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EL MITO DEL PROGRESO

EL MITO DEL PROGRESO


EL MITO DEL PROGRESO


La teoría de la evolución de las especies surgió en pleno siglo XIX, cuando la llamada Revolución Industrial y el maquinismo alcanzaban su auge: era la era del Progreso. El Progreso era la ley a la que inevitablemente escoraba la sociedad humana, tan sólo le faltaba su legitimación “natural”. Cuando se publicó, en 1859, de “El Origen de las Especies” de Charles Darwin el Progreso se dotó del ingrediente que necesitaba para elevarse a la categoría de Ley Universal. Los antiguos mitos de la divina Providencia, la inmortalidad del alma, los paraísos perdidos (la Edad de Oro) o el Camino de Salvación se vinieron abajo para ser sustituídos por uno de nuevo cuño del que se hizo depender el confort y la felicidad humana.


Al progreso se le fueron uniendo, como si de un imán se tratara, una nueva moral, una nueva ética, un nuevo sistema de valores. Todo lo antiguo será asimilado a ruinoso y decrépito; la legitimación por la antigüedad será irremisiblemente desterrada. La idea de modernidad vendrá a sustituirla en tanto que valor positivo dado su carácter de presente y actual. Lo antiguo será asimilado a lo simple, lo imperfecto, mientras que lo nuevo será lo complejo, lo más perfecto, lo más adecuado. Con la nueva evolución ya no son posibles las regresiones, los saltos al pasado, las marchas atrás en la Historia. La irreversibilidad histórica será una de las consecuencias de esta nueva doctrina. Se va a tratar de una fe solo equiparable a la que se basó en la divina providencia durante los siglos XVI, XVII y XVIII. A ella rendirá culto el positivismo científico, Comte, Spencer, el materialismo dialéctico ... Es como si un nuevo principio de orden animista impregnara todos los acontecimientos y les obligara a marchar en un solo sentido operándose a su vez un cambio en la nomenclatura: por necesidad biológica, por imperativo histórico, etc sustituyen la acción de la divina providencia en orden a la consecución de máximos grados de complejidad o perfección.


Y he aquí mi objeción. El universo físico no es evolutivo. Pese a que distintas proyecciones animistas adviertan una “tendencia universal a marchar de lo simple a lo complejo”. Conciben que en la formación de los átomos y moléculas ha intervenido toda una historia evolutiva.: los primitivos Quarks se han asociado formando Protones y Neutrones y, estos se han organizado en Átomos, los cuales se han asociado formando moléculas y éstas, a su vez, en macromoléculas, y todo ello inscrito en un proceso contínuo de expansión y enfriamiento del Universo. Lo que sucede es que de la expansión del Universo no se puede deducir su marcha imparable hacia el Progreso, ni tan siquiera del enfriamiento o de la creación de los átomos de hidrógeno. Por otra parte, sería ridículo pretenderlo. La materia física es absolutamente indiferente a nuestras proyecciones subjetivas o a nuestros corsés lógicos, porque ese mismo proceso de expansión y enfriamiento, en virtud del segundo principio de la termodinámica, tiende exactamente a la aniquilación de las estructuras vivientes, estructuras estas esencialmente inestables, que se han ido formando a lo largo de un determinado periodo de su historia y que como consecuencia del enfriamiento de la materia abocarán inevitablemente a la desnaturalización y consiguiente simplificación (o resimplificación) de los compuestos orgánicos. ¿Otro paso más de ese imparable proceso de evolución de la materia?. Por mi parte no entiendo que exista precisamente un proceso a la universalidad. Si los átomos existen en todos los confines del Universo, ello no significa que las macromoléculas compuestas de aminoácidos se generen en la misma proporción. Los astrónomos han descubierto moléculas, efectivamente, pero moléculas simples. En otro caso nos encontraríamos con el absurdo de que la vida ha llegado a convertirse en un fenómeno universal y, en tal caso, sobraría tan intensa búsqueda de vida extraterrestre.


En física y, concretamente en Astronomía, se tiende mucho a la extensión conceptual, se habla del nacimiento, vida y muerte de las estrellas o del Universo, como si fueran seres animados, guiados por cierto principio vital. El alma primitiva que atribuye vida propia al viento, a la Luna al Sol y al agua revive y se revitaliza incluso en los postulados científicos más rigurosos.


La lógica de lo viviente no tiene porqué obedecer a esa legislación universal y de hecho no lo hace. Los seres más primitivos (aquí estoy utilizando un término convencional), virus y bacterias, siguen existiendo y no parece que esté próximo el momento de su extinción. Si obedeciera a esa lógica sería incomprensible que todo un género de animales hipercomplejos, como los grandes saurios, se extinguiera totalmente y a ellos sobrevivieran las primitivas amebas, o que ciertas especies no hayan necesitado evolucionar, teniendo la misma estructura de hace millones, cientos de millones o miles de millones de años, ¿no sería porque alcanzaron tal grado de perfección que se hizo innecesaria la intervención de los mecanismos selectivos y bioadaptativos?. Si obedeciera a la lógica del progreso, no tendría razón de existir la célula que, sin embargo, sigue siendo el constituyente básico de todos los organismos vivientes y cuya configuración es tan primitiva como la vida misma. El mismo Darwin en alguna ocasión (no siempre) rechazó dicha línea de argumentación afirmando que, en efecto, el hombre, en cuanto a la inteligencia y al aprendizaje, era un portento, pero, en cuanto al instinto, era superado con creces por la abeja.


Paradoja de la evolución es su carácter conservador e innovador a un mismo tiempo. La evolución no suprime las estructuras antiguas, no las cambia por otras nuevas, la evolución acumula lo anterior, lo sintetiza, lo superpone y, en gran cantidad de ocasiones, modifica su función; es el caso de los huesos del oído de los mamíferos, que en los reptiles eran la prolongación de la mandíbula. Los órganos complejos se han ido desarrollando como consecuencia de la síntesis, asimilación y modificación funcional de órganos anteriores. Por otra parte, decir a quienes sostienen que el hombre es el hito y el objetivo último de la evolución que la famosa línea ascendente que marcha del unicelular al pluricelular y de este al pez, del pez al anfibio, del anfibio al reptil, del reptil al mamífero, del mamífero al primate y del primate al hombre tan sólo tiene valor didáctico o explicativo, pero de la misma no tiene porqué desprenderse ningún principio de orden deductivo. Del unicelular no tiene porqué necesariamente deducirse el pluricelular, ni del pez el anfibio, ni del anfibio el reptil, ni del reptil el mamífero, ni del mamífero el primate, ni del primate el hombre. El azar selecciona posibilidades que varían enormemente de un contexto a otro. Por ejemplo, en casi todos los continentes fueron seleccionados los mamíferos placentarios, salvo en Australia, paraíso de los marsupiales, que desarrollaron las variaciones de su propio ecosistema, desde los herbívoros o gacelas marsupiales (canguros) hasta los depredadores o lobos marsupiales (el diablo de Tasmania, extinguido hace poco). Por otra parte, los defensores de la línea evolutiva han de tener en cuenta que las restantes especies existentes también han sido el fruto de una evolución ascendente que ha culminado en ellas. Si los peces surgieron hace 400 millones de años, hay que tener en cuenta que los peces actuales no son los mismos que aparecieron en esa época1Tampoco las comunidades cazadoras/recolectoras que actualmente coexisten con las complejas formaciones sociales capitalistas son las mismas de hace diez mil años. En este sentido, Jean S. La Fontaine asegura que “los datos indican que es erróneo suponer que todas las sociedades siguen una misma línea de desarrollo o que los pueblos actuales sin escritura no tienen, detrás de sus distintivos estilos de vida, un periodo de evolución al menos tan largo como el nuestro” Jean S. La Fontaine: Iniciación. Drama ritual y conocimiento secreto. Pág. 26. Ed. Lerna, Barcelona, 1987 , que son sus descendientes más evolucionados o mejor adaptados; Gymnogeophagus Balzani, mentado al comienzo, se sitúa en la cúspide de una sucesión de predecesores peces a lo largo de cuatrocientos millones de años de evolución. Todas las especies actualmente existentes se encuentran en la cima de una secuencia evolutiva del pequeño Hyracotherium al caballo actual, ¿no tendría el mismo derecho el caballo moderno o Équus a declararse cima de la evolución en cuanto que su existencia misma supone que un conjunto de especies anteriores, Hyracotherium, Mesohippus, Merychippus e Hipparion han quedado atrás y que, por ser el mejor adaptado ha sobrevivido hasta el presente? En realidad, no existen los seres más evolucionados y los más primitivos. Las bacterias actuales proceden de otras más primitivas. Seguramente las actuales no son exactamente las mismas que surgieron hace más de tres mil quinientos millones de años, ni las lapas actuales son las mismas de las que proceden, ni la hormiga moderna es la hormiga antigua, ni el actual helecho se corresponde con el helecho primigenio. De ninguno de los seres vivos actualmente existente en el planeta se puede decir que sea primitivo.


Quienes asimilan evolución a perfección se encontrarían con desagradables sorpresas si advirtieran, por ejemplo, que un mismo hallazgo de la selección natural que convergió por vías distintas en dos ramas distintas, peces y cefalópodos, el ojo, está mejor diseñado en seres que en la escala evolutiva ocupan un puesto más bajo como los cefalópodos que en los vertebrados, superiores según los principios evolutivos. El biólogo alemán Hans Hass destaca que el fondo de ojo de los cefalópodos tiene una estructura más perfecta que la de los vertebrados y, por tanto, al de los humanos, asegurando que en el fondo de ojo de los cefalópodos


se encuentran las células fotosensibles sin solución de continuidad unas junto a otras, con la sección fotosensible orientada hacia afuera, mientras que en el extremo inferior se encuentran los vasos sanguíneos que lo alimentan y los nervios que salen de el. por el contrario, en nuestro ojo, y de igual modo en el resto de los vertebrados, observamos defectos de construcción. Las células fotosensibles están aquí orientadas en una dirección errónea: la parte fotosensible está dirigida hacia atrás de tal modo que los rayos de luz deben atravesar el cuerpo celular para alcanzarla. Y esto no es todo. También la estructuración de los vasos sanguíneos y los nervios es defectuosa. Atraviesan en un punto del fondo del ojo las hileras de células visuales y allí se ramifican. Primera desventaja: en este punto de paso no vemos nada, es la llamada mancha ciega. Segundo: con ello los rayos luminosos no solo tienen que atravesar las células sino también la red de nervios y de vasos sanguíneos que las recorren 2



Tampoco resulta aplicable la Legislación del Progreso al desarrollo Histórico - Social. Comte, en su primer capítulo del Discurso sobre el Espíritu Positivo establecía la Ley de la evolución intelectual de la Humanidad o Ley de los tres estados3, en virtud de la cual la Humanidad había de atravesar un primer estado intelectual teológico, un segundo estado metafísico y un tercer estado positivo. Según las previsiones de Comte, nos encontraríamos hoy día en pleno estado positivo. Pero la historia no concuerda muchas veces con sus intérpretes. El estado teológico ha irrumpido en este final de milenio con una fuerza y una crueldad inusitada: el Magreb se desangra a manos de los fundamentalistas islámicos, Afganistán se reintroduce en el medievo. Los fanáticos Talibanes aplican implacablemente la sariá, esclavizando a las mujeres, resurge la fe en la ex URSS, los videntes y echadores de cartas, sucesores bastardos de chamanes, hechiceros y druidas, se anuncian por la televisión y obtienen pingües beneficios aprovechándose de la sensación de absoluta incertidumbre que se ha apoderado de la gente de esta época y de su deseo de someter a control su porvenir.


Los esquemas evolucionistas de las sociedades arraigaron con fuerza en la antropología del siglo XIX de la mano de Lewis H. Morgan, James Frazer, E.B. Tylor y Bachofen. De entonces a ahora se ha establecido toda una línea ascendente de evolución de las sociedades a través de estadios evolutivos. Influido por “La sociedad primitiva” de Morgan, Engels traza en “El origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado” las fases de evolución social desde el estado salvaje, a la barbarie, la gens y la civilización. Las vulgatas marxistas edificadas al amparo del estalinismo y del estructuralismo nos ofrecían todo un esquema de fases sociales consecutivas unidas por periodos de transición. El primer estadio de evolución de las sociedades no podía ser otro que el “comunismo primitivo”, el segundo se correspondía con el Modo de Producción Esclavista, que iba seguido por el Modo de Producción Feudal, al que sucedía el Modo de Producción Mercantil Simple, germen del Modo de Producción Capitalista y finalmente el Socialismo como periodo de transición al Modo de Producción Comunista. Toda sociedad había de pasar forzosamente por esas fases evolutivas. No pocos quebraderos de cabeza trajeron a estos teóricos de la evolución de las sociedades las formas asiáticas, el llamado “Modo de Producción Asiático” un peculiar sistema en el que se integraban formaciones sociales difíciles de encasillar en este esquema pertenecientes al área norteafricana, centroasiática y de la América Precolombina, cuyas características eran el Estado jerárquico y despótico donde una casta burocrático-sacerdotal dominaba grupos de comunidades articuladas entre sí sobre la

base de un sistema común de irrigación o de otra índole, constituyéndose un excedente económico en la carga tributaria en especie impuesta a las comunidades dependientes. Coexistía el Estado y donde no había esclavos ni siervos de la gleba, por lo tanto no existían las clases en el sentido económico del término. Lo peor de todo es que de su funcionamiento de conjunto no se infería una dinámica social. Las formaciones despóticas asiáticas eran sociedad estacionarias. El Modo de Producción Asiático fue una maldición para los apologetas del progreso: las dinastías chinas se reprodujeron durante milenios sin que nada ni nadie pudiese suponer que una contradicción interna del sistema o la misma dinámica de la lucha de clases pudiese hacer saltar el sistema en pedazos.


Un concepto que cabe someter a crítica es el de transición. Se supone que la evolución o el desarrollo de la sociedad atraviesa un conjunto de fases escalonadas y jalonadas por la sucesión de formas puras o “tipos ideales” en el lenguaje weberiano. Llámase transición al paso de una forma pura o tipo ideal inferior o menos evolucionada o desarrollada a otra superior o más evolucionada o desarrollada. La cuestión de la continuidad y la discontinuidad del desarrollo biológico e histórico ha sido uno de los puntos clave de la interpretación de ambas disciplinas. En biología el debate está abierto entre gradualistas ( Darwin y sus seguidores) y los defensores de los cambios bruscos (Stephen Jay Gould 4). En la historia, concretamente bajo la perspectiva marxista (el célebre prefacio de 1859 a la Contribución a la Crítica de la Economía Política), el problema del gradualismo y de la ruptura revolucionaria parece resuelto mediante la operacionalización de dos instancias: una instancia continua y gradual como es la del desarrollo de las fuerzas productivas como fuente de energía social y que, llegado el momento, entra en contradicción con la otra instancia, ésta estática, discontinua e intemporal o relaciones de producción que juegan un papel ora conservador, ora revolucionario y generador de la ruptura con el sistema anterior. Tal interpretación de la historia no es tan novedosa como pudiera pensarse. Reproduce de algún modo y en su variante historizada el paradigma aristotélico sustancia/accidente o forma/contenido, hasta el punto que el británico Gerald A. Cohen interpreta el comunismo como liberación de contenido5. La búsqueda de estabilidad de lo que en esencia es inestable ha dado lugar a la teorización de las formas, ya sean las formas sociales o las formas biológicas o especies. El gran obstáculo siempre lo han representado las formas intermedias. El recurso a la transición cubre ese vacío teórico bajo el que subyace solapadamente un principio finalista de orientación hacia el objetivo que a posteriori se asimila como resultado final del proceso, no teniéndose en cuenta las múltiples soluciones posibles a barajar, las distintas opciones o tendencias apuntadas que por alguna u otra razón no llegaron a fraguar o quedaron en el camino, sin advertir que el resultado final no fue mas que uno de los posibles y no siempre tuvo que ser el más idóneo o el más apropiado, sino el más exitoso dentro del complejo abanico de elementos con los que contó o que le determinaron a emerger. Pero lo más complicado viene a ser establecer la frontera entre las “formas puras”, especies o “tipos ideales” de las formas impuras o de transición a las primeras, es decir, hasta que punto las formas de transición no se pueden considerar también tipos ideales, o bajo qué criterio a unas se les atribuye el estatuto de formas definitivas y a otras el de formas transitorias. Los criterios pueden ser muchos, múltiples y variados, desde el de la funcionalidad al de la coherencia lógica o racionalidad interna que representan unos en relación a los otros (cuya explicación y determinación ha de establecerse recurriendo a los tipos definitivos anteriores o posteriores) o el de su permanencia o estabilidad. A mi entender ninguno de esos criterios puede ser considerado como válido desde el mismo momento en que el estado, la sociedad, la forma o la especie definitiva no tiene existencia propia en un contexto evolucionista o historicista y todo se encuentra permanentemente sujeto a variación y cambio, no habiendo razón por la que a estas no se las pueda también considerar como formas de transición. Pero la transición, siendo un concepto finalista referido a la fase a la que se dirige y en la que culmina, es un concepto engañoso y por tanto resulta igualmente difícil de aplicar. Otra cosa muy distinta es que las formas anteriores hayamos de considerarlas como condiciones o formas previas a las posteriores, lo que no significa que estas últimas sean el resultado inevitable de las primeras. Resulta muy sencillo hacer futurología desde el pasado, pero si nos posicionamos en todos los pasados como presentes para desde ahí especular sobre los acontecimientos venideros veremos que el problema se complica sobremanera, observaremos múltiples desenlaces posibles, muchas condiciones favorables a unos resultados o a otros opuestos, veremos un azar que hasta ahora no habíamos previsto, una concatenación compleja de causas, y que muchas veces la solución elegida resulta la más factible a corto plazo pero no por ello la más estable, de modo que nos será casi imposible dilucidar el hilo conductor de lo realmente sucedido. Con lo que podemos concluir que la articulación de la historia biológica y social en fases y periodos de transición obedece al paradigma finalista de realización, de disyunción de lo acabado y de lo inacabado, muy parecido a la idea de un edificio en construcción (periodo de transición) cuyo acabado perfecto o “tipo ideal” se encuentra en el proyecto que ha esbozado el arquitecto.


Marx, en sus últimos tiempos se vio obligado a rectificar en lo relativo a la formulación de leyes histórico-universales válidas para todo tipo de sociedad y, contestando a la pregunta formulada por Vera Zassulitch sobre los posibles destinos de nuestras comunidades rurales (rusas) y sobre la teoría que quiere que todos los pueblos se vean obligados, por imperativo histórico, a recorrer todas las fases de la producción capitalista respondía categóricamente que la "fatalidad histórica" de ese movimiento está, pues, expresamente reducida a los países de la Europa occidental6 la indagación relativa a la génesis del Estado y el Capital forzosamente es concreta y necesariamente ha de ceñirse al marco de Europa Occidental. En tal sentido desmintió la existencia de un imperativo histórico místico que obligara a todo tipo de sociedad a marchar por una senda preestablecida. El caso es que, una vez situados en el marco de Europa Occidental, tampoco nos encontramos con una ley unívoca de desarrollo, sino con una pluralidad de posibilidades distintas. Ni siquiera la fatalidad histórica se reduce, pues, al marco de los países de la Europa Occidental. El problema, en efecto, sigue en pié y por eso se debe destacar la pluralidad de vías distintas seguidas por las sociedades occidentales para culminar en el proceso de la edificación de los Estados modernos, más o menos homogéneos en su forma y contenido. De todos es sabido que la Grecia Clásica del siglo V a c, primero, y del siglo II dc, más tarde, a manos de las distintas escuelas sofistas, fue todo un modelo de capacidad creativa e innovadora. Los griegos, aparte de ser grandes matemáticos, fueron, en gran parte, precursores de la ciencia moderna. En concreto, la escuela Eleática, Jónica y Alejandrina dieron al mundo filósofos y científicos de la talla de Tales, Anaxímenes, Anaximandro, Alcmeón, Jenófanes, Demócrito, Epicuro, Heráclito, Heratóstenes o Arquímedes. Nada hacía suponer la aparición de una era de oscurantismo que sumió a la humanidad, de la mano del cristianismo y luego del Islam, en siglos de tinieblas. Según la lógica inexorable del progreso, la sabiduría y ciencia griegas, por pura legalidad histórica, no tenían porqué haber sucumbido al fanatismo cristiano y musulmán y, sin embargo, ahí está la historia. Los griegos impulsaron la creación y la invención, pero eran esclavos de su propio paradigma conforme al cual la ciencia y el pensamiento eran un mundo aparte del medio práctico, de la artesanía, a la que despreciaban por estar reservada exclusivamente a los esclavos (una concepción que se vislumbra claramente en la “Política” de Aristóteles). Por tal motivo jamás consintieron se diese una aplicación económica y productiva a sus conocimientos. En ese dualismo, que luego incorporaría el mundo cristiano, estaban inevitablemente atrapados. Si Arquímedes accedió a incendiar las naves persas mediante espejos parabólicos en la batalla de Siracusa lo hizo de mala gana y por motivos puramente patrióticos. El amanecer griego estaba mutilado desde su propio origen y no es de extrañar que los místicos, platónicos y pitagóricos, se encargaran de enterrar a los filósofos presocráticos en un primer momento, y el cristianismo más tarde, contando con la complicidad del platonismo y el aristotelismo, impuso una teología monoteísta absorbente e intolerante que sumió a la humanidad en una nueva era de barbarie.


1


2Hans Hass: Del pez al hombre. Pag. 52, ed. Salvat, Barcelona, 1989

3 Augusto Comte: Discurso sobre el Espíritu Positivo. PAG.41 Ed. Aguilar, Madrid 1962

4A los europeos nos resulta asombroso ver cómo en los Estados Unidos de Norteamérica los biólogos evolucionistas se debaten contra los defensores del creacionismo, o sea, del Génesis. Parece este un debate más propio de Medievo que de nuestra época. Sin embargo, las Iglesias fundamentalistas encuentran en ese país un fuerte apoyo social y sus “intelectuales” (Mormones, Metodistas o Adventistas que predican con la Biblia bajo el brazo y, más que amantes de los libros, son amantes del “Libro Único” que hace que sobren los demás, un argumento que ya utilizara el tristemente célebre instigador del incendio de la Biblioteca de Alejandría) se han dedicado a sembrar dudas sobre la eficacia de las teorías de Darwin basándose sobre todo en que la funcionalidad de órganos como los ojos o las alas, perfectamente acabados, hace incomprensible su formación gradual. Posiblemente, en el contexto de este debate, Jay Gould se haya visto forzado a defender la tesis del cambio brusco.

5 Gerald A. Cohen: La teoría de la historia de Karl Marx. Una defensa, pag.142, ed. Pablo Iglesias/Siglo XXI, Madrid, 1986. Este mismo autor prosigue afirmando: “la revolución socialista acaba con el fetichismo y la etapa de comunismo a que esta lleva puede ser descrita como la conquista de la forma por la materia (pag. 143)

6Marx/Engels: Cartas sobre El Capital. Pág. 234 ed. LAIA. Barcelona , 1974

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