirano, al régimen y a sus símbolos, había que representar tan falsas (más bien surrealistas) como idílicas escenas de trabajadores felices, de campesinos relucientes, etc. La música, aunque no parezca posible, también fue controlada, todo lo que no fueran himnos gloriosos era perseguido, los pinitos vanguardistas de ciertos compositores eran estigmatizados. Sergei Prokofiev tuvo que cambiar su estilo tras su Tercera Sinfonía, Dimitri Shostakovich hubo que adornar su Quinta Sinfonía de himnos y fanfarrias militares para así agradar a Stalin, Stravinsky jamás pudo regresar a Rusia. El cine era rigurosamente inspeccionado. Si S. M. Eisenstein, el mejor cineasta de todos los tiempos, hiciera una apología de Stalin en sus películas Alexander Nevski (retirada de las carteleras tras la firma del Pacto Germano-Soviético de 1939 y nuevamente repuesta tras la Operación Barbarroja ...¡todo al servicio de las componendas políticas del aparato! ) e Ivan El Terrible, más tarde dibujaría una sarcástica caricatura del dictador en la segunda parte de esta última, La Conjura de los Boyardos (donde recurre al color para pintar a un tirano tan cruel y degenerado como borrachín), algo que jamás se lo perdonaría Stalin. Lógicamente, cayó en desgracia. Más tarde emigraría a Holliwood, donde encontró otro tipo de censura igualmente despiadada.

 

En definitiva, el movimiento comunista ha dado origen a los regímenes más identitarios, burocráticos, estamentales, militaristas y puritanos de los últimos tiempos. La Gran Transgresión anunciada por Marx es ya pura historia. Podríamos establecer dos tipos de causas, causas próximas y causas remotas.

 

Las causas próximas de la paranoia stalinista podemos hallarlas en las primeras consecuencias de la Revolución: la Guerra Civil y la intervención extranjera que impuso el comunismo de guerra y la abolición sistemática de todo tipo de oposición. Lo que se produjo a finales de los años veinte y durante la década de los años treinta fue un paulatino proceso de institucionalización del Partido que trajo consigo la práctica aniquilación de las corrientes ideológicas internas, dotándose de unas estructuras identitarias cada vez más similares a las de un ejército o una burocracia.

Por paradójico que nos pudiera parecer, la Guerra Fría y el Bloqueo han favorecido enormemente a los regímenes estalinistas. El anti-americanismo ha sido siempre el gran parapeto de la URSS, por cuanto que todo lo que se dijera de lo que allí ocurría aparecía, a los ojos de los militantes de izquierdas occidentales, como una falsedad y una invención urdida por los aparatos de propaganda ideológica yanquis. La aversión al capitalismo y al imperialismo creó el efecto de una lente deformante que hacía que se aceptaran con la mayor benevolencia los más terribles desmanes del sistema estalinista. Las apariencias hacían ver que los problemas derivados de la falta de abastecimiento de la población fueran más bien consecuencia de la Guerra Fría, de la necesidad de acelerar el proceso de industrialización y desarrollar las fuerzas productivas en países fundamentalmente agrarios y feudales en el momento de triunfar la Revolución, del boicot occidental, etc, que de la propia irracionalidad e inercia burocrática de dichos sistemas. Asegurar esto último equivalía a convertirse automáticamente en un lacayo del Imperialismo. Sin embargo, a la vista está que el final de la Guerra Fría fue también el final del estalinismo ¿una simple coincidencia?. Si nos fijamos en otro tipo de regímenes estalinistas como el cubano descubriríamos que la ineptitud burocrática del régimen cubano empezaría a verse de forma manifiesta y a la vista de todos desde el mismo momento en el que cesara el bloqueo norteamericano, es decir, desde el mismo momento en el que no se pudiera culpar al enemigo de las calamidades de la población.. De no ser por el contrapeso del ingenio desarrollado por la población para sobrevivir a las penurias, la irracionalidad burocrática por sí misma habría hecho sucumbir a toda la población. A fin de cuentas, la capacidad de torear (transgredir) la burocracia se ha convertido, además de en un arte, en un factor básico de supervivencia con el que el régimen se ve obligado a convivir.

 

EL GRAN TRASPIÉ MARXISTA: LA REVOLUCIÓN COMO ELEMENTO DE ANÁLISIS SOCIALMENTE IDENTIFICABLE O LA SUJECIÓN DE LA REVOLUCIÓN A LAS LEYES DE LA CERTIDUMBRE

 

En cuanto a las causas remotas habría que buscarlas en distintos aspectos de la teoría revolucionaria marxista como muy bien podrán ser los que enumero a continuación:

 

1) La identificación del sujeto revolucionario. La Revolución exigía equiparse de la máxima certeza o, lo que viene a ser lo mismo, de la máxima Identidad. El marxismo clásico desconfía de las clases no estructuradas, no articuladas orgánicamente por intereses comunes, ya sea por una misma forma de vida como por una experiencia común, como lo pudiera ser el campesinado o la pequeña burguesía. Necesita de una clase con potencia organizativa, dotada de la suficiente capacidad organizativa y auto-organizativa (en la lucha diaria) como para hallarse en plena disposición de ocupar disciplinadamente el poder y construir el nuevo orden. El proceso de identificación sigue adelante: no todas las clases trabajadoras o asalariadas coinciden con el proletariado revolucionario, núcleo bajo cuya dirección han de aglutinarse las restantes clases no burguesas. La clase asalariada productiva, ligada a la producción de mercancías, directamente explotada por el capital, sería la base de la revolución. Los intelectuales solo podrían ser revolucionarios a condición de reconocer el papel dirigente de la clase obrera. Lo curioso es que este catecismo que versa sobre el papel y la función de los trabajadores en el proceso revolucionario no ha sido elaborado por proletarios precisamente. Mas aún, quienes luego han ocupado puestos de responsabilidad, los revolucionarios profesionales, siempre han sido intelectuales de extracción burguesa o pequeño burguesa. Los proletarios han sido siempre la carnaza.

 

2) La teoría de la Importación del Marxismo al Movimiento Obrero (Kautski-Lenin). El pensamiento revolucionario marxista no podía surgir por generación espontánea del seno de la clase obrera. O sea, la clase revolucionaria no podía ser una clase tan revolucionaria desde el mismo momento en que desde su interior no podía surgir ninguna teoría revolucionaria. Por eso mismo, los revolucionarios profesionales, de extracción pequeño-burguesa, ya lo he dicho antes, a fin de que el proletariado no se contaminara de ideología burguesa habían de anticiparse, inyectándole elevadas dosis de esa ideología no burguesa que había surgido en el campo de la producción teórica de intelectuales de extracción burguesa. El planteamiento parece absurdo (y es que en realidad lo es), y es que reproduce fidedignamente las bases de la escatología leninista. Lenin no creía ni un ápice en la capacidad transgresora espontánea de la clase obrera o, dicho en otras palabras, en la condición revolucionaria de los trabajadores. Desconfiaba por principio de sus instintos sindicalistas y tradeunionistas . Y lo cierto es que tenía razón. La clase obrera, como cualquier otra clase, se comporta como clase transgresora en condiciones y circunstancias muy concretas y determinadas y no porque se lo dicte su naturaleza de clase. Por tal motivo quiere efectuar una operación de acoplamiento: unir la teoría política revolucionaria marxista a las energías de la clase obrera. Al fin y al cabo, el carácter organizado y ordenado de esta clase dará a la Revolución la dirección deseada, siempre controlada, siempre dirigida, siempre encauzada..

 

3) La Dictadura del Proletariado y el Estado de Transición. El realismo identitario marxista-leninista no podía perder de vista el Estado. De este modo, la Transgresión revolucionaria acababa limitándose a la toma del Estado. De camino se cercenarían todas las posibilidades de creación de nuevos contenidos políticos, de constitución de estructuras abiertas y flexibles de participación y decisión. La cuestión del Estado y de la Dictadura del Proletariado se plantea en torno a un argumento la mar de simple: a) todo Estado es una estructura de dominio al servicio de la clase dominante. b) el Estado burgués no es otra cosa que la Dictadura de la Burguesía. c) la clase obrera, dando la vuelta a la tortilla, se constituirá en clase dominante, pero esta vez como la clase que al negar a todas las demás clases, establecería un Estado de Transición encaminado a la abolición de todo tipo de Estado y de todas las formas políticas de dominación, a sentar las bases materiales del comunismo y bla, bla, bla. ¿Qué sucedió al final? El proletariado quedó relegado en la práctica de los llamados Estados Socialistas Realmente Existentes a la categoría de mera invocación metafísica, de título mitológico de legitimación última, de significación imaginaria sobre la que descansaba dicho sistema de dominación, con el mismo valor que pudiera tener la invocación a Dios hecha por para las teocracias Talibanes y Chiitas, a la Patria hecha por los fascistas o a la Soberanía Nacional o Al Pueblo hecha por los Estados Burgueses Demo-liberales.

 

4) La Revolución vista como fenómeno a dirigir y controlar. La Revolución reviste los caracteres de una meta, de un fin en el que se han empeñado ingentes esfuerzos y luchas políticas. Supone la culminación y consecuencia necesaria de la lucha de clases. Un fin inevitable al que inevitablemente aboca y converge toda la historia de la humanidad capitalista. Está escrito. En las entrañas del modo de producción capitalista se forja una contradicción irresoluble uno de cuyos términos lo ocupa un sistema que, como hijo legítimo suyo, el socialismo, pondrá fin de una vez por todas a todos los sistemas de contradicciones propios de esta sociedad, a las tendencias belicosas y fratricidas, a su contínuo surgir y resurgir del caos (las crisis cíclicas) tan característico de este régimen. Ha llegado por fin la hora de poner orden en la Historia, de escribirla con trazos firmes, sin renglones torcidos, ha llegado la hora del socialismo. Dentro de esa maraña una clase social, la de los oprimidos sin patria y sin historia, descollará pronto en el devenir histórico. La partera del nuevo orden social está preparada, la ha preparado el mismo capitalismo para asumir su tarea histórica, no tiene nada que perder, solo sus cadenas y, cual Mesías Redentor, se liberará a sí misma y de paso al resto de la humanidad de la opresión clasista. La Revolución tiene sus propios preparadores que, encuadrados en el Partido de Vanguardia del Proletariado, esperan pacientemente el momento, y mientras tanto conciencian a los trabajadores sobre cual es (o más bien, cual ha de ser) su verdadera conciencia, luchando implacablemente contra su aburguesamiento - parece ser que el hecho de que los trabajadores sean parte integrante del Modo de Producción Capitalista, que contraten con el capitalista la venta de su fuerza de trabajo, que su trabajo genere capital, que le hagan el juego al capitalismo, como expresaría el lenguaje al uso de determinadas sectas radicales de inspiración marxista o que el mismo Marx los defina como Capital Variable, no los aburguesa. La idea de que determinadas clases se aburguesan en el sentido de que hacen propios los intereses de la burguesía es, por lo demás, bastante ramplona y nos retrotrae a la manida noción de clase en sentido subjetivo.

 

TELEOLOGÍA Y PRÁCTICA POLÍTICA

 

Y llegó la Revolución. La clase obrera habrá de permanecer a salvo de los instintos pequeñoburgueses, de su inestable diletantismo y con mano firme y decidida habrá de dirigir el proceso en alianza con los campesinos, intelectuales, etcétera, etcétera, etcétera. La primera fase será, ya lo explicó el maestro Marx en la Crítica del Programa de Gotha, la socialista donde prima el principio a cada cual según su trabajo. La organización administrativa será la estrictamente necesaria para mantener a raya al enemigo de clase para limitarse más tarde sola y exclusivamente a la administración de cosas (Engels). Se suprimirá tanto la explotación del hombre por el hombre como la plusvalía absoluta y relativa (el stajanovismo pondría de manifiesto precisamente todo lo contrario) . En todo este esquema, aún con independencia de los resultados antagónicos arrojados por la práctica stalinista, podemos advertir un claro trasfondo: la necesidad de dirigir y controlar racionalmente todo este proceso de evolución científica hacia la utopía, hacia la Transgresión final. Para ello se señalan convenientemente fases y etapas. Los maestros del marxismo criticaron ásperamente la ingenuidad de los anarquistas puesto que, según su punto de vista, el Estado no era algo que pudiera desaparecer de la noche a la mañana, que requería atravesar un proceso de extinción (lo más curioso es que la izquierda comunista o socialdemócrata de este siglo no se han distinguido precisamente por apuntar hacia la supresión paulatina del Estado sino más bien hacia todo lo contrario; los primeros, incorporando a toda la sociedad a una estructura estatal piramidal, los segundos, saturando de competencias al Estado burgués hasta el límite de sus posibilidades fiscales), proceso que, por lo demás, se encuentra cada vez más lejos. Los reductores del Estado de hoy son precisamente los enemigos jurados del socialismo, los liberales que postulan la reducción del Estado a sus funciones mínimas, las estrictamente represivas, que no quieren oír ni hablar de impuestos que graven el capital o las rentas como medio de equilibrar la balanza social y mucho menos de empresas públicas o estatales, o de servicios públicos de transporte, abastecimiento, carreteras, ferrocarriles, etc, financiados con capital estatal.

 

LA REVOLUCIÓN COMO TRANSGRESIÓN GLOBAL INCIERTA E IMPREVISIBLE

 

Aún así la Transgresión revolucionaria existe y subsiste, muy a pesar de sus domesticadores (identitarizadores) . Lo que sucede es que marcha por derroteros muy distintos a los previstos pues, como toda Transgresión, se presenta casi siempre de forma sorprendente e inesperada, imposible (afortunadamente) de planificar con antelación. No puede estar precedida de profetas ni organizadores ni Partidos de Vanguardia puntas de lanza que la puedan encauzar, enderezar o sujetarla a un sistema de Identidades. Muy por el contrario de lo que dijera Lenin, sin teoría revolucionaria sí hay práctica revolucionaria. La Revolución no es coto privado de revolucionarios profesionales, sino un dominio de Transgresión social sistemática, de auto-organización espontánea, innovadora y creativa a un mismo tiempo, caracterizada por un retroceso de las instituciones tradicionales. La Revolución nunca se ha planteado a sí misma presentarse como la culminación de una etapa, ni como el inicio de otra nueva, ni tampoco como el inevitable desenlace de una situación dada dictada por esa pretendida Ley del Progreso Histórico saturado de connotaciones animistas al que tanto culto se le rindió durante el siglo XIX, sino más que nada como una Transgresión a un sistema de Identidades agotado históricamente dada su incapacidad de absorber e integrar en sí mismo la Transgresión, cuya persistencia identitaria le ha obligado a taponar sus propias válvulas de escape generando una saturación y rigidez represiva imposible de mantener a largo plazo. Tampoco hay Ley alguna en virtud de la cual podamos suponer que el agotamiento histórico de un sistema determinado sea inevitable o una simple cuestión de tiempo. Un mismo sistema puede sobrevivir indefinidamente siempre y cuando se muestre capaz de adaptarse, de ajustar y lubricar sus piezas (espero se me perdonen las analogías mecánicas) así como de mantener los cauces de Transgresión a pleno rendimiento en situación de equilibrio con sus conductos represivos. La fatalidad se producirá en el momento en que la Identidad se superponga a la Transgresión hasta el punto de ahogarla: una Transgresión sin salida amenaza con acumularse, estallar y hacer volar el sistema en mil pedazos. Por otra parte, ninguna teoría de la contradicción se encuentra en las mismas condiciones que esta de la Identidad y Transgresión como para pronosticar un desenlace inevitable de determinada situación a corto o largo plazo.

 

Los sistemas situados en la frontera del caos pronto entran en ebullición (la imagen del agua que se pone a hervir en el cazo pude servirnos a título ilustrativo como el límite caótico que anuncia el tránsito de un estado físico a otro) y fruto de esa efervescencia es la creatividad que caracteriza a toda época revolucionaria, donde hasta el último eslabón de la sociedad se involucra de lleno en ese proceso.

 

REFORMA Y REVOLUCIÓN

 

Los dilemas o paradigmas que escoran entre la Reforma o la Revolución, entre la Reforma o la Ruptura, se inscriben precisamente en este contexto de Identidad y Transgresión. Los revolucionarios y los rupturistas temen a los reformistas y, en coherencia con ello, aseguran que emprender reformas de un sistema caducado históricamente es la única forma de asegurar su futura viabilidad. Se trataría, en suma, de cambiar para que nada cambie, lo cual no deja de ser más que una verdad a medias. Si lo que se presencia es realmente un sistema caduco es que ha agotado todas sus posibilidades históricas, inclusive las de su propia reforma. Pero reformar no tiene porqué coincidir con preservar. Un sistema antiguo puede cambiar sus elementos usados por otros nuevos sin que ello afecte para nada a su estructura. En tal caso sí nos hallaríamos ante un sistema de cambios (y recambios) netamente conservadores. Cabe igualmente la posibilidad de que su sistema inmunológico rechace de plano la incorporación de nuevos elementos y que ello lleve consigo un proceso de aniquilación recíproca. Pero también puede ocurrir que desde el mismo momento en que se incorporen elementos nuevos a una estructura antigua estos no tengan porqué intervenir como agentes equilibradores de la antigua estructura, pudiendo sus efectos ser tan distorsionantes sobre la totalidad del sistema que contribuyan al deterioro de sus mecanismos básicos, pudiendo incluso obligar a un reajuste de piezas en cadena que culmine con ese denostado cambio revolucionario que al principio se pensó evitar. Y es que el maximalismo puede traicionarse a sí mismo, lograr efectos contrarios a los perseguidos, estimular al máximo los mecanismos conservadores, identitarios y represivos del sistema.

 

FENOMENOLOGÍA DE LA REVOLUCIÓN: EXPANSIÓN TRANSGRESORA Y CONTRACCIÓN Y EXPANSIÓN IDENTITARIA

 

Para terminar, referirme a la Tragedia de toda Revolución. Una vez que ha estallado en todo su esplendor una energía transgresora indómita, esta energía se vuelve contra sí misma. En otras palabras, la imagen que ha evocado la Revolución Francesa, que no es otra que la del dios Saturno que, por miedo a ser destronado, acabó devorando a sus propios hijos. Hombres como Danton, Desmoulins, Hèbert, Robespierre y Saint Just o Trotsky, Bujarin, Kamenev o Zinoviev no pudieron imaginar que acabarían sucumbiendo bajo las garras represivas de aquel nuevo orden en cuya construcción empeñaron todas sus energías, que a medida que iban haciendo la Revolución se iban cavando su propia tumba. La Historia de las Revoluciones se halla sembrada de los destinos trágicos de sus propios artífices a manos de sí mismas. Pero la espiral identitaria post-revolucionaria acaba cerrándose incluso para aquellos que empezaron a sujetar a la Revolución a cauces identitarios estrictos. Ahí tenemos a Maximiliano Robespierre, depurador de revolucionarios impuros y poco virtuosos (del moderado Danton, del radical Hèbert), caído bajo la guillotina, ahí tenemos a León Trotsky, fundador del Ejército Rojo, artífice del Comunismo de Guerra y de las primeras medidas represivas del Estado Soviético, caído precisamente bajo el piolet clavado en su nuca a manos de un mercenario estalinista, a Nicolai Bujarin que antes de morir ejecutado en las purgas de 1936 hace toda una declaración de principios de sus convicciones comunistas . La imagen evoca la de la construcción de las antiguas pirámides egipcias donde los arquitectos que las diseñaron y esclavos que las levantaron habían de perecer en su interior una vez que estas fueran selladas con vistas a hacerlas inexpugnables e inaccesibles, evitando así el riesgo de que algún día se pudiera conocer el secreto de sus pasadizos y laberintos. La contracción identitaria, rodeada de purgas y ejecuciones en masa de revolucionarios comprometidos, peligrosos focos de transgresión, inicia un proceso que culmina en un periodo de expansión identitaria, su fase imperial propiamente dicha. Dicha fase se escenifica como un cúmulo de requerimientos institucionales, militares y burocráticos, accionados bajo un principio piramidal de unidad y centralización estricta del poder, el culto a la personalidad de quien se sitúe en su cúspide si es preciso. Napoleón Bonaparte en Francia, José V. Stalin en la URSS... ¿realmente, traicionaron la Revolución o, por el contrario, culminaron el proceso hasta sus últimas consecuencias? Para la Historia no valen los mismos juicios de valor que para el doctrinario militante. Lógicamente, los beneficiarios del proceso ven o les interesa ver siempre lo segundo. Los represaliados no pueden participar del mismo punto de vista. Solo se puede obtener una única conclusión: nadie se encuentra en condiciones de hacer suyas las esencias primigenias del momento revolucionario.

 

En Francia hay una Revolución-1 , que es la que se inicia tras la Convocatoria de los Estados Generales y culmina tras la Toma de la Bastilla en 1789 y una Revolución-2 que coincide con la fase del Terror, la reacción termidoriana y la expansión identitaria imperial. En Rusia hay una Revolución-1, la Revolución de Febrero, donde se inicia una transgresión desde abajo sin precedentes, y la Revolución-2, la que supone la toma por Lenin y los Bolcheviques del Palacio de Invierno, que no fue una Revolución propiamente dicha sino un golpe de mano por el que se aprovechaba en beneficio propio el caos reinante (el Partido Bolchevique, por lo demás, no sumaba más de 23.000 efectivos, una insignificante minoría, esa es la gran paradoja de quienes se autodenominaban como la mayoría).

 

Y es que las Revoluciones-Transgresiones desbordan por su magnitud las previsiones y expectativas de los mismos revolucionarios que, por temor a la contra-revolución o por cualquier otro motivo, casi siempre intervienen históricamente como bomberos de la llama revolucionaria. Por paradójico que nos pudiera parecer, los revolucionarios son siempre los primeros contra-revolucionarios; detestan el caos, quieren orden (por muy nuevo que sea) a toda costa, llaman a la cordura, intentan como pueden domesticar la acción de las masas, pues, en el fondo, desconfían profundamente de una espontaneidad transgresora ilimitada que pueda desbordar sus previsiones identitarias. Los revolucionarios se pasan la vida entre el hastío y el aburrimiento teorizando sobre las condiciones de la esperada Revolución y cuando esta se presenta les coge totalmente desprevenidos, sus teorizaciones se quedan pequeñas ante la magnitud del terremoto revolucionario, ante la manifestación palpable de una capacidad ilimitada de transgresión popular. Los bolcheviques, contrariamente a lo que comúnmente se cree, nunca supieron estar a la altura de los acontecimientos de la Revolución de Febrero, siempre fueron a la zaga, incluso la constitución de un poder paralelo fue tarea exclusiva de las masas sin que mediasen organizaciones políticas de ningún tipo. Las peticiones contenidas en los llamados “Cuadernos de la Revolución” superaban, con mucho, el programa mínimo bolchevique. De los mencheviques para qué hablar, se encerraron en absurdas y estúpidas teorizaciones teológicas sobre el día propicio (el desarrollo de las fuerzas productivas y la inmadurez de la sociedad rusa no la hacía a Rusia apta para la revolución por mucho que la revolución la tuvieran allí, frente a sus propias narices) La anarquía asusta, incluso a aquellos revolucionarios que se declaran a sí mismos anarquistas (ya vimos como Kropotkin llamaba a la ponderación tras los sucesos de febrero).

 

La Revolución Permanente, la Revolución que se revoluciona a sí misma, contemplada sobre el papel, siempre acaba ahogándose en la práctica. Los revolucionarios, a la vez que dan cauce a determinadas tendencias nacidas del torbellino revolucionario, estrangulan las restantes. La Francia Revolucionaria, al mismo tiempo que suprimía el diezmo, reprimía otras revueltas campesinas que amenazaban con desbordar el control de los acontecimientos.

 

El momento revolucionario hace confluir en un solo acto el compendio de transgresiones sociales existentes, su color se hace difuso, hasta el punto de hacer perder de vista la perspectiva de la identidad del transgresor. El bandolero, el proscrito y el forajido, delincuentes de derecho común, se mezcla con el revolucionario político, a veces es casi imposible distinguirlos, su meta es la misma, la transgresión del orden existente, la aniquilación de los cauces identitarios, de las instituciones políticas y económicas. El revolucionario no cree en la propiedad privada, el bandolero ni siquiera se plantea su fe o falta de fe en tal institución, se limita a practicar esa falta de respeto, ambos huyen de la misma policía, van a parar a las mismas cárceles y se les coloca ante los mismos pelotones de ejecución. Para el revolucionario la transgresión es su meta final, para el forajido es, simplemente, su medio de existencia. Pese a todo ello, el Revolucionario sabe muy bien que el forajido no es ni mucho menos un liberador, es, más bien, un opresor en potencia, un vándalo social que no produce riquezas, su instinto las parasita como cualquier otro explotador. Por todo ello, lo que cabe destacar, más que su confluencia subjetiva su coincidencia objetiva en aquellos torbellinos transgresores que son los fenómenos revolucionarios. Durante la Revolución Francesa la época llamada La Grande Peur estuvo dominada por la confluencia de salteadores y de campesinos en la invasión de castillos y mansiones feudales, en el saqueo de sus riquezas.

 

A la Revolución, que en esencia es desorganización, Lenin quiso imprimirle una férrea organización. Para Lenin el caos solo era valedero en la medida en que se convirtiera en caldo propicio de sus objetivos, por lo demás, lo detestaba profundamente.

 

Dentro del campo del pensamiento revolucionario marxista destaca como transgresora de transgresores y hereje de herejes Rosa Luxemburgo. Mientras los marxistas contemporáneos se limitaban a rumiar los textos sagrados, Rosa Luxemburgo tuvo la osadía de criticar en materia económica al mismísimo Maestro, a Karl Marx. Fué incómoda para los ortodoxos centristas de la socialdemocracia alemana, más aún para su ala derecha pero también lo fue para los bolcheviques. Criticó implacablemente el ultra-centralismo organizativo defendido por Lenin así como aquellas virtudes obreras que el revolucionario ruso exaltaba como procedentes de la organización fabril (la férrea disciplina, el instinto organizador, etc..22). Para Luxemburgo, el modelo de obrero disciplinado en el que creía Lenin era el de un esclavo, el de un amasijo de carne con pies y brazos trabajando ordenadamente para consumo del capitalista23, de modo que la propuesta de Lenin equivalía a sustituir el látigo del capital por el de la socialdemocracia, pervertir en su misma base la función de las organizaciones obreras como depositarias de la voluntad de liberación. De la Revolución Rusa critica sus aspectos más negativos, haciendo hincapié en la incoherencia en que incurrieron los bolcheviques a la hora de conceder el derecho a la autodeterminación de las naciones al mismo tiempo que se la negaban a la propia Rusia con la disolución de esa efímera Asamblea Constituyente que por no tener mayoría bolchevique (y eso que el nombre que se dió a sí misma esa fracción significa paradójicamente la mayoría) duró unas horas, del mismo modo considera que el veredicto sobre la caducidad histórica de las instituciones demo-liberales no corresponde emitirlo a los dirigentes bolcheviques sino a la propia historia, en la medida en que pueden ser o no un cauce vital de la actividad de las masas, en que puedan o no ser superadas por las organizaciones obreras propiamente dichas, los Soviets. Luxemburgo valoraba en alto grado el espontaneísmo revolucionario pero también rechazaba el mimetismo. Se opuso a la insurrección espartaquista, sabía que la situación alemana no reproducía los acontecimientos del febrero ruso de 1917, donde la reacción había quedado reducida prácticamente a la nada en virtud de un movimiento revolucionario de desobediencia civil generalizado. Sabía que, pese a los aislados focos de transgresión aparecidos a lo largo de la Alemania de posguerra, la contra-revolución mantenía firmemente sus bazas, y que los herederos del militarismo prusiano eran ahora sus antiguos socios de partido, cuya villanía comenzó con el apoyo a la guerra y culminó con el control de los resortes de la represión, eran Noske, al frente de sus Freikorps, Scheidemann, y compañía. Más por pura honestidad política para con sus camaradas que por razones tácticas o estratégicas se sumó a un movimiento que sabía de antemano que iba a ser derrotado y eso le costó la vida y ser arrojada al río Spree.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIII. IDENTIDAD Y TRANSGRESIÓN: SUS MOMENTOS DE CREATIVIDAD Y DESTRUCCIÓN EN EL PLANO INTELECTUAL

 

Identidad y Transgresión pueden ser creativas y destructivas a un mismo tiempo. Todo depende del contexto en el que operen. Sin duda, una Identidad permanentemente reproducida sin más variables que si misma camina hacia su agotamiento histórico. Por otra parte, la Transgresión por la Transgresión acaba, si no desbocándose y destruyendo cuanto encuentra a su alrededor, precipitándose al vacío, siendo absorbida por el segundo principio de la termodinámica. Pero, como habrá podido advertir el lector, no existe una Identidad ni una Transgresión absolutas. Una y otra se construyen y complementan a un mismo tiempo de sus respectivos momentos contrarios.

 

Pese a lo dicho podemos evidenciar que sin momento transgresor no se puede hablar de explosión creativa. El desarrollo del pensamiento científico de los últimos siglos se ha constituido como una pura Transgresión. De haber permanecido el pensamiento inmerso en los cauces del formalismo identitario aristotélico no se habría producido la revolución científica que hoy todos podemos palpar. Me remito a la reflexión contenida en el último ensayo de este libro sobre la ciencia contra el sentido común. De los marcos institucionales identitarios y cerrados enjauladores del pensamiento como lo son hoy día las Universidades jamás surgirá creatividad alguna o, en todo caso, más bien poca. Los grandes pensadores científicos y filosóficos que ha dado a luz la humanidad siempre han sido los mayores herejes, los apóstatas redomados, es decir, los transgresores excluídos de las identidades acaparadoras (y expropiadoras) de la sabiduría. El sistema Universitario tiene el mérito indiscutible de ser el gran burócrata de la ciencia, del pensamiento y de las culturas y , en calidad de tal, solo ha podido producir y crear un pensamiento burocratizado, escindido y debidamente seccionado en sus correspondientes compartimentos estancos. Y en realidad no podía ser de otra manera. Curiosamente, los últimos residuos de feudalismo estamental subsistentes en nuestra actual sociedad lo comparten, a partes iguales, el Ejército, la Iglesia Católica, la Judicatura y la Universidad (puede que sea una tontería recordarlo, pero aún en esos lugares la indumentaria medieval se sigue utilizando como medio de poder u ostentación: las sotanas, las túnicas, las togas, los bonetes, las puñetas, las chapas, los gorros de colores vistosos y hasta los plumeros sirven como señas de dominio y jerarquía) . Hasta tal punto que en muchas Universidades las Cátedras, como los Reinos, los Cortijos y los Títulos Nobiliarios, se heredan y transmiten de padres a hijos, estableciéndose auténticas relaciones vasalláticas entre los titulares de tan preclaras y prestigiosas instituciones y sus leales subordinados24. Al fin y al cabo la Universidad es el gran generador de identidades técnicas y profesionales, la gran factoría productora de títulos y cualificaciones oficiales. Los certificados y títulos académicos y universitarios, más que como expresiones de determinados niveles de conocimiento o cualificación profesional, intervienen como suplantadores del conocimiento y la capacidad real. Del mismo título se vale el buen y el mal profesional. Como en toda burocracia, el papel suplanta a la realidad, se le superpone hasta el punto de adquirir vida propia como una de esas presunciones identitarias indestructibles. Bajo el sistema académico burocratizado el estudiante estudia, ya no para aprender, sino para aprobar los exámenes, se busca aprobar los exámenes para obtener créditos, se buscan los créditos para obtener titulaciones, o, lo que viene a ser lo mismo, documentos y papeles acreditativos de una determinada cualificación profesional. Se estudian las disciplinas que establece un determinado plan de estudios cuyo contenido lo determina una cátedra y en una hora se decide sobre los conocimientos adquiridos durante meses de estudio. Para ejercer la profesión lo que se piden son los papeles, no los conocimientos. Al libre arbitrio del profesional está refrescar o ampliar los conocimientos adquiridos y, en el caso de que se valore dicha ampliación, lo que se vuelven a pedir son más y más papeles: masters, post-graduados, cursillos, etc. Nos hallamos sin ningún género de dudas, ante el sistema del conocimiento empapelado, esto es, aquel en el que prima la identidad atribuida por un papel sobre la identidad real y efectiva. Sin certificado o papel acreditativo no se tienen conocimientos ni aptitudes de ningún tipo. Y como en todo ciclo recursivo las implicaciones recíprocas son insoslayables, el conocimiento burocratizado solo puede generar burocracias generadoras de conocimiento burocratizado. Pero sobre la Universidad, organización corporativa, acaparadora y almacenadora de conocimientos e información, se ciernen graves peligros. Su papel de agente regulador de procesos finales de identitarización la sitúa en ese difícil punto de equilibrio al que abocan las energías transgresoras de los individuos sujetos al proceso y los rígidos marcos corporativos de transmisión del conocimiento e información. De vez en cuando esa tensión salta.

 

Ni del mandarinato universitario ni de la Academia ni de ninguna otra Institución burocratizadora de los conocimientos pudieron surgir las grandes producciones intelectuales. Los grandes filósofos y los grandes científicos han sido siempre transgresores natos. Edgar Morin señala con gran acierto que:

 

A menudo suelen ser los hijos naturales y bastardos culturales, divididos entre dos orígenes, dos etnocentrismos, dos modos de pensamiento, o los desclasados, los metecos, marranos, exiliados, los que sienten una falla en su identidad o su pertenencia, y la falla puede agrandarse hasta hacer que en ellos se desplome la creencia en el sistema oficial de Verdad. Una “mala educación”, un retraso psicológico tardíamente superado, una imperfección, un traumatismo infantil constituyen igualmente condiciones favorables para la desviación intelectual. Antes de ser expresada como tal esta puede ser vivida subjetivamente en un principio como anomia, sentimiento de “extrañeza” para con uno mismo, para con la cultura propia.

 

De este modo, Einstein, hablando de sí mismo, formuló excelentemente los sentimientos de extrañamiento, de soledad, de insatisfacción que constituyeron el fermento de su revolución intelectual.

 

Citemos las tan conocidas palabras:

 

“El adulto normal nunca se rompe la cabeza con los problemas del espacio y el tiempo. En su opinión, todo lo que hay que pensar a este propósito ya fue elaborado durante su infancia. Pero yo me desarrollé tan lentamente que no comencé a interrogarme sobre el espacio y el tiempo hasta que fui adulto. En consecuencia, he tratado el problema más a fondo de lo que hubiera hecho quien haya tenido una infancia ordinaria.”

 

“Soy un verdadero solitario que nunca perteneció en todo su corazón al estado, al país nacional, al círculo de amistades, ni siquiera a la familia restringida, y que he experimentado, respecto de todas estas ataduras, un sentimiento de extrañamiento que nunca se ha calmado”25

 

Más adelante el epistemólogo francés adelanta la siguiente conclusión

 

Anomias, desviaciones, incertidumbres, insatisfacciones, aspiraciones, contradicciones vividas suelen asociarse en una especie de fuerza torbellinesca que corroa cada vez más el pedestal del conocimiento establecido, determinando con ello una radicalización creciente del pensamiento. A partir de ahí, el pensamiento radicalizado ataca el fundamento de las teorías, los axiomas reputados de evidentes, incluso los paradigmas ocultos que gobiernan la organización de las ideas. De este modo se ven reunidas las condiciones subjetivas/objetivas de una eventual revolución del pensamiento, que instituye nuevos fundamentos o axiomas y transforma los paradigmas26

 

La capacidad de ver donde nadie ve, de mirar donde nadie mira, de transgredir lo obvio y lo que a todas luces siempre ha resultado evidente no nace, como comúnmente suele creerse, de esos genios a cuyas mentes se les atribuye una capacidad inventiva e innovadora sin precedentes, sino como una desviación del conformismo académico institucionalizado que suele reproducirse sin traumas hasta que una desviación patógena, una mutación genética, lo echa todo por tierra: los cómodos dogmas, las verdades consagradas, los métodos y los caminos. Un espíritu transgresor se templa en la inidentidad, una inidentidad que se reproduce a todos los niveles en tanto que negación-transgresión de todas y cada una de las estructuras identitarias en las que se integra el individuo: nacional, estatal, étnica, social, familiar, psíquica y personal. La creatividad de un Mozart, sin ir más lejos, pudo desplegarse por y a su vez a pesar de su inmadurez congénita, de un espíritu infantil que permaneció vivo hasta el momento de su muerte. Esa capacidad de imaginar que el adulto corrientemente reprime fue precisamente el motor de una creatividad ilimitada.

 

¿Se puede deducir de aquí la conclusión de que toda situación de marginación y desclasamiento reproducida a lo largo y a lo ancho de las distintas instancias identitarias es un generador automático de transgresiones creativas? En absoluto. Si se apuntan a dichas condiciones es solo en calidad de pre-requisitos de la Transgresión, pero la Transgresión, como no me canso de repetir, puede ser indistintamente creativa o destructiva. En el presente caso de lo que estamos tratando es de esas condiciones de transgresión que se pueden reproducir en un medio específico, el medio intelectual. Sin lugar a dudas que un transgresor cultural hasta el punto del analfabetismo (el punto cero) no se encuentra en condiciones de levantar los cimientos de ningún género de revolución científica, filosófica o estética. Para ver las cosas de un modo distinto hay que verlas primero, para dudar es imprescindible saber primero sobre qué se duda. La transgresión analfabeta de los Jémeres Rojos de Kampuchea, por poner un ejemplo, condujo finalmente al genocidio, la transgresión de los movimientos anti-maquinistas de comienzos del XIX era simple oposición, negativa y destructiva, a un nuevo orden social.

 

El pensamiento moderno se ha edificado sobre una base enormemente transgresora, la de la duda como eje metodológico. Bajo la fuerza de la duda se fueron desmoronando las obviedades aristotélicas en la misma medida en que el sentido común se iba convirtiendo en el gran adversario a abatir por los grandes transgresores de la ciencia moderna, desde Copérnico/Galileo, a Keppler, Descartes, Newton, Kant y Einstein. De esa síntesis construcción-corrosión nació el pensamiento crítico, un pensamiento cauteloso y desconfiado donde los haya, siempre desligado de las autoridades, corrientes, escuelas y jerarquías, de los principios sacrosantos y de sus vías de legitimación. El pensamiento crítico jamás ha temido sus conclusiones por mucho que acarrease la pulverización de los más elevados ideales o de los centrismos teológicos o antropológicos mejor consolidados. Y esa es precisamente su gran aportación transgresora: no se debe a nada ni a nadie, ni a las opiniones más reputadas de las más elevadas jerarquías y autoridades políticas o académicas ni a cualquier otro género de mecanismo inercial de orden institucional. Tan solo siente devoción a lo observado y a la crítica de lo exactamente observado. Pero la ciencia, transgresión de transgresiones surgida de la mirada al mundo hecha por transgresores, se constituye en transgresora no solo del universo ideológico precientífico sino de sí misma: sus propias bases, leyes y estructuras identitarias son, en virtud del método científico, continuamente puestas en cuestión, las rampas que la lanzaron a otros niveles del conocimiento se vuelven caducas, de valor exclusivamente relativo. Muchas veces debe volver sobre sus propios pasos para adentrarse en sendas desconocidas: continuamente revoca sus métodos, sus fórmulas y hasta su perspectiva de conjunto. La ciencia marcha hacia un absoluto que sabe que jamás encontrará y cada paso que de en ese sentido será el de una nueva transgresión en las estructuras de lo conocido. Pero al mismo tiempo la ciencia es, bajo cierta perspectiva, enormemente identitaria, intransigentemente identitaria: admitiendo que las sendas que a ella confluyen sean divergentes, no admite, sin embargo, que dos conclusiones opuestas sean correctas a un mismo tiempo. Habiendo surgido en el seno del librepensamiento, no permite que desde planteamientos ajenos a los suyos se la invalide. Traza de una vez y para siempre axiomas y paradigmas irrefutables, hasta el mismo Principio de Identidad. Rechaza contundentemente, no por la vía inquisitorial sino por la vía crítica, los prejuicios, las supersticiones, la teología e incluso a sus propios progenitores filosóficos; el escepticismo, el nihilismo, el relativismo y el agnosticismo. La ciencia vive inmersa en la inmensa paradoja de ser dogmática sin ser dogmática, más aún, siendo radicalmente antidogmática, aún a costa de ser el primer y único baluarte de lucha contra el dogmatismo ético, filosófico y religioso. La ciencia busca, indaga, compara, prueba y reproduce. De vez en cuando traza puentes hacia la especulación, hipótesis y conjeturas que se desvanecen en el mismo momento en que hace acto de presencia su resolución positiva. Pero la nueva ciencia, la nacida de la mecánica cuántica y el relativismo, ha planteado definitivamente un nuevo reto, un reto transgresor tanto de sí misma como de sus presupuestos identitarios. La doble naturaleza de la partícula subatómica, como onda y como corpúsculo a un mismo tiempo, a sabiendas de que la identidad de la una excluye la identidad del otro, nos sitúa ante la radical imposibilidad de operacionalizar el principio de exclusión; dos conclusiones opuestas son igualmente válidas sin que por eso dejen de oponerse. Los paradigmas cartesianos tiemblan y se tambalean, el reino de la razón ya no está siendo destronado por el misticismo sino por la misma ciencia positiva. Esa misma ciencia que se valió en sus comienzos de los axiomas y paradigmas de Descartes como medio de interpretación y explicación del mundo es la que para proseguir necesita hoy desmontarlos para articular el conocimiento sobre otro paradigma. Si forzamos un poco las cosas podemos concluir que el racionalismo ha acabado poniendo fin al propio racionalismo, que los mismos presupuestos racionalistas han construido la ciencia clásica han acabado auto-agotándose

 

En este caso podemos constatar como el lenguaje nos traiciona. Es todo un despropósito usar la misma palabra para conceptuar el Teorema de Pitágoras y el Misterio de la Santísima Trinidad. Mientras el primero consiste en la fórmula de una ecuación geométrica sin implicaciones extra-matemáticas de ningún tipo verificable tanto en cuanto a sus premisas como en cuanto a su conclusión, el Misterio de la Santísima Trinidad estriba en la formulación de una estructura teológica adaptada a las necesidades institucionales de una organización rígidamente jerarquizada que articula para su propio funcionamiento un cauce de legitimación triple en el Padre o Pantocrátor, en el Hijo o Fundador Corpóreo de la Institución en la Tierra en el acto de su llegada al mundo y en una Tercera Entidad Espiritual, el Espíritu Santo, dios mediático y de tercer orden, contínua fuente de inspiración de la Institución y de sus Jerarcas, permanente legitimador y sancionador de sus actos y nombramientos. El Teorema de Pitágoras se explica por sí mismo, el Misterio de la Santísima Trinidad solo es explicable como fuente de poder y legitimación de una institución autocrática y jerárquica, pues por sí mismo es misterio y dogma de fe.

 

El mundo identitario, el orden institucional y académico, se adapta como puede a esa oleada transgresora, nunca yendo por delante sino por detrás, tapando poros, trazando vías, sofocando lo relativo, estableciendo sistemas de acaparamiento de la ciencia en beneficio de las instituciones académicas, cátedras y universidades, situando en sus cúpulas nuevas jerarquías de autoridades y expertos. La oficialidad construye sus propios templos de la ciencia y de la cultura, los museos, auténticas puntas de lanza identitarias. La estructura de todo museo se halla informada por una tendencia patológica a dominar y apoderarse del tiempo así como a enjaular los objetos, a organizarlos-plasmarlos visualmente tras las vitrinas donde inevitablemente se les identifica: el taxón, la época, el origen, las características, etc, en una ficha que no tiene réplica. Los museos funcionan como espacios cerrados donde una colección de objetos se exponen a la vista y veneración del público. Penetrar en un museo equivale a adentrarse en un templo destinado al culto fetichista a los objetos. La ideología inspiradora de todo museo, como disposición estática de objetos, - pese a las apariencias -, poca o ninguna relación tiene con el conocimiento científico o con la estricta valoración del arte. Las modernas técnicas nos permiten fabricar copias exactas a los originales y el efecto o impacto psicológico del objeto museístico sobre el receptor puede ser el mismo que pudiera producir una copia idéntica reproducida a la misma escala. Sin embargo, el mero conocimiento de que el objeto expuesto en ese templo de culto a los objetos sagrados es el único y el genuino desprende una proyección doble en el destinatario: la puramente contemplativa de base empírica y la segunda, ya de índole metafísica-fetichista que se plasma en una síntesis de matriz empirio-misticista. Esta forma de exaltación mística de lo auténtico la podemos advertir, por ejemplo, en estas palabras del paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould:

 

Por suerte, (y no pretendo comprender porqué) la autenticidad incita al alma. El atractivo es cerebral y enteramente conceptual, en absoluto visual. Los moldes y las réplicas son ahora suficientemente indistinguibles de los originales, y nadie que no sea el experto mas avezado podrá posiblemente distinguir la diferencia. Pero un molde de la Piedra de Rosetta es yeso (por intrigante e informativo que sea), mientras que el objeto verdadero que se exhibe en el Museo Británico, es magia. Un Tyrannosaurus de fibra de vidrio merece una buena mirada; los huesos reales me hacen sentir escalofríos a lo largo de la columna vertebral, porque sé que hace 70 millones de años sostuvieron a un animal real, que respiraba y rugía.27

 

 

En el mundo de la paleoantropología de hasta mediados de este siglo dominaba el establishment británico, parapetado como estaba tras la falsificación de Piltdown. Los hallazgos sudafricanos de Taung y Swarktrans así como los de Olduvai serían inútiles mientras el hombre de Piltdown permaneciera custodiado tras las vitrinas del British Museum. El institucionalismo académico imperial británico frenó como pudo el campo de la investigación del origen del hombre durante medio siglo. Finalmente, ante las evidencias de la ciencia, una vez que Weiner y otros lograran someter tan polémico cráneo a las modernas pruebas de datación cronológica, hubo de retractarse.

 

Sin embargo las estructuras identitarias arcaicas, también en este siglo, no han cejado en su empeño de detener el avance transgresor de la ciencia. Bajo el disfraz del culto a la ciencia y al materialismo dialéctico, el estalinismo censuró la Teoría de la Relatividad por burguesa así como la genética y las Leyes de Mendel. Las instancias oficiales auspiciaron una teoría neo-lamarquiana defendida por el charlatán Lyssenko que durante décadas condenó al desastre a la ciencia y a la agricultura soviéticas. Las instancias identitarias del régimen estalinista se impusieron sobre la ciencia con la única arma utilizable para tales ocasiones: la represión inquisitorial, física y directa, de los biólogos defensores de la genética. Francisco J. Ayala nos cuenta, aparte del episodio de Vavilov, prestigioso biólogo soviético defensor de la genética contrario a las tesis de Lyssenko, hasta qué límites llegó la inquisición estalinista en su celo represivo:

 

Centenares de biólogos soviéticos fueron desposeídos de sus cátedras o puestos de investigación, bajo acusaciones de mendelistas, cómplices del imperialismo capitalista, sabotaje, antimarxismo, racismo y pecados semejantes. Muchos fueron deportados a Siberia y otros fueron condenados a muerte. Inmediatamente después de la sesión, el Ministro de Educación Nacional convocó una reunión de representantes de las instituciones de enseñanza superior para erradicar rápida y completamente el mendelismo. En las universidades e institutos de investigación biológica o agropecuaria se crearon comités cuya función exclusiva consistía en descubrir y denunciar a los partidarios del mendelismo. Un decreto del Ministerio de Educación Nacional, fechado el 24 de agosto de 1948, ordenó a los decanos de las universidades “reorganizar en el plazo de dos meses todos los departamentos de ciencias biológicas; librarlos inmediatamente de todos aquellos opuestos a la biología michurinista; y reforzarlos con el nombramiento de lyssenkistas en todos los puestos existentes”. El mismo decreto ordenaba la abolición de todos los cursos sobre genética mendeliana y la destrucción de todos los libros basados en ella, y la eliminación de todos los proyectos de investigación con ella relacionados. Un decreto publicado al día siguiente ordenaba que todas las ciencias biológicas, tales como la anatomía, la histología, la patología, la microbiología y demás fueran reestructuradas con arreglo a los principios de la biología michurinista enseñados por Lyssenko. Incluso las cepas de la mosca Drosophila usadas para los experimentos de genética fueron destruidas por orden explícita del gobierno.28

 

El estalinismo tuvo el dudoso honor de restablecer la Inquisición en pleno siglo veinte. Aquel cuerpo doctrinal que, en cierto momento se consideró punta de lanza del progreso de la humanidad, se comportó precisamente como todo su contrario. La destrucción de libros y de artefactos de práctica de la brujería nos devuelve al siglo XVI. Louis Aragón terció en el debate soltando al respecto la siguiente sarta de tonterías:

 

Por lo tanto, para alguien que no se reclame del materialismo dialéctico, del marxismo, será menos incómodo elegir la primera teoría (a la genética se refiere), que para un marxista ya que este siempre y no solo en biología considera necesariamente que su función no estriba solo en limitarse a explicar el mundo, sino también en transformarlo. Es evidente que un no marxista puede adaptarse mejor a la primera teoría que un marxista. O, para explicarme mejor, si planteamos en primer lugar el postulado del marxismo, antes de abordar la biología, el biólogo marxista se inclinará favorablemente, con toda seguridad, por la teoría michuriniana, que defiende la posibilidad de la acción humana sobre la naturaleza viva.29

 

Si un marxista es alguien que antepone el a priori que emana de sus textos sagrados a los resultados arrojados por la investigación empírica, preferible es no ser marxista. La posición de Aragón es bastante elemental. El mundo y la naturaleza debe funcionar como yo quiero que funcione, los seres vivos deben ser transformables a voluntad humana porque así lo ordenara Marx, que es lo mismo que decir que el sol gira alrededor de la tierra porque así lo dijo la Biblia hasta que Josué le ordenó que se parara. Stalin y Lyssenko hicieron con los científicos lo propio que la Iglesia romana hiciera con Galileo Galilei.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIV. TRANSGRESIÓN DESBOCADA, IDENTIDAD DESBOCADA

 

 

A) EL GENOCIDIO, ENTRE LA IDENTIDAD Y LA TRANSGRESIÓN DESBOCADAS

 

Conocemos muchos casos donde la Transgresión desbocada se ha asimilado llegando a coincidir como hermana gemela de la más represiva Identidad. Está cercano el ejemplo de la Guerra Civil Yugoslava, del Sarajevo reino de los francotiradores sin escrúpulos para disparar contra todo bicho viviente, de la limpieza étnica de las huestes serbo-bosnias, bosnio-croatas y bosnio-musulmanas, de las violaciones sistemáticas, del genocidio de Ruanda, de las múltiples guerras etno-civiles africanas de Benin, Burkina Fasso, Sudán, Sierra Leona, . Lugares donde se mezcla la inexistencia de un marco estatal-institucional regulador-controlador (por otra parte, el Estado en el sentido europeo de la palabra no existe como tal, solo la demarcación territorial post-colonial que normalmente acoge territorios de tribus enfrentadas) con la de bandas étnicas en sí mismas organizadas que en su conexión con un medio a-orgánico y desintegrado practican la política de la destrucción y la aniquilación sistemática sin fronteras, sin límites ni barreras de ningún género. Sin duda, la introducción del arma automática, la Kalachnikov, ha tenido un efecto multiplicador de la capacidad destructiva de la guerra tribal La Transgresión ha alcanzado así su última frontera, se ha convertido en devoradora de sí misma.

 

No solo existe la Transgresión desbocada con tendencias destructivas, también hay una Identidad desbocada con tendencias igualmente destructivas de la que tan solo varían sus métodos. O si hablamos en términos político-formalistas, Transgresión desbocada lo podíamos asimilar a desorden e Identidad desbocada a orden, pese a que tales conceptos, que tanto gusta repetir a los dictadores, anulan las posibilidades expresivas y de matiz de los primeros. La diferencia entre Transgresión desbocada e Identidad desbocada puede radicar en que la primera es mucho más ruidosa y desorganizada, deja huellas de sangre y vestigios por todos lados. La segunda, sin embargo, es extremadamente silenciosa y cautelosa, sus acciones se apartan lo más posible de la vista del público, no dejan huellas, solo dan lugar a rumores y ligeras sospechas, no se produce en la calle sino en recintos ocultos, secretos y cerrados.

 

 

Las épocas de auge represivo coinciden con épocas de crisis del sistema determinada por el primer plano que pasan a ocupar los mecanismos identitarios. Tenemos muchos ejemplos que aportar, desde los despotismos asiáticos hasta el periodo de la Inquisición, desde los fascismos hasta el stalinismo.

 

El Holocausto Nazi se llevó a cabo bajo un sistema ultra-identitario (hasta el extremo de articularse ideológicamente sobre la Identidad racial y étnica) provisto de unos métodos de previsión y planificación perfectamente estructurados y científicamente racionalizados. No se trataba del Pogromo espontáneo ni del linchamiento ocasional de grupos judíos a manos de turbas ocasionalmente indignadas, sino de un frío plan, meticuloso y calculado, para cuya ejecución se hacía indispensable disponer de una infraestructura tecnológica mínima, de sistemas de transporte disponibles, con amplios centros de reclusión confeccionados a la imagen y semejanza de las grandes factorías de producción en cadena, provistas de sus correspondientes sistemas de selección de los enseres personales de los prisioneros: ropa, zapatos, gafas, cabellos, dentaduras, etc, de una organización de la muerte en cadena que empezaba en las gigantescas cámaras de gas y culminaba en los hornos crematorios en funcionamiento permanente. Se preveía una forma económica y eficiente de aniquilar físicamente millones de personas en el menor tiempo posible bajo un mando único. Los gestores y operarios del exterminio no establecieron diferencia alguna entre su trabajo y el de un matadero industrial. A fin de cuentas, el fordismo y el taylorismo han supuesto, en cuanto a sus métodos de organización de la producción, una aportación decisiva al sistema de exterminio nazi.

 

Sin embargo en las calles, en la vida cotidiana, solo era perceptible el miedo que genera todo sistema represivo, el más completo orden social, ni un solo disparo por las calles como era corriente en el Mostar y el Sarajevo de la Guerra Civil Yugoslava; tan solo gentes que pisaban la calle estrictamente para lo necesario, trabajar y comprar, para acto seguido recluirse en sus casas. El retrato de la vida cotidiana de otro sistema fuertemente identitario, el de la URSS y demás países de la órbita stalinista, era prácticamente igual, grupos de gente en marcha hacia el centro de trabajo, grupos de gente formando gigantescas colas para realizar sus compras. La calle no era bien de dominio público, era, muy por el contrario, Patrimonio del Estado, y en concordancia con ello no podía ser medio de manifestación de nada, salvo de las soflamas oficiales. Más bien fue un simple medio de tránsito y los súbditos habían de pagar su peaje en especie, mediante el orden y el silencio. En la España franquista las ciudades, patrulladas por policías, yacían vacías por las noches, los grupos de más de cinco personas eran severamente controlados, a cualquiera se le exigía la exhibición del DNI. Los sospechosos (por su indumentaria simplemente) eran inmediatamente detenidos.

 

El panorama sórdido y gris, el reino del orden, es el paraíso de los sistemas represivos identitarios. Eso por lo que respecta a la superficie. En el fondo se encuentran sistemas represivos y de exterminio meticulosamente programados, deportaciones en masa, la eliminación silenciosa de grupos étnicos enteros, de opositores políticos, etc. Tan agobiante sistema identitario ha dejado una secuela transgresora, de la que ya hablamos al abordar la cuestión del ejército, el alcoholismo que invade la sociedad rusa hace auténticos estragos, convirtiéndose en un problema de primer orden al acaparar a cada vez más amplios sectores de la población.

 

 

B) EL FENÓMENO TERRORISTA COMO SÍNTESIS ENTRE IDENTIDAD Y TRANSGRESIÓN DESBOCADAS

 

Los grupos terroristas nos pueden servir, a modo de ejemplo, para comprender cómo en la organización de la violencia una Identidad desbocada, la organización terrorista propiamente dicha, puede surgir incluso de un contexto de Transgresión desbocada, de un conglomerado donde se practica la violencia por la violencia, de forma totalmente desorganizada sin objetivos claros ni precisos. En el País Vasco la Identidad desbocada está centralizada en la organización terrorista ETA. En su entorno, los llamados grupos JARRAI, carentes de todo tipo de organización y estructura, practican una violencia callejera que integra en sí misma diversas formas de Transgresión juvenil desbocada (con tendencias destructivas). Su desorganización y su carácter amorfo (cuando se intentó perseguir la citada organización se comprobó la imposibilidad de hacerlo dado que carecía de existencia oficial) alcanza a los mismos instrumentos de violencia empleados; no se usan las armas convencionales que tiene a su alcance la propia organización terrorista supra-identitaria (escopetas de cañones recortados, lanzagranadas, goma 2, bombas accionadas a distancia...) sino armas caseras, piedras y cócteles molotov30.

 

Los objetivos no se buscan ni planifican, más bien son aquellos que se ponen al alcance de la acción espontánea de dichos grupos, ya sean cabinas telefónicas o cajeros automáticos, ya sean los coches o los autobuses aparcados en la vía pública usados para levantar barricadas con las que enfrentarse a la policía, ya sean las sedes de los partidos políticos españolistas, los comercios propiedad de los militantes de dichos partidos, las librerías que expongan en sus escaparates libros censurados por anti-vascos, etc. Los citados grupos no se sienten vinculados a ningún género de pactos o acuerdos, su acción no se somete a ningún tipo de estrategia y lo cierto es que tampoco es posible, pues, como en toda acción espontánea y transgresora, no se requiere estructura de mandos, ni jerarquía alguna de la que puedan emanar las órdenes superiores que les pueda obligar al cese efectivo de la violencia ni a acordar ningún tipo de tregua ni alto el fuego. Su intervención no procede de ningún plan programado sino de las vísceras, se intensifica con el impulso de la venganza y se mantiene con la aversión a todo tipo de simbología perteneciente al Estado.

 

Ese magma amorfo de violencia indiscriminada es justamente la fuente de la que el grupo de violencia organizada obtiene sus nutrientes imprescindibles, es la llama que está siempre incandescente. Se engendra algo así como un sistema de retroalimentación mutua entre ambos tipos de violencia, la organizada y la desorganizada, la identitaria y la transgresora. Esta última, mediante el sistema del amedrentamiento sistemático de la población civil y la imposición de la Ley del Silencio, contribuye a crear el marco social y el ambiente necesario e imprescindible para la intervención del grupo ultra-identitario, de su brazo armado o de su brazo político31. La violencia organizada y la violencia desorganizada no se excluyen, mas bien al contrario, se complementan. La Italia de 1919-1922 y la Alemania Nazi de los años treinta compaginaron a la perfección ambas formas de violencia, hasta el punto que la violencia desorganizada y transgresora fue la señal de llamada de la otra violencia, la organizada desde los mismos Aparatos del Estado. El incendio del Reichstag, del que se culpó calumniosamente a los comunistas, señaló el inicio del régimen totalitario con el desmantelamiento de todos los partidos políticos y la supresión de las hasta entonces subsistentes instituciones demo-liberales. La Noche de los Cristales Rotos (Kristalnacht) desencadenó la sistemática persecución antisemita que caracterizaría al Régimen Nacional-Socialista. El efecto logrado por tales sistemas de implantación del totalitarismo en los que confluye el empleo de distintos niveles de violencia entrelazados entre sí se puede llamar Inversión Identitaria.

 

La Inversión Identitaria la podemos contemplar a menudo en el País Vasco cuando vemos cómo los policías autonómicos, los Ertzainas, se cubren el rostro con un pasamontañas mientras intentan repeler las agresiones de los radicales abertzales. La gran paradoja radica en cómo los miembros de los cuerpos estatales, que tienen encomendada precisamente la tarea de identificar y neutralizar la Transgresión y a sus agentes, para ejercer su función se ven compelidos a ocultar su propia Identidad. Si bien en aquellas actividades de élite en las que se ven involucrados los Estados, como puede ser la del espionaje, la Inversión Identitaria es el procedimiento normal, no lo es en absoluto cuando de lo que se trata es de controlar y reducir la Transgresión callejera, en el contexto de lo que supone la ocupación de espacios públicos donde el Estado siempre ha ejercido su plena soberanía así como en la defensa de personas y de bienes públicos y privados. Cuando el Policía se ve obligado a ocultar su Identidad, cuando la algarada y el destrozo callejero encuentra su ámbito de impunidad, cuando el sistema de administración de justicia no puede funcionar por distintas causas derivadas de la imposibilidad de constituir los jurados, del temor de jueces y fiscales por su propia vida, cuando determinados partidos se ven imposibilitados de cerrar sus listas electorales, cuando industriales y comerciantes colaboran por temor a sus vidas en la financiación de la organización terrorista, hay algo que está fallando en este sistema. Se ha construido toda una organización y estructura identitaria-coactiva paralela a la del Estado capaz de contrarrestar y eliminar de la vida civil el funcionamiento de determinadas parcelas de la actividad estatal. Nápoles, Calabria y Sicilia conocen el mismo fenómeno desde hace mil años, hechas las salvedades sociales e históricas aparte.

 

 

C) EL MIEDO Y LA TENSIÓN COMO MEDIOS DE EXISTENCIA Y SUBSISTENCIA DEL TERRORISMO Y DEL TOTALITARISMO:

 

Los regímenes represivos ultra-identitarios no se limitan a la organización del sistema de control y represión a manos de los aparatos policiales del Estado. Precisan tejer el sistema represivo desde su misma base, y para ello deben contar con la complicidad directa de todo el complejo social en el entarimado represivo, implantar entre los súbditos, en sus relaciones recíprocas, estructuras represivas paralelas. No se trata solo de fomentar la apatía y resignación ciudadana, el mirar hacia otro lado para no tener problemas, ver como desaparecen los vecinos y no preguntar. Se ampara la delación y la desconfianza recíproca. No es necesario que te oiga el policía, basta con que lo haga el vecino de al lado para ser presa de las represalias del sistema.

 

La España del Siglo de Oro, auge de la represión del Tribunal de la Inquisición, fue el reino de la delación y de la desconfianza recíproca. El sistema de denuncia y delación traía como resultado el incremento de la represión más allá de los límites de las necesidades del órgano opresor dado que ofrecía la posibilidad al acusador de desembarazarse de acreedores y enemigos personales. Un espíritu que ha pervivido hasta nuestros días sobre todo en los pueblos más pequeños donde los cuchicheos del vecindario se convierten en uno de los más eficaces controles represivos de la comunidad.

 

El régimen stalinista pudo mantenerse a flote durante lustros y no solo eso, fortalecerse a su vez, articulando su sistema de dominación, más que en el apoyo del pueblo, en el miedo y la paranoia sistemática, propiciadora de la delación mutua. No instigaba precisamente la solidaridad proletaria, sino, muy por el contrario, el espíritu cainita: era común la estampa, reproducida en miles de centros y colegios de la época, de niños premiados y agasajados por la heroica acción de delatar a sus propios padres como espías o agentes de potencias imperialistas extranjeras. El cauteloso vecino del apartamento, ávido de recompensas y promoción social o burocrática, o de un tratamiento de privilegio en la distribución de bienes de primera necesidad, podía ser más eficaz y terrorífico que el más entrenado Spechnacks de la NKVD, de la GPU o de la KGB.

 

El miedo fue un factor de estabilidad de primer orden. El miedo a caer en desgracia fruto de las sospechas se había instalado a todos los niveles de la sociedad, desde abajo hasta arriba, hasta en la misma cúspide burocrática del poder, la Nomenklatura o el Politburó, donde nadie se encontraba a salvo a excepción del todopoderoso dictador (el Secretario General, el Burócrata número uno). Por tal motivo, dirigentes superiores, medios e inferiores, habían de estimular al máximo su celo represivo con el fin de disipar las posibles sospechas que pudieran recaer sobre sí mismos. Todo ello solo podía generar una espiral de represión sofocante32. La continua situación de estrés a la que había estado sometida la cúpula dirigente (el Politburó) y restantes niveles del Partido (o sea, de la burocracia alta, media y baja) hizo que tras la muerte de Stalin el XX Congreso del PCUS denunciara el culto a la personalidad del dictador georgiano y se optara por formas de gestión colegiadas, imprescindibles para suprimir los sobresaltos y la paranoia autodestructiva..

 

Pero la Transgresión puede también desbordarse a sí misma, transgredirse como tal Transgresión. Nos hallamos en las fronteras de la hybris, de lo sublime, del desboque del placer hacia la crueldad. La Fiesta Nacional, los gansos de Lequeitio, el toro de Tordesillas (ceremonia taurobólica), los manteos de cabras, etc. Los festejos veraniegos donde el maltrato a los animales se encuentra a la orden del día y que son objeto de airadas protestas por parte de las sociedades protectoras de animales serían un ejemplo paradigmático. La energía de la Transgresión puede ser una energía desbocada que ya no tolera límites, ni los del dolor ni los del sufrimiento del ser vivo, más aún, que encuentra en dicho sufrimiento una nueva fuente de placer. Es esta la Transgresión sadomasoquista, que se sitúa tan solo a un paso de la destrucción final, del suicidio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EPÍLOGO

 

¿ELOGIO DE LA TRANSGRESIÓN?

 

 

Espero que el lector no haya deducido de estas páginas que lo que hago sea una apología de la transgresión sin más. Como habrá podido advertir, toda transgresión desbocada genera tendencias destructivas. Sin embargo, nos podemos percatar de que la transgresión bajo ciertas condiciones opera como un motor (no el motor) de la Historia. La transgresión, ese impulso destructor de identidades, mueve las revoluciones. Los constructores de identidades: activistas políticos, ideólogos, filósofos, etc, nunca hacen revoluciones, en todo caso las dirigen y encauzan a la par que les imprimen su peculiar sello identitario. Pueden, en un contexto determinado, revolucionar el pensamiento (ahí tenemos la Ilustración) pero no revolucionar la sociedad. Las revoluciones operadas en el pensamiento, si se plasman en la sociedad, provocan efectos identitarios (en calidad de edificadores de nuevas identidades) nunca transgresores.

 

Si tomamos un diccionario de sinónimos y buscamos las palabras asociadas a transgresión veremos que prevalece la noción puramente negativa, su vertiente destructiva, entendida como delito, crimen, exceso, falta, infracción, violación, contravención, maldad, fechoría... Lo más curioso es que las grandes fases de creación de la humanidad casi siempre han estado asociadas a intensos periodos de transgresión. Las identidades estrechas generalmente asfixian la creatividad, aniquilan el ingenio, destruyen la iniciativa. Lo hemos observado a propósito de los totalitarismos, que en derredor suyo crean sumisión, servidumbre y anulación de las más mínimas facultades intelectivas, supliendo dicho vacío gigantescas capas burocráticas identitarizadoras de la población.

 

La humanidad ha conocido utopías efectivas, tan breves como efímeras. Momentos de transgresión plena, festiva y política, de exaltación y júbilo. Ahí tenemos la Revolución Rusa de Febrero de 1917, la Revolución portuguesa de los Claveles, la Revolución Húngara de 1956, donde las masas desplegaron toda su energía vital, una espontaneidad y una creatividad sin límites, donde se produjo una conjunción de todos los elementos de transgresión enumerados en los capítulos anteriores (política, personal, institucional, festiva, sexual...). Las instancias identitarias se repliegan y a medida que se alejan las fuerzas de la paleo-identidad se van aproximando las de la neo-identidad

 

No estamos a salvo de la Transgresión, pero tampoco lo estamos de la Identidad, ambas se comprometen y complementan en un todo. He abordado Identidad y Transgresión como conceptos puros con el único fin de favorecer el análisis, aunque en la realidad nunca o casi nunca se presenten de forma inmaculada. Podemos hablar de una Identidad transgresora en la misma medida que de una Transgresión identitaria, podemos hablar indistintamente de los cauces de Transgresión de la Identidad como de los cauces de identitarización de la Transgresión. Sin embargo, lo que si se ha presentado a lo largo de la Historia son épocas intensivas de Identidad sucedidas de épocas intensivas de Transgresión.

 

En cualquier caso, ni la Identidad ni la Transgresión se encuentran a salvo de la alienación. Aquí tenemos la moderna sociedad capitalista que ha sabido explotar con fines comerciales y de lucro ambos momentos de la existencia humana. La transgresión juvenil (la rebeldía de la juventud) ha sido incorporada como un factor de mercado (la publicidad de la marca Coca-Cola es experta en esas componendas), por no hablar de las transgresiones reguladas ligadas al ocio, al turismo, al entretenimiento y la diversión, convertidas en el sustrato de toda una industria “ad hoc”, y si nos referimos al ámbito de los deportes, advertiremos como han variado las tornas hasta el punto de transformarse en agentes generadores, aparte de gigantescos beneficios, de identidades políticas, nacionales, grupales, etc. Y es que es realmente difícil, si no imposible, trazar nítidas fronteras entre una y otra.

 

En efecto, aquí se defiende la transgresión frente al estancamiento en coherencia con mi ideología de izquierdas, pero no se defiende la transgresión sin más y menos aún la transgresión por la transgresión, lo cual, por otra parte, sería la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1Aristóteles: La Política. Pág. 60. Editora Nacional. 1981, Madrid

2José Luis Ruiz Durán: Acción y Razón. Una crítica política.

3Un manual para estudiantes como la Economía de Paúl A. Samuelson y William D. Nordhaus nos ilustra sobre la Curva de Phillips, uno de esos diagramas de coordenadas cartesianas ordenadores de ese tipo de relaciones inversamente proporcionales que tanto gustan a los economistas y que nos obligan a elegir entre una cosa y otra. En esta ocasión no se trata de elegir entre los cañones o la mantequilla sino entre la tasa de inflación y la tasa de desempleo. A más desempleo, menos inflación, a menos desempleo más inflación. Así que la tasa natural de desempleo (¡cómo se nota que el que ha escrito ese libro no es un desempleado!) es aquella en que la presión al alza sobre los salarios generada por los puestos vacantes es exactamente igual a la baja sobre los salarios generada por el desempleo (Paúl A. Samuelson y William D. Nordhaus: Economía..Pág. 384 Mac Graw Hill 1990, Madrid)

 

4La actitud del machista recalcitrante para quien la exigencia de que su mujer vaya virgen al matrimonio se complementa con su asiduidad a los burdeles y casas de citas es bastante ilustrativa al respecto.

5Naciones Unidas. Estudio sobre la trata de personas y la prostitución (Represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena), pág. 12 Departamento de Asuntos Económicos y Sociales, Nueva York, 1959.

6James G. Frazer. La rama dorada. págs. 384-385.Fondo de Cultura Económica, 1997, Madrid

7José Luis Ruiz Durán: Hacia una síntesis antropológica. Elementos para una crítica materialista.

8Esa otra cosa puede ser la familia, un marco institucional del que emanan derechos y obligaciones recíprocos de orden patrimonial. En ese régimen quedan incluidas las prestaciones sexuales.

9Subrayo la palabra puede, en cursiva, porque en un sistema como el social, donde concurren poli-determinaciones complejas y entrelazadas, no es posible operar con la causalidad lineal. Se apunta en este caso a la intervención de un solo elemento, la negación del referente paterno en la institución procreadora. Su descuelle dependerá, en todo caso, de la interconexión del fenómeno, nunca tomado como elemento aislado, sino en el contexto de los múltiples circuitos de retroalimentación en los que pueda efectivamente intervenir.

10Georges Balandier: El desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales. Elogio de la fecundidad del movimiento Pág. 121. Editorial Gedisa, Barcelona, 1996

11La misma creación de los teatros como espacios cerrados de representación donde en lugares separados se sitúa a los actores de un lado y al público del otro se configura como una asimilación y apropiación básicamente represiva de los elementos y contenidos de la representación. De la espontaneidad de los cómicos y comediantes medievales que se fundían con el público en plena calle para escenificar sus piezas, a la escisión de funciones activas y pasivas que se produce en el marco de un teatro cerrado, donde se anula la interconexión de actores, fuente de creatividad y espontaneidad. El carnaval callejero, libre de los teatros, es fuente desatada de interconexión y creación, donde el factor público (el público que pasivamente observa la interpretación) se anula en un sistema donde todos son intérpretes de su propia Transgresión.

12Jaime Alvar: Los cultos frigios, en Cristianismo Primitivo y Religiones Mistéricas. Pág. 459-460. Ed. Cátedra, 1995, Madrid.

13Jesús Fernández Jurado y Eduardo Fernández Jurado: El Rocío: del mito a la realidad, en Huelva y su Provincia, Volumen IV. Pág. 246 Ediciones Tartessos, S.L., 1987

14Los núcleos de población se pueden concebir en cierto modo como estructuras de dominación espacial. En realidad toda ordenación urbanística se encamina a aglutinar una densa población en un espacio pequeño y reducido. Las mismas alineaciones de las calles y de las casas en línea recta, la ubicación en el centro geográfico de una plaza amplia que da alojamiento a los centros de poder civil y administrativo (Ayuntamiento, Juzgado e Iglesia) a donde confluyen todas las calles, o bien las ciudades medievales erigidas en la base de una colina en cuya cima se asienta un fortín o un castillo nos da idea de hasta que punto las estructuras de poder y de dominio se plasman en la ordenación urbanística. Las poblaciones dispersas son difíciles de controlar. En una ciudad es relativamente fácil proclamar el Estado de Sitio y el toque de queda. En cambio, en el campo no hay manera de saber a ciencia cierta lo que sucede. Los últimos reductos de los movimientos guerrilleros se sitúan en áreas forestales escarpadas donde difícilmente el ejército regular puede tener un control efectivo de la situación. En España. Sin ir más lejos, el último bastión de resistencia al franquismo quedó en el medio rural, en el maquis.

15Lo curioso es que lo único que es de Madrid o de Barcelona es el Capital de los respectivos clubes o los socios y presidentes de las peñas, los demás, la ficha técnica propiamente dicha de los equipos, ni son barceloneses ni madrileños, ni catalanes ni españoles, son en su mayoría holandeses, croatas o brasileños, deportistas mercenarios contratados por sus respectivos clubes. Por lo que se ve, prevalece el papel económico del fútbol como fuente de ingresos y beneficios sobre su función de catalizador de las esencias nacionales. El caso vasco sería una excepción.

16De hecho, la jerga futbolística es inequívocamente militar: ataque, defensas, flancos, romper la barrera, etc. parece como si se tratara del enfrentamiento de dos ejércitos.

17John Briggs y F. David Peat: Las siete leyes del caos. Las ventajas de una vida caótica. Pág. 62 . Ed. Grijalbo, Barcelona, 1999

18Karl Marx: Contribución a la Crítica de la Economía Política, Prefacio de 1859. Págs. 42, 43 y 44. Alberto Corazón Editor. Madrid, 1978

19Albert Soboul: La Revolución Francesa. Págs. 43-44. Ediciones Orbis, S.A. Barcelona, 1987.

20Sin embargo, el entusiasmo que siente Marx por su sistema político de delegados electos por sufragio universal, por muy revocables que fueran y por muy obreros que fuese su condición, lo hace presa del identitarismo democratista burgués. Véase Karl Marx: La Guerra Civil en Francia. Ricardo Aguilera Editor, 1971, Madrid.

21Marc Ferro: La Revolución rusa. Pág. 4 Cuadernos Historia 16 1985, Madrid

22No olvidemos que Lenin fue un entusiasta de los métodos de producción en cadena de Ford y Taylor..

23En cierto modo, Lenin intuía que un fuerte componente obrero de un partido aseguraba un sistema de mando único y una disciplina férrea. A fin de cuentas, el amasijo de carne y brazos no produce ideas. Más bien al contrario. El crítico o portador de ideas alternativas es tachado de hereje y de enemigo del partido. El trabajador aculturizado por el capital es proclive y susceptible a la obediencia ciega a los que mandan, al culto a la personalidad del líder y a delegar el pensamiento y el razonamiento en la cúpula. Aquellos partidos en los que predomina una fuerte composición social obrera, como el PSOE, son más estables políticamente. su clientela es sustancialmente fiel y fija y el fenómeno del culto al líder y a su carisma personal prevalece sobre cualquier otra consideración. En cambio, aquellos partidos que, aunque definidos como obreros, como el PCE o IU, prevalece una composición social de raigambre intelectual son menos estables y más proclives al altibajo político, así como a sufrir continuas crisis internas como consecuencia de su macrocefalia intelectual y el excedente de líderes potenciales. Ironías de la historia o como quiera llamársele pero, lo cierto es que el PSOE es más leninista que el PCE, incluso en los tiempos en que este último se tildaba a sí mismo de leninista.

24Puede ser bastante reveladora al respecto la anécdota que nos cuenta Luis Carrandell en Celtiberia Show sobre el Catedrático que le dice al penene mañana nos vamos de viaje. Al día siguiente se presenta este último con todo su equipaje preparado en su maleta. El Catedrático, sorprendido, le espeta, usted no va de viaje a ningún sitio, quien va de viaje es nos, o sea, el soberano catedrático.

25Edgar Morin: EL MÉTODO. IV. Las Ideas. Págs. 53-54. Ediciones Cátedra, Madrid, 1992

26Edgar Morin: EL MÉTODO. IV. Las Ideas. Pág. 55 Ediciones Cátedra, Madrid, 1992.

27Stephen Jay Gould: Un dinosaurio en un pajar. Pág. 249. Ed. Crítica, 1997, Barcelona.

28Francisco J. Ayala: La naturaleza inacabada. Ensayos en torno a la evolución. Págs. 193-194. Salvat Editores, 1994, Barcelona.

29Louis Aragón. Acerca de la libre discusión de las ideas. De El “caso Lyssenko”. Pág.112 Cuadernos Anagrama,, Barcelona, 1974

30La Intifada Palestina puede servirnos a título de ejemplo de esta forma de violencia transgresora sin medios, solo piedras, sin objetivos planificados, solo los militares israelíes.

31Ello ha dado lugar a que se hable en el País Vasco de la existencia de un terrorismo de alta intensidad y de un terrorismo de baja intensidad. Nada de cierto hay en ello. La eficacia de una organización terrorista radica precisamente en su fuerte organización y en sus rígidas estructuras de mandos así como en una planificación al milímetro de sus acciones. Los comandos terroristas se adiestran militarmente, aprenden a manejar las armas más sofisticadas, cuentan con su propia infraestructura de apoyo y camuflaje y de sus propias fuentes de financiación y abastecimiento. Los objetivos son estudiados con meses de antelación, de sus fuentes de información obtienen distintos datos: costumbres de sus futuras víctimas, regularidad de movimientos, etc. ello hace que la Organización Terrorista pueda operar en distintas áreas fuera de su centro de operaciones: Madrid, Cataluña, Andalucía. Sin embargo, la violencia desorganizada carece por completo de tales mecanismos y de tal estructura. No trabaja en frío como la Organización sino en caliente, movida por impulsos de venganza visceral nacidos del conocimiento de detenciones o muertes de los suyos.

32La autobiografía del ex-dirigente comunista checo Arthur London La Confesión, a la que Costa Gavras llevaría al cine narra una historia de tonos surrealistas, una caída en desgracia sistemática de cuadros del Partido Comunista en la que acaba ocupando el banquillo de los acusados el mismo Secretario General junto a la plana mayor del Partido.

 

1Por otra parte, no está muy claro porqué los artrópodos no puedan ser vertebrados. Son seres segmentados y articulados como estos últimos y son, pues, tan vertebrados como lo pudieran ser los peces, reptiles, aves y mamífero. Aunque los separan de los vertebrados 500 millones de años de evolución, tienen esqueleto externo y, según investigaciones recientes, es el mismo gen el que da las instrucciones para construir el armazón de uno y otro clado. Hubiera sido igualmente válida la distinción entre vertebrados de esqueleto interno y vertebrados de esqueleto externo.

2En el mundo del derecho a ese proceder se le llama el de cláusula residual. Cuando el muy difícil enumerar en una lista todos los casos posibles, al final se añade la coletilla “... y las demás no comprendidas en los apartados anteriores”. Loa abogados listillos saben muy bien como sacar partido de este recurso jurídico.

3Ha de entenderse que ningún ejército importa revolución alguna. El bonapartismo supuso la consumación de la fase identitaria de la Revolución Francesa una vez eliminados por completo cuantos elementos transgresores había incorporado esta a la Historia. Si se destruyeron las instituciones feudales subsistentes no se hizo por la vía de su transgresión revolucionaria sino de su sustitución por vía militar.

 

4José Luis Ruiz Durán: Acción y Razón. Una crítica política.

5Jean Chavaillon: La edad de oro de la humanidad. Crónicas del Paleolítico. Ediciones Península. 1998, Barcelona.

6La palabra carnaval deriva etimológicamente de la palabra carnal usada ya por el Arcipreste de Hita (Doña Cuaresma y Don Carnal) y parece ser que el padre Miguel Mir, editor de la obra sobre el vestir y el calzar del Arcipreste fray Fernando de Talavera restituyó “Carna{va}l” donde estaba escrito “Carnaval” (Julio Caro Baroja: El Carnaval. Análisis histórico-cultural. Pág. 35. Taurus ediciones, 1985, Madrid)

 

7En cierto modo, el arte taurino puede considerarse descendiente de las ceremonias taurobólicas de la antigüedad, donde el sumo sacerdote oficiador de la ceremonia se bañaba en la sangre del animal en el fondo de una zanja como ritual de purificación extirpándole sus testículos en señal de sacrificio de su virilidad. El torero de nuestros días sería el descendiente directo de aquellos sacerdotes eunucos (Archigalli) entregados al culto del dios Atis. Su indumentaria es inequívocamente femenina. El traje de luces, vistoso, brillante y ceñido, destaca los roles convencionalmente atribuidos al sexo femenino, como sexo que seduce y se pone a resguardo de las embestidas masculinas. El macho (representado por el toro) es reiteradamente provocado, seducido y engañado. Todo el espectáculo gira en torno a una síntesis sublime entre el sexo y la muerte El clímax vendría escenificado en esa consumación final de la penetración como muerte y de la muerte como penetración.

8Norman Cohn: El Cosmos, el Caos y el Mundo Venidero: Editorial Crítica. 1995, Barcelona.

9El cristianismo se ha ocupado de edificar el mito (y el tópico) de las persecuciones religiosas infligidas contra la fe a manos de los paganos romanos (Nerón, Diocleciano, etc) y de la moderna irreligiosidad laica (Revolución Francesa, Revolución Mexicana, Revolución Rusa, Revolución Española, etc). No obstante, en la misma historia del cristianismo había que constatar que las mayores persecuciones y masacres de cristianos a lo largo de la historia se han producido a manos de ... los mismos cristianos. Se ha dicho que el hombre es el peor lobo para el hombre (Hobbes) también para el cristiano, el cristiano es el peor enemigo del cristiano. No hay mas que echar una ojeada por la historia para hacer cómputo de las masacres de herejes a manos del papado, de cristianos papistas a manos de cristianos heréticos: la Guerra de los Cien Años, la conquista y posterior asolamiento de Constantinopla, el saco de Roma, la lucha contra los cátaros o albigenses, .

10G. Scholem: Las metamorfosis del mesianismo herético de los sabbatianos en nihilismo religioso durante el siglo XVIII. Del libro Herejías y sociedades en la Europa preindustrial, siglos XI-XVIII. Compilado por Jacques Le Goff. Pág. 298. Ed. Siglo XXI Madrid, 1987

11Mateo, VII, 13 y 14.

12No se trata de ningún contrasentido. El místico, el yogui o el cartujo que renuncian al mundanal ruido no lo hacen por humildad sino por el deseo de acaparar el mayor de los tesoros vedados a los comunes mortales: El Absoluto, la apropiación de las esencias más puras del Universo, esté este personificado en la divinidad, para el cristiano, o en su ciclo místico, para el hinduista.

13José Luis Ruiz Durán: Hacia una síntesis antropológica. Elementos para una crítica materialista.

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